La muerte digna (La pérdida del ser querido)

 Hoy se puede prolongar la vida gracias a los progresos de la ciencia y la tecnología. El trasplante de órganos, incluido el corazón, es una maravilla. Pero también se puede provocar una larga dolorosa agonía sin sentido: lo hemos visto en muchos casos, y se ha ido formando una ética al respecto. El derecho a una «muerte digna» es un tema importante, como veremos en el libro 2 del camino de las lágrimas, al tratar de la enfermedad terminal. Cuando el cuerpo ya ha cumplido su ciclo normal de vida, no hay obligación de recurrir «a métodos extraordinarios» para prolongar la vida, según lo define la Iglesia. El enfermo tiene derecho de pedir que lo dejen morir en paz, como recordamos que dijo Juan Pablo II: “dejadme ir a la Casa del Padre”.

Instrucciones previas (o testamento vital). Recuerdo un buen hombre, que me mandó un modelo de esos, privado, muy sentimental, que dejaba cualquier decisión en manos de un hijo en caso de enfermedad. Le hice ver que estaba poniendo al hijo en tentación de quitarle la vida en caso de necesidad, pues él era millonario… convino conmigo en que era mejor el de la Conferencia Episcopal, de directivas anticipadas, accesible por Internet, respetuoso con los valores morales y la dignidad del enfermo.

“No volverás nunca más / pero perduras / en las cosas y en mí, / de tal manera / que me cuesta / imaginar-te absente / para siempre” (Miquel Martí Pol). Ante la muerte de un ser querido, nos vienen a la mente muchas cosas… así me lo decía una persona amiga: “son reflexiones que nos vienen a la cabeza desde que ha muerto ella. Pido y a Dios que nos ayude a encontrar respuestas ciertas. Abracémonos y démonos vida, para poderla dar”. Ante la muerte de una amiga que había muerto debido a un testamento vital –la familia accedió a que no la alimentaran, cuando sin salir del coma cogió una infección-, escribía:

-“¿De qué nos sirve el don de profecía, si ese ‘amor’ no da la vida…?, si no hay amor, no hay vida” Y yo pensaba que sí, que somos ignorantes, pues sabemos de muchas cosas pero no sabemos responder qué es ese amor que da vida…

“¿Nosotros podemos decidir si vale más nuestra vida que la suya? ¿Tiene más valor la nuestra?” Estos días he visto “El circo de las mariposas”, un corto estupendo, donde el cine se hace humanidad, lo he colgado en mi blog, http://alhambra1492.blogspot.com .

“¿Es el sufrimiento que la limita, o bien la muerte decidida libremente?” Sobre esto no tengo ni idea: pero, en los párrafos siguientes intentaré explicar algo de lo que se dice, porque vemos dentro de nosotros que hay algo divino, que nos dice que no somos dueños de la vida, y que conecta con la pregunta siguiente:

“¿El amor que se le daba, quien lo recibirá?… Su vida”. Es el gran misterio: el enfermo es fuente de amor, en esos planes misteriosos de amor. Curiosamente, es la primera vez que veo escrito eso de esta manera, y tengo ganas de desarrollarlo.

“La alegría de vivir, quizá, no la tenía, pero el don de la vida, sí. ¿Quizá la tenemos nosotros, esa alegría…? Antes de nacer, esta vida que defendemos, tampoco la tiene, aún” (esa alegría). Es decir, no podemos “medir” la vida con bienes que parecen esenciales, como aún el mismo gozo, la calidad de vida, porque ¿quién se atreve a definir lo esencial de la vida, fuera de la misma vida?

“Pedimos vida, esta vida para toda la humanidad, y cuando nos toca ponernos a favor de la vida, ¿qué hacemos? ¿No nos desentendemos, a veces? ¿Quién nos lo da el derecho sobre la vida? Dios, es quien nos lo da”. Sobre esto, no tengo nada que añadir, está todo dicho… Así es. La película reciente “Amazing Grace” sobre el diputado inglés que consiguió la abolición de la esclavitud, luchando contra todos los intereses y la pasividad de la cultura de la época, es un ejemplo a imitar ante la batalla actual de la dignidad de la vida humana, tanto en el nacimiento como ante la muerte. No podemos quedar pasivos, como muchos, en tiempos de Hitler, o de la esclavitud, ante tantos que mueren. ¿Qué queremos que digan de nosotros, nuestros sucesores? Estos días, un obispo irlandés, reconocía ante la opinión pública: me porté mal escondiendo los abusos de algunos sacerdotes… me daba cuenta, pero no supe ir contra la costumbre de no castigar suficientemente aquello…

“La alegría y la paz, ¿de qué nos ha de venir? –De Dios, que renueva los corazones arrepentidos, que renueva la vida: la misericordia de Dios”. Así es.

Y tomo de un comentario del blog: “Al leer esta entrada se me viene a la cabeza algo que ha pasado en dos ocasiones ya en mi familia, la primera vez, mi abuelo, de 90 años casi agonizante, se sabía que mas de dos días no iba a durar, alguien sugirió adelantar el momento desconectándolo del respirador porque ‘ya no estaba entre nosotros’, mi madre se opuso tajantemente con estas palabras: ‘ni hablar, su vida, es suya hasta el último momento, aunque no me oiga mientras esté ahí yo le veo y puedo seguir diciéndole que le quiero’.

Años más tarde pasó algo parecido con una tía mía, ante la situación irreversible alguien dijo que mejor era que la muerte llegará cuanto antes, mi tía no sufría sino que ya no conocía a nadie y realmente iba a morir en breve tiempo. Mi madre otra vez alzo su voz, esta vez vino a decir: ‘Puro egoísmo, queréis que sea rápido para aliviaros vosotros vuestro trabajo con ella y vuestro propio sufrimiento, su vida es suya y a mí no me importa darle parte de la mía cuidándola el tiempo que le quede.’

En los dos casos las palabras de mi madre hicieron que el resto callara y tanto mi abuelo como mi tía se fueron cuando Dios quiso”. Pienso que ahí se ilustran muy bien el punto clave que intento tocar: 1) la dignidad de la vida está en la misma vida sagrada, en sí misma, no en ninguna circunstancia de esta vida (conciencia, salud, utilidad, etc.); 2) el enfermo nos está dando humanidad a nosotros, es fuente de amor…

En la atención de los enfermos terminales hay conflictos de interpretación. Una cosa es prescindir de aquellos métodos extraordinarios y otra es la de provocar la muerte positivamente: crimen, que es llamado eutanasia. Tampoco podemos llamar «muerte digna» al suicidio. Ni estamos obligados a posponer dolorosamente el momento de la muerte, ni podemos provocarla.

La eutanasia es ahora un debate parlamentario en los países de occidente, como una función teatral de los que se llaman progresistas. De una parte, se plantea la solución de casos de enfermedad muy dolorosa o de muerte segura. Y en el fondo está la emoción que hemos tenido todos con motivo de la muerte del tetrapléjico Ramón Sampedro. Fue llevado por las Asociaciones de ayuda a morir a que deseara la muerte, porque su equilibrio mental era deficiente en esas circunstancias en las que hay tendencias depresivas. Se va diciendo que la mayoría de la gente según las encuestas apoya la eutanasia, en ciertos casos, y estos argumentos que se van llevando al cine. La película Mar adentro es un ejemplo de una sensibilidad exquisita y una mentira al servicio de una ideología, quizá por el resentimiento que el director tiene contra la religión. Al ver las noticias vamos participando de estos sufrimientos, y acabamos por decir: “efectivamente, hay que hacer algo”.

De otra parte tenemos la novela “Ámsterdam” que nos muestra en toda su crudeza adonde lleva una ley hecha para “ayudar” al débil pero que deja la puerta abierta a que se use la eutanasia como medio legal de eliminar a quien le tienes manía. En este caso, dos amigos egoístas, que a causa de una confusión, de un malentendido sobre una mujer que los dos se disputan, se desean la muerte uno al otro, en un momento determinado. Consiguen el certificado médico para matarse sobre la base de que el otro está depresivo y su vida no reúne condiciones para ser vivida. El entuerto no se puede resolver por la muerte de los protagonistas, como en los mejores dramas del Shakespeare. Tenemos casos reales como uno que pasó en Lieja: confundirse de paciente en la aplicación de la eutanasia. O el doctor Shipman, que mató a 15 pacientes ingleses con diamorfina: se fue sospechando de él al quedarse con las herencias de los pacientes. Es lógico que los médicos teman la eutanasia para no ser considerados potenciales verdugos y puedan caer sospechas sobre su honorabilidad profesional; pero en una profesión con tal índice de paro, los hay para todos los gustos y efectivamente algunos no temen la amenaza bíblica: “exigiré satisfacción por la vida del hombre… quien derrame la sangre verá la suya derramada”.

La dignidad humana descansa sobre todo en la fe en Dios, que nos dice que es sagrada. A partid de aquí, le vamos poniendo cosas: que la persona esté consciente, inteligente, que sea guapa, etc. El gran Ingmar Bergman ha creado films preciosos en su planteamiento sobre la esencia de la persona y su sentido de la vida, pero al no poder dar respuesta queda frustrada esta búsqueda y deja una puerta abierta a la eutanasia en sus últimas declaraciones televisivas. Al final, murió de muerte natural… Hoy día, una vez perdida la confianza en la “diosa razón” y destrozada la voluntad por Nietzsche, nos queda la herencia sentimental freudiana. Como decía Bergman en una de sus películas, somos muchas veces educados para el éxito y las cosas de trabajo pero “emocionalmente analfabetos”, ya que dependemos de unas modas y una de ellas es que la eutanasia es progresista. Libertad, gritamos, pero ¿dónde está la responsabilidad?; una vez atropellada la dignidad de la persona, caemos en el mundo de la tiranía (como en la película “Matrix”), y esto es algo muy pero muy peligroso: aquí no se juzgan las intenciones de una persona que opta por morir, sino que se está hablando de una legislación sobre la vida, que es algo de lo más serio, y no frívolamente.

Una persona puede concebir su muerte como la única opción para poner fin a su sufrimiento, y de ver que requiere la ayuda de un tercero, dicen a favor de la eutanasia. Pero si bien algunos no encuentran solución a la situación incurable, intolerable, insoportable, a la sensación de inútil, la solución siempre pasa por los cuidados paliativos: alguien que le haga sentir la alegría de vivir, cambiar la sensación de inútil por sentir que importa a otros. Una sociedad para la que –fuera de términos de producción o de sujetos de consumo- no somos nadie, está dispuesta a eliminar los incapacitados tanto por incompetencia laboral o enfermedad, los “parásitos”, pero matar a alguien es una cosa muy seria y un camino sin retorno, que hay que pensarse dos veces.

Una cosa es no castigar (tolerar) una asistencia al suicidio, como el caso de Sampedro, y otra legislar sobre su aprobación, dando así carta blanca a los que quieran ofrecernos una “condena a muerte”. Toda nuestra sociedad se fundamenta en el derecho a la vida, y si se vulnera este principio –como ya se hace con el aborto- la lógica de la vida deja paso a una incertidumbre, a una sociedad salvaje y tenebrosa. Sin que esté presente en las intenciones de los legisladores, nos puede conducir luego a diversos tipos de selección de las personas, una legislación que favorece formas de nazismo.

La experiencia es que, en algunos sitios donde hay aprobación de la eutanasia, se ha pasado del suicidio asistido a la eutanasia de enfermos terminales, para seguir después con los enfermos crónicos, con los que pasan por enfermedades físicas, con los que tienen problemas psicológicos, como el caso de aquella persona que pidió morir en un estado de depresión y, efectivamente, la ayudaron a morir con atención médica, en lugar de ayudarle a sobrellevar el peso de la desgracia familiar que le estaba afectando. Así, se va yendo de la eutanasia voluntaria a la involuntaria, la que llaman «terminación del paciente sin petición explícita.

¿Dónde está la frontera, que cuando se cruza se va contra el hombre? ¿Cuándo es el hombre un lobo para el hombre? Cuando nos saltamos la dignidad humana. Esto nos lleva a la pregunta: ¿hay una verdad sobre el hombre, sobre los derechos humanos, o todo son opiniones del momento?

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