El camino de las lágrimas (La pérdida del ser querido)

 Cuando dentro sentimos esa pérdida que nos llena de vacío. En tiempo de prodigios (Marta Rivera de la Cruz, 2007) es una novela donde la protagonista, Cecilia es la única persona que visita a Silvio, el abuelo de su amiga del alma, un hombre que guarda celosamente el misterio de una vida de leyenda que nunca ha querido compartir con nadie. Cecilia, sumida en una profunda crisis personal tras perder a su madre y romper con su pareja, encontrará en Silvio un amigo y un aliado para reconstruir su vida. Ahí se dice: “Si bien es cierto que vivimos tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempo de prodigios” (Sergio Pitol, El arte de la fuga) pues de todo se puede aprovechar en la vida, ya que ha pasado, pues hay que vivirlo, aceptarlo, no amargarnos más de la cuenta, pues “las peores aflicciones son las que nos causamos a nosotros mismos” (Sófocles, Edipo Rey). Ahí aparecen junto a los recuerdos buenos los reproches. ¿Por qué me cerraba en estas situaciones? Uno deja de depender de los padres, del cordón umbilical… “Quizá porque intuía que hay cosas que queremos que nadie comprenda, cosas que pertenecen al territorio sagrado de esas decisiones que ni siquiera nosotros mismos sabemos por qué tomamos. Mi madre jamás preguntaba por qué. Aceptaba. Justificaba. Llegado el caso, y si era posible, disculpaba incluso. Pero lo que no hacía era juzgar… ahora que nuestra madre se había marchado, iba a faltarle un guía, un maestro en el arte intrincado de la bondad, de la generosidad, de la entrega.

Cuando nuestra madre murió, envidió intensamente la condición maternal de mi hermana. Ahora que no podía llamar madre a nadie, alguien la llamaba madre a ella”. Y es verdad, uno olvida las penas cuando siente las de las demás, cuando siente el amor de los demás, “un clavo se quita con otro clavo”… el hueco que deja una pérdida nunca se llena, y se puede mitificar, pero también puede irse llenando de matices, a veces también grises, traumáticos, y así mientras nuestra protagonista ve que “en los bancos había padres leyendo el periódico, parejas besándose, jubilados matando el tiempo de su eterno domingo”, piensa: “creo que uno de los más raros momentos de la infancia es aquel en el que descubres que tus padres te mienten. Hay algo que se quiebra, una especie de decepción sorda, de mudo reproche hacia aquellos en los que habías depositado tu confianza absoluta en la seguridad de que nunca iban a engañarte”. Todo forma parte de una madeja, que a veces se mitifica y se construye de nuevo, pero otras se mantiene con sus traumas y momentos felices.

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