Domingo 23 febrero 2014, VII Domingo del Tiempo Ordinario (año A).

El amor, núcleo del cristianismo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo»

El amor, núcleo del cristianismo:
¿Quién es «el otro», que puede ser mi «enemigo»? (…) Sólo marcando exactamente el campo enemigo, señalo al mismo tiempo el campo de mi amor.

¿Quién es «el otro», que puede ser mi «enemigo»? -El diferente. Diferente totalmente de mí. El que no tiene mis gustos, mis ideas, no comparte mis puntos de vista, mis esquemas. Aquel con quien me resulta imposible un entendimiento pasable. No nos podemos «aguantar» (sin que haya mala voluntad). Entre nosotros se da incompatibilidad de carácter, de mentalidad, de temperamento. Nuestra cercanía es fuente de continuas incomprensiones y sufrimientos. -El adversario. El que esta siempre en contra mía, en postura hostil de desafío. En cualquier discusión, siempre se me pone en contra. Todo lo que hago, lo que propongo, encuentra infaliblemente su crítica inexorable y terca. Su tarea específica es la de contradecir todas mis iniciativas, mis ideas. No me perdona nada. No me deja pasar una. Es un muro compacto de hostilidad preconcebida. -El pelmazo. Es la persona que tiene el poder de irritarme hasta la exasperación. El que se divierte haciéndome perder el tiempo. El que se mete en medio en el momento menos oportuno y por los motivos más fútiles. Pedante, pesado, entrometido, curioso, petulante, indiscreto. Me obliga a escuchar peroratas interminables y confusas. Me embiste con un torrente de palabrería para contarme una bobada que me sé de memoria. Me cuenta sus minúsculas penas que dramatiza hasta convertirlas en tragedias de proporciones cósmicas. No tiene el más mínimo respeto a mi tiempo, a mis obligaciones, a mi cansancio. Es más, encuentra una especie de gusto sádico en tenerme prisionero en la viscosa tela de araña de sus tonterías. -El astuto. Es el individuo desleal, especialista en bromas pesadas, de doble juego por vocación. Me arranca una confidencia para ir inmediatamente a «venderla» a quien tiene un interés por ella. El individuo que se me muestra afable, benévolo, cordial, sonriente, y después me da una puñalada por la espalda. Me dice una cosa, piensa otra y hace una tercera. Me alaba de una manera exagerada. Pero después, en mi ausencia, me destruye con la crítica más feroz. En suma, el clásico tipo de quien uno no se puede fiar. Astuto, solapado, falaz, calculador, acostumbrado a tener el pie en veinte espuelas a la vez… -El perseguidor. El que, intencionadamente, me hace mal. Con la calumnia, la maledicencia, la insinuación molesta, la celotipia más desenfrenada. El que goza humillándome. El que no me deja en paz con su malignidad. Ahora bien, ¿cómo debo comportarme con estos enemigos (o algunos otros?).

Lo primero, hace falta localizarlos, reconocerlos. Lúcidamente. Honestamente. Sólo marcando exactamente el campo enemigo, señalo al mismo tiempo el campo de mi amor. En efecto, el amor cristiano debe internarse también hasta territorio enemigo. No puede quedar parado en el «próximo». Además no aceptar esta situación de enemistad como definitiva. No cristalizarla. Es más, comprometerse a hacerla evolucionar, a removerla, encaminándola en otra dirección.

Rechazo considerar esta situación como inmutable. Por eso estoy dispuesto a pagar personalmente para darle la vuelta y transformarla en una situación de amor y amistad. Y si, en ciertos casos, me siento atrapado por un sentimiento de desánimo, porque la empresa me parece desesperada, entonces miro a la cruz. Y caigo en la cuenta de que, a través de la cruz de Cristo, entró en el mundo una posibilidad infinita de reconciliación. También mi enemigo es uno de aquellos por los que murió Cristo. En un film apareció este aviso en la última secuencia. «A trescientos metros de distancia el enemigo es un blanco. A tres metros es un hombre». Nosotros podemos completarlo de esta manera: cerca de la cruz, el enemigo es un hermano de sangre (la sangre de Cristo) (Alessandro Pronzato).Llucia Pou Sabaté

 

 

 


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