Cuento sobre el amor

 Una mujer salió de su casa y vio a tres ancianos de barbas largas sentados frente a su jardín. Como no los conocía, les dijo: – No creo conocerlos, pero tal vez tengan hambre. Por favor, entren a mi casa y coman algo.

Ellos preguntaron: – ¿Está el hombre de la casa?

– No –Respondió ella– No está.

– Entonces no podemos entrar – Dijeron ellos. Al atardecer, cuando llegó el marido, la mujer le contó lo sucedido, y él dijo: – ¡Diles que he llegado e invítalos a pasar!

La mujer salió a invitar a los hombres a entrar a su casa. – No podemos pasar los tres juntos, explicaron los ancianos.

– ¿Por qué? – quiso saber ella.

En ese momento, uno de los hombres señaló hacia los otros dos y dijo: – Él se llama Riqueza, y él Éxito.  Mi nombre es Amor. Entra y decide con tu marido a cuál de nosotros tres desean invitar.

La mujer entró a su casa y le repitió la historia a su marido. El hombre se puso feliz:

– ¡Qué bueno!, ya que así es el asunto, invitemos a Riqueza. Dejemos que entre y llene nuestro hogar de abundancia.

La esposa no estuvo de acuerdo. – Querido, ¿por qué no invitamos a Éxito?

La hija del matrimonio, que estaba escuchando la conversación desde la otra punta de la casa, vino corriendo con una idea: – ¿No sería mejor invitar a Amor?, entonces nuestro hogar estaría lleno de amor.

– Hagámosle caso a nuestra hija, dijo el esposo a su mujer. – Ve e invita a Amor a que sea nuestro huésped.

La esposa salió y les preguntó a los ancianos: – ¿Cuál de ustedes es Amor?, deseamos que él sea nuestro invitado.

Amor se puso de pie y comenzó a caminar hacia la casa. Los otros dos ancianos se levantaron y lo siguieron.

Sorprendida, la mujer les preguntó: – Sólo invité a Amor, ¿por qué vienen ustedes también?

Los ancianos respondieron al unísono: – Si hubieras invitado a Riqueza o a Éxito, los otros dos hubiesen permanecido fuera, pero invitaste a Amor, y donde sea que vaya Amor, nosotros vamos con él”.

dibujo melani

Esta enriquecedora historia, que Mabel Ktaz recoge en su libro “El camino más fácil”, expresa uno de los grandes valores de nuestra sabiduría. Nuestras religiones, nuestra fiosofía, y ahora también la física cuántica, no dejan de repetirnos que la abundancia, el éxito y la fortuna están ahí, a nuestra disposición, si somos correspondientes, si tenemos buen corazón. La abundancia viene cuando somos capaces de tener unas buenas relaciones con los demás (empatía, sinergia), y si a esa simpatía le sumamos el espíritu de servicio y la capacidad de compromiso, características de un corazón grande, entonces se da la abundancia en todos los sentidos. No nos faltará nada. Y no serán las cosas materiales un fin sino un medio, herramientas para desarrollar las distintas formas de servir, sólo la lógica consecuencia de amar. ¿Recordáis…?: “Buscad el Reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura”. Me gusta la gente que tiene éxito y fortuna porque sabe amar… La auténtica fuente de riquezas no son las cosas materiales, sino las cosas que no se ven: el amor, la amistad, la familia… Todo esto es la música del corazón, que hace de la vida una canción donde todo viene con el amor; así, nos llenamos de entusiasmo, y el espíritu humano es capaz de pensar grandes ideas y crear grandes empresas, la imaginación se proyecta ilusionada llena de fe en el futuro.

Llucià Pou Sabaté
Ilustración: Melania Mendoza Peña

La misericordia y el perdón divinos nos hacen vivir sin miedo, con amor, con sinceridad.

La misericordia y el perdón divinos nos hacen vivir sin miedo, con amor, con sinceridad.

La misericordia y el perdón divinos nos hacen vivir sin miedo, con amor, con sinceridad.

“En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: -«Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digáis de noche se repetirá a pleno día, y lo que digáis al oído en el sótano se pregonará desde la azotea. A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones»” (Lucas 12,1-7).

  1. Sigue diciéndonos Jesús que seamos auténticos:

-“En esto habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse uno a otros”… Jesús empezó a hablar, dirigiéndose en primer lugar a sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos que es la hipocresía« Ante la gente que se agolpa a su alrededor, Jesús hace una serie de recomendaciones, la primera es que tengan «cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía«; la levadura hace fermentar a toda la masa; puede ser buena, como en el pan y en la repostería, y entonces todo queda beneficiado; pero si es mala, todo queda corrompido.

La hipocresía es el pecado típico del fariseo. El discípulo de Jesús debe proceder sin disimulo, sin doblez, sin mentira. Su conducta debe ser siempre franca, como quien obra a la luz del día, como en plena plaza. Toda su acción, toda palabra suya será un día testimonio público. El discípulo es el amigo de Jesús, el que recibe sus confidencia, el hombre de la intimidad. Farisaicos somos cuando pensamos que no tenemos pecado, que no necesitamos del perdón. Farisaico es preferir las tinieblas, en la oscura nube de lo puramente humano -¡cuan  pronto se torna incluso animal-! y de lo puramente natural, que en seguida se vuelve hasta contra naturaleza.

El cáliz de la cruz está junto a nuestros labios, igual que el beso del esposo en los de la esposa. La cruz va unida al amor. Es fariseo el que no cree en el amor, el que no bebe el amor, el que no retorna amor por amor. Y no puede pasar al más allá con Cristo quien muere en su pecado. ¿Somos acaso nosotros los fariseos? (Emiliana Löhr).

Algunos fariseos eran los notables de entonces, hombres relevantes… observadores minuciosos de la Ley… conocedores, sabios expertos en cuestiones religiosas.  Jesús no les reprocha sus cualidades. Pero no soporta su orgullo ni su desprecio de los pequeños. Nuevas formas de hipocresía las tenemos cuando queremos exigir lo que nosotros no nos exigimos.  Aparecer como superiores, disimulando nuestras carencias interiores. Recuerdo que hablaba con un amigo, profesor, del encanto que supone decir cuando nos preguntan algo que no sabemos: “no lo sé, lo estudiaré…”, la vulnerabilidad hace a la persona más atrayente, y no tiene que pasarlo mal disimulando al ir con la verdad por delante. Me respondió el profesor: “esto me atrevo a hacerlo ahora, cuando ya tengo un nombre, prestigio…” Y es que estamos en un mundo de apariencias… Desconfía de ti mismo si te crees perfecto, si, para ti  ¡la verdad eres tú!

-“Nada hay encubierto que no deba descubrirse, ni nada escondido que no deba saberse, porque lo que dijisteis de noche se escuchará en pleno día, y lo que dijisteis al oído en un rincón de la casa, se pregonará desde las azoteas”.  Nos invitas, Jesús, a hablar francamente, sin tener en cuenta las opiniones demasiado humanas; como tú lo hiciste y nos aconsejaste: «no temáis a los que matan el cuerpo».

-“¿No se venden cinco gorriones por cuatro cuartos? Y, sin embargo, ni de uno solo de ellos se olvida Dios. No tengáis miedo: valéis mas que todos los gorriones juntos”. Dios se ocupa de las más pequeñas de sus criaturas, contempla los pajarillos, se interesa por todo lo que no tiene la menor apariencia de grandeza. Todo lo lleva en su corazón. ¡Mayormente a los hombres! Señor, yo creo que estoy «ante tu mirada» (Noel Quesson).

Con este convencimiento, ¿cómo puedo tener miedo? Le decía S. Tomás Moro a su hija: “Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve… nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”. Esto es fe en la providencia, vivir el Evangelio, estar en la verdad…

  1. “Hermanos: Veamos el caso de Abrahán, nuestro progenitor según la carne. ¿Quedó Abrahán justificado por sus obras? Se remonta Pablo a Abrahán que era pagano cuando Dios le llama, y no puede justificarse por «las obras» que realizaba, perteneciendo a un pueblo idólatra.

-“Si es así, tiene de qué estar orgulloso; pero, de hecho, delante de Dios no tiene de qué. A ver, ¿qué dice la Escritura?: «Abrahán creyó a Dios, y esto le valió la justificación»”. Ya en la antigua Alianza era la Fe la que salvaba. Todo «orgullo» es pecado, pretensión de hacerse valer ante Dios, ya sea por la justicia de las obras -entre los judíos- ya sea por la apariencia -entre los griegos-. No los méritos previos, sino la fe y aceptación del plan divino es lo que justifica a Abrahán. Porque su elección había sida totalmente gratuita por parte del Dios que le eligió misteriosamente a él. Los cristianos de Roma provenientes del judaísmo podían sentir un santo orgullo por su pertenencia a la raza de Abrahán, pero aquí Pablo les dice que tanto puede agradar a Dios un judío convertido como un pagano que acepta la fe, que es lo principal.

“El comienzo de la justificación por parte de Dios es la fe, que cree en el que justifica. Y esta fe, cuando se encuentra justificada, es como una raíz que recibe la lluvia en la tierra del alma, de manera que cuando comienza a cultivarse por medio de la ley de Dios, surgen de ella ramas que llevan los frutos de las obras. La raíz de la justicia no deriva de las obras, sino que de la raíz de la justicia crece el fruto de las obras” (Orígenes). ¡Auméntanos la fe, Señor!

“-Pues bien, a uno que hace un trabajo el jornal no se le cuenta como un favor, sino como algo debido; en cambio, a éste que no hace ningún trabajo, pero tiene fe en que Dios hace justo al impío, esa fe se le cuenta en su haber”. También con nosotros Dios ha tenido que usar misericordia: la salvación no nos es debida. No es algo merecido, como lo es un salario. No hay que exigir a Dios unos «derechos adquiridos». Dios= «Aquel que justifica al impío»: Aquel que salva.

-“Así también David proclama bienaventurado al hombre a quien Dios declara justo, independientemente de sus obras”. Y como si no se hubiere aún comprendido, insiste nuevamente: Dichoso el hombre que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le cuenta el pecado. Esto no lleva a no hacer nada, sino a saber que todo es gracia. «Cuando se ha hecho todo como no esperando nada de Dios… Hay que esperarlo todo de Dios como si no se hubiese hecho nada por sí…» (M. Blondel).

Puede ser para mí la fuente de una nueva dicha: «bienaventurado el hombre...». Señor, ayúdame a convertir «en bien» todo, también lo malo. Que todo obstáculo, tanto en mí como en los demás, sea ocasión de apoyarnos más en Tí. En este sentido no hay nada peor que creerse justo o que no tener ninguna dificultad: ¡bastarse uno a sí mismo! (Noel Quesson).

  1. Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito”.Es el testimonio personal de un convertido. El remordimiento puede provocar un tormento interior terrible, y de esa soledad acompañada nace ese movimiento interior: Habla pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mí culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado”.

La mortificación y la penitencia remueven como algo de sombra que permanece en nosotros aún después del perdón, y surge una necesidad de satisfacción, no solamente con Dios, sino en la herida abierta con los demás. En todos los casos, se muestra la misericordia divina, más fuerte que la culpa y la ofensa: el perdón generoso de Dios que nos transforma, de ahí la acción de gracias del pecador arrepentido: Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero”.

Por eso San Pablo escoge las palabras de este salmo penitencial en Romanos, para celebrar la gracia liberadora de Cristo. También podemos aplicarlo al Sacramento de la Reconciliación, donde se experimenta la conciencia del pecado, con frecuencia ofuscada en nuestros días, y al mismo tiempo la alegría del perdón. Al binomio «delito-castigo», le sustituye el binomio «delito-perdón» (Juan Pablo II). San Cirilo de Jerusalén utilizará el Salmo 31  para mostrar a los catecúmenos el Bautismo como purificación radical de todo pecado: «Dios es misericordioso y no escatima su perdón… El cúmulo de tus pecados no será más grande que la misericordia de Dios, la gravedad de tus heridas no superará las capacidades del sumo Médico, con tal de que te abandones en él con confianza. Manifiesta al médico tu enfermedad, y dirígele las palabras que pronunció David: «Confesaré mi culpa al Señor, tengo siempre presente mi pecado». De este modo, lograrás que se haga realidad: «Has perdonado la maldad de mi corazón»»”.

Llucià Pou Sabaté

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SANTA MISA DE APERTURA(…)SÍNODO DE LOS OBISPOS HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO Basílica Vaticana

 

SANTA  MISA  DE  APERTURA

DE  LA  XIV  ASAMBLEA  GENERAL  ORDINARIA  DEL  SÍNODO  DE  LOS  OBISPOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

 

Basílica Vaticana

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, 4 de octubre de 20015

 

 

“Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros su amor ha llegado en nosotros a su plenitud” (1 Jn 4,12).

Las lecturas bíblicas de este domingo parecen elegidas a propósito para el acontecimiento de gracia que la Iglesia está viviendo, es decir, la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema de la familia que se inaugura con esta celebración eucarística.

Dichas lecturas se centran en tres aspectos: el drama de la soledad, el amor entre el hombre y la mujer, y la familia.

La soledad

Adán, como leemos en la primera lectura, vivía en el Paraíso, ponía los nombres a las demás criaturas, ejerciendo un dominio que demuestra su indiscutible e incomparable superioridad, pero aun así se sentía solo, porque “no encontraba ninguno como él que lo ayudase! (Gn 2,20) y experimentaba la soledad.

La soledad, el drama que aún aflige a muchos hombres y mujeres. Pienso en los ancianos abandonados incluso por sus seres queridos y sus propios hijos; en los viudos y viudas; en tantos hombres y mujeres dejados por su propia esposa y por su propio marido; en tantas personas que de hecho se sienten solas, no comprendidas y no escuchadas; en los emigrantes y los refugiados que huyen de la guerra y la persecución; y en tantos jóvenes víctimas de la cultura del consumo, del usar y tirar, y de la cultura del descarte.

Hoy se vive la paradoja de un mundo globalizado en el que vemos tantas casas de lujo y edificios de gran altura, pero cada vez menos calor de hogar y de familia; muchos proyectos ambiciosos, pero poco tiempo para vivir lo que se ha logrado; tantos medios sofisticados de diversión, pero cada vez más un profundo vacío en el corazón; muchos placeres, pero poco amor; tanta libertad, pero poca autonomía… Son cada vez más las personas que se sienten solas, y las que se encierran en el egoísmo, en la melancolía, en la violencia destructiva y en la esclavitud del placer y del dios dinero.

Hoy vivimos en cierto sentido la misma experiencia de Adán: tanto poder acompañado de tanta soledad y vulnerabilidad; y la familia es su imagen. Cada vez menos seriedad en llevar adelante una relación sólida y fecunda de amor: en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las buena y en la mala suerte. El amor duradero, fiel, recto, estable, fértil es cada vez más objeto de burla y considerado como algo anticuado. Parecería que las sociedades más avanzadas son precisamente las que tienen el porcentaje más bajo de tasa de natalidad y el mayor promedio de abortos, de divorcios, de suicidios y de contaminación ambiental y social.

El amor entre el hombre y la mujer

Leemos en la primera lectura que el corazón de Dios se entristeció al ver la soledad de Adán y dijo: “No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude” (Gn 2,18). Estas palabras muestran que nada hace más feliz al hombre que un corazón que se asemeje a él, que le corresponda, que lo ame y que acabe con la soledad y el sentirse solo. Muestran también que Dios no ha creado el ser humano para vivir en la tristeza o para estar solo, sino para la felicidad, para compartir su camino con otra persona que es su complemento; para vivir la extraordinaria experiencia del amor: es decir de amar y ser amado; y para ver su amor fecundo en los hijos, como dice el salmo que se ha proclamado hoy (cf. Sal 128).

Este es el sueño de Dios para su criatura predilecta: verla realizada en la unión de amor entre hombre y mujer; feliz en el camino común, fecunda en la donación reciproca. Es el mismo designio que Jesús resume en el Evangelio de hoy con estas palabras: “Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne” (Mc 10,6-8; cf. Gn 1,27; 2,24).

Jesús, ante la pregunta retórica que le habían dirigido –probablemente como una trampa, para hacerlo quedar mal ante la multitud que lo seguía y que practicaba el divorcio, como realidad consolidada e intangible–, responde de forma sencilla e inesperada: restituye todo al origen, al origen de la creación, para enseñarnos que Dios bendice el amor humano, es él el que une los corazones de un hombre y una mujer que se aman y los une en la unidad y en la indisolubilidad. Esto significa que el objetivo de la vida conyugal no es solo vivir juntos, sino también amarse para siempre. Jesús restablece así el orden original y originante.

La familia

“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mc 10,9). Es una exhortación a los creyentes a superar toda forma de individualismo y de legalismo, que esconde un mezquino egoísmo y el miedo de aceptar el significado autentico de la pareja y de la sexualidad humana en el plan de Dios.

De hecho, solo a la luz de la locura de la gratuidad del amor pascual de Jesús será comprensible la locura de la gratuidad de un amor conyugal único y usque ad mortem.

Para Dios, el matrimonio no es una utopía de adolescente, sino un sueño sin el cual su criatura estará destinada a la soledad. En efecto, el miedo de unirse a este proyecto paraliza el corazón humano.

Paradójicamente también el hombre de hoy –que con frecuencia ridiculiza este plan– permanece atraído y fascinado por todo amor auténtico, por todo amor sólido, por todo amor fecundo, por todo amor fiel y perpetuo. Lo vemos ir tras los amores temporales, pero sueña el amor auténtico; corre tras los placeres de la carne, pero desea la entrega total.

En efecto “ahora que hemos probado plenamente las promesas de la libertad ilimitada, empezamos a entender de nuevo la expresión `la tristeza de este mundo’. Los placeres prohibidos perdieron su atractivo cuando han dejado de ser prohibidos. Aunque tiendan a lo extremo y se renueven al infinito, resultan insípidos porque son cosas finitas, y nosotros, en cambio, tenemos sed de infinito” (Joseph Ratzinger, Auf Christus schauen. Einübung in Glaube, Hoffnung, Liebe, Freiburg 1989, p. 73).

En este contexto social y matrimonial bastante difícil, la Iglesia está llamada a vivir su misión en la fidelidad, en la verdad y en la caridad.

Vive su misión en la fidelidad a su Maestro como voz que grita en el desierto, para defender el amor fiel y animar a las numerosas familias que viven su matrimonio como un espacio en el cual se manifiestan el amor divino; para defender la sacralidad de la vida, de toda vida; para defender la unidad y la indisolubilidad del vínculo conyugal como signo de la gracia de Dios y de la capacidad del hombre de amar en serio.

Vivir su misión en la verdad que no cambia según las modas pasajeras o las opiniones dominantes. La verdad que protege al hombre y a la humanidad de las tentaciones de autorreferencialidad y de transformar el amor fecundo en egoísmo estéril, la unión fiel en vínculo temporal. “Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Este es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad” (Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, 3).

Y la Iglesia es llamada a vivir su misión en la caridad que no señala con el dedo para juzgar a los demás, sino que –fiel a su naturaleza como madre– se siente en el deber de buscar y curar a las parejas heridas con el aceite de la acogida y de la misericordia; de ser “hospital de campo”, con las puertas abiertas para acoger a quien llama pidiendo ayuda y apoyo; aún más, de salir del propio recinto hacia los demás con amor verdadero, para caminar con la humanidad herida, para incluirla y conducirla a la fuente de salvación.

Una Iglesia que enseña y defiende los valores fundamentales, sin olvidar que “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27); y que Jesús también dijo: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores” (Mc 2,17). Una Iglesia que educa al amor auténtico, capaz de alejar de la soledad, sin olvidar su misión de buen samaritano de la humanidad herida.

Recuerdo a san Juan Pablo II cuando decía: “El error y el mal deben ser condenados y combatidos constantemente; pero el hombre que cae o se equivoca debe ser comprendido y amado (…) Nosotros debemos amar nuestro tiempo y ayudar al hombre de nuestro tiempo” (Discurso a la Acción Católica italiana, 30 de diciembre de 1978, 2 c: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 21 enero 1979, p.9). Y la Iglesia debe buscarlo, acogerlo y acompañarlo, porque una Iglesia con las puertas cerradas se traiciona a sí misma y a su misión, y en vez de ser puente se convierte en barrera: “El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hb 2,11).

Con este espíritu, le pedimos al Señor que nos acompañe en el Sínodo y que guíe a su Iglesia a través de la intercesión de la Santísima Virgen María y de San José, su castísimo esposo.

 

Canto a la vida no nacida. Jornada a favor de la vida (La pérdida del ser querido)

Celine Dion contaba, al acabar de tener un hijo, que ella vivía gracias a un sacerdote católico, pues cuando su madre quería abortar al saber que iba a tener el hijo n. 14, le dijo que no podía acabar con una vida que no le pertenecía, «que no tenía derecho a ir contra la naturaleza», y por eso vivió la cantante del tema de «Titanic»: «a partir de ese momento de recuperarse del desánimo, ya no perdió ni un minuto en autocompadecerse y me quiso tan apasionadamente como amó a los anteriores”. Elizabeth Klein cuenta que con una infección de vagina y con 3 hijos que cuidar, por un error quedó embarazada a sus 40 años. Recibió una fuerte presión psicológica para abortar, ante el riesgo de síndrome de Down de la futura criatura, y ella había escrito sobre este “derecho” de la mujer, y deseó el aborto, “hasta que, tumbada en una litera donde tendría lugar la amniocentesis, vi por la pantalla del scanner la cabeza perfectamente formada del niño que lleva dentro… ¡sentí que yo amaba a aquel niño!” y esta visión transformó el embarazo de “accidente” a “positivamente querido”. “Y desde que ha nacido no puedo entender la vida sin ella… es un hijo de propina». Cuando una madre aborta, queda llena de tristeza: “siento no haberte amado, lo siento mucho”… suelen decir. Luego, la depresión, se van con la tristeza de no haber tenido los recursos para amar. Son decisiones diferentes. Una, la de tener un hijo a 40 años, cuando podía tener tranquilidad, y prefiere la propina de un hijo; la otra, que no se atreve a aceptar el regalo de la vida, y la apaga.

Gobiernos y leyes pro-aborto. Se ha ampliado el aborto en España. El problema para muchos políticos no es si se mataba o no a un ser humano, que eso parece que no les importa, sino “hacer carrera”. La batalla sobre este tema no ha acabado, pues está en la opinión pública. Habría que apelar a la verdad interior de las cosas y no a las modas o a las votaciones. La pregunta es: “¿se puede votar todo, o hay valores que están fuera de cuestión?” Pues Hitler también fue apoyado por una mayoría en Alemania y en Austria.

Una joven de diecisiete años fue a abortar fuera de España. Una semana más tarde escribía: “¿Sabes? Hay momentos en los que me siento tan ridícula, que me ahogo en una gota de agua. Me siento sola y estoy notando una falta de interés por todo lo que me rodea. Sé que no soy la única que ha pasado por esto y sé también que otras lo han tenido mucho más difícil, pero me siento tan indefensa e inútil, tan niña e inexperta que me falta la suficiente fuerza de voluntad para volver a empezar. Quisiera hacerte entender lo extraña que me siento. Las noches me están siendo largas y los días son inacabables. Basta cualquier cosa, cualquier gesto, para que sienta cómo las lágrimas se asoman a mis ojos. No puedo, no debo llorar porque tendría que dar una explicación al hacerlo. Te necesito, pues no he asimilado todavía lo que hecho. Cuando pienso que antes para mí la máxima realización era tener un hijo, me siento como una sucia hipócrita… El tiempo borra las heridas, pero yo sé que… hay cosas que jamás se olvidarán.

Sólo soy una adolescente… creía ser una mujer. La realidad me ha hecho ver que no soy más que una niña… Ahora mi destino no tiene más que un fin: recobrar la alegría de vivir, pues la vida es el más que todos los regalos del mundo y no se la puede rechazar” (María G., en “Misión Joven” 1985).

Son valores que tienen que acogerse en la opinión pública, por encima de utilitarismos: la famosa cuestión planteada estos días, bajo aspectos más o menos dramáticos: “si no quiero este nacimiento, ¿para qué sirve esta vida?” El argumento de la adolescente violada no es tan fuerte, pues basta dar una información, de que como ante cualquier veneno, también en este caso de agresión injusta basta un simple lavado interno. El que estos valores aniden en la mente de la opinión pública, y el primero el valor de la vida humana, significa que aniden en cada corazón, pues el corazón de los hombres es la única arma que puede ganar el egoísmo del mundo, y la batalla del amor es la única clave de la felicidad.

Recuerdo que cuando Celine Dion tuvo un hijo, se habló también que ella vive gracias a un sacerdote católico, pues cuando su madre quería abortar al enterarse que iba a tener el hijo número 14, le dijo que no podía acabar con una vida que no le pertenecía, «que no tenía derecho a ir contra la naturaleza», así decía la cantante de la canción de Titanic. Y “en cuanto mi madre se recuperó del desánimo, no perdió ni un minuto en auto-compadecerse y comenzó a amarme tan apasionadamente como había amado a todos los demás hijos».

Pienso que en este tiempo de tanta «cultura de la muerte» es muy bueno reflexionar sobre las imágenes que ha publicado por ejemplo National Geografic, y que están publicadas en la red, por ejemplo en y los videos siguientes que ahí se señalan, aquí pongo una foto de la secuencia. Se sigue en 3 y 4D, técnicas de ecografías, etc. cómo evoluciona la formación de la criatura desde la concepción hasta el nacimiento.

Elizabeth Klein decía en un artículo que, con una infección de vagina y con 3 hijos, se quedó por un error del control de natalidad-en estado, con sus 40 años. Recibió una presión psicológica muy fuerte, ya que ella había escrito sobre el derecho de la mujer a abortar, pero «al menos por esta vez, pensaba que eso no era para mí. En el mejor de los casos, el aborto es una decisión difícil y dolorosa, algo que no se hace sin una grave necesidad», dijo. Le presionaron con que podría ser que naciera el bebé con el síndrome de Down, y deseó el aborto. «Hasta que, tumbada sobre la camilla donde tendría lugar la operación, y vio en la pantalla del scanner la cabeza perfectamente formada del niño que llevaba dentro, y… ¡Yo quería ese niño!»; esa visión «transformó mi último embarazo de accidente en algo positivamente querido. Desde que nació la pequeña ya no podemos entender la vida sin que estuviera ella», porque les alegra la vida. El título del artículo es «un hijo de propina».

¿Todas actúan así? No. Vemos otro caso, el de Elinor Nelson, que al recibir la noticia de otro embarazo, cuando tenía también 3 hijos, precisamente trillizos (por fecundación artificial, ya que no podía tener hijos, pensaba, pero ocho meses después quedó en estado). Tenía miedo de matar a su hijo, «me repugnaba la idea de tumbarme en una mesa de operaciones y que me sacaran esa vida de mi interior con una aspiradora». El radiólogo le enseñó la localización del feto, y hasta el latir del corazón y las dimensiones. Cuando abortó, estaba «abrumada de tristeza. ‘Me sabe muy mal no haberte querido –le dije al feto-. Me sabe muy mal». Después, la depresión, que se fue por fin… pero quedó la profunda tristeza de no haberlo querido. Son dos decisiones diferentes. Una, la de tener un hijo a 40 años: ya no podrían ir al cine o salir, pero tenían la propina de un hijo, cuando los demás ya habían crecido; el otro, una joven que no se ve con corazón de tener otra criatura: no quiso el regalo («The Human Life Review», Nueva York 1993). En el mismo lugar Stan Sinberg publica que estaba en un banquete de boda, y dijo enfadado, ya que era partidario del aborto, que un amigo ya tenía un hijo sólo un año después de casarse. La madre, que estaba al lado, le explicó después de que ella lo había tenido con él «un poco pronto», y quería abortar «por no ir con traje de novia en estado», pero que su padre dijo que no encontró a nadie para hacer el aborto (en realidad, parece que no buscó demasiado…). «¡Qué ironía!: Yo, partidario del derecho a abortar, estoy vivo gracias a que mi madre no tuvo este derecho».

Mientras tanto, es necesario emprender acciones de apoyo para evitar que las mujeres se vean abocadas a recurrir al aborto, y defender el derecho a la vida de los no nacidos. Lo otro «es una salida traumática a una situación aún más traumática «(L. Origlia), y es allí donde debe ir la política, a solucionar estas situaciones traumáticas… pues tenemos que defender que nadie es árbitro de la vida humana ya existente. No debemos juzgar la culpabilidad que tienen las madres que matan los hijos antes de que nazcan: la madre tiene un instinto (todo lo sabemos, por los psicólogos) que el trauma del aborto se graba muy fuerte en el alma de la madre, porque ella sabe que tenía un ser humano en su vientre, que era su hijo, estar vivo, y que no está aquí… La sociedad debe procurar otras vías para solucionar los problemas reales que puede tener una madre, para no verter a ninguna persona hacia soluciones aparentes, que no arreglan nada, y lo estropean todo.

Viviana es una chica de buen corazón, le costaba abrirse, decía, porque “es un tema delicado… fue el año pasado, algo que nunca pensé que me pasaría a mi, pero la vida es así, sorpresas que nos tiene preparada, llevaba 2 meses con este chico, no sé cómo pasó y me quedé embarazada, no sabía qué hacer; la primera cosa que me pasó por la cabeza fue el aborto: no tenía ni idea de qué me pasaba, lloré y mucho, me sentí fatal, no lo sentía mío a ese bebe, en casa no sabe nadie, lo sabe una persona, que no me apoyó en la decisión que tome…

-Sigue, ya imagino lo que sufriste…

-El chico con el que salgo no tiene ni idea, habíamos hablado de que no estábamos preparados para eso…

-Sé que hice mal, y aun me duele lo que hice, pero creo que Dios que lee nuestros mas profundos pensamientos sabrá que estoy arrepentida por ello, no podía tenerlo no estaba preparada para ser mama…

-Es verdad que Dios lee nuestros pensamientos y nos perdona siempre… antes de que le pidamos perdón.

-Fue bastante doloroso, algo que nunca en mi vida me podré olvidar; antes de todo, era diferente, vivía con esa ilusión de ser madre, pero cuando tuve la oportunidad no fui capaz de serlo… mi primera decisión fue no tenerlo. Pero vi un power-point con un mensaje sobre la vida del no nacido y me sentí mal, porque era como que esas palabras esa personita me las decía…

-Ya, pero como tanta gente aborta quizá no lo hiciste pensando en matar, sino que te dejaste llevar por el ambiente, en el que uno no piensa que es tan grave.

-Tenía muchas ganas de contarlo a alguien para sentirme mas tranquila, en paz con Dios…

-Hoy (lunes de la 5º semana de cuaresma) en la Misa sale el encuentro de la miseria humana con la misericordia divina. Traen una adúltera para matarla, y vemos la actitud de Jesús: – “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? – Ninguno, Señor. – “Yo tampoco te condeno; vete y no peques más”. El sentirse perdonado va muy ligado a la correspondencia de amor. Quien se sabe amado y perdonado, devuelve amor por Amor: «Preguntaron al Amigo cuál era la fuente del amor. Respondió que aquella donde el Amado nos ha lavado nuestras culpas» (Ramon Llull). Ponernos cara a cara ante Dios, mirar a los ojos del Señor en la Cruz, es acudir a manifestarle personalmente nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia, donde Jesús sigue diciendo: “Yo te absuelvo de tus pecados…”

-Bueno, creo que me he alejado de Dios, y se que Él no nos castiga pero con esto, me he apoyado con todo mi corazón en él, al contártelo me he abierto a Dios. Desde hace tiempo lo había abandonado un poco, antes de esto me han sucedido cosas, por culpa mía, porque me lo he buscado… pero siempre he rezado y le pido que me ayude a confiar en mi misma, a saber siempre seguir por el buen camino de la vida… el año pasado fue bastante mal, tuve una decepción amorosa, luego me robaron del coche los documentos, un día que salí un viernes y bebí y me cogieron los polis con alcoholemia y me multaron, y me quitaran el carnet por tres meses…

Dejamos aquí a Viviana. Pasa el tiempo, y las secuelas salen. Recuerdo una chica que abortó, y me encontré un mensaje en el móvil: aún conservo la grabación (para ejemplo de otros, ella lo quiso), pues es sintomática de lo que no se dice que pasa a quien pasa por esto, aquí la transcribo: “era para hablar contigo… no paro de dar vueltas a todo lo que pasó, todo lo que hice… no puedo… pienso en ello noche y día… cuando me voy a dormir cojo mi peluche y me lo pongo en la barriga, pensando como si estuviera en estado… no sé… no sé (piensa en su hijo) se me hace muy duro, si pudiéramos hablar un rato, porque yo ya no sé qué hacer, estoy desesperada…”

Había sido ligera de cascos, hecho de Stripped, etc. Luego, con el tiempo, se rehizo y conoció el amor; hace poco me mandaba una foto de un hijo y vivía feliz… Pero volvamos a Viviana, la chica del carnet y la fiesta, que todavía anda un poco perdida, pues al cabo de un tiempo…

-Me da mucha pena decírselo y a la vez vergüenza; sé que no debía haberlo hecho y no tengo perdón de Dios, estuve embarazada por segunda vez. Realmente siento lo que hice; Dios sabe lo mal que me siento por lo que hice; no sabía qué hacer, esta vez el padre del bebé lo supo… fue mi novio, se lo conté, la primera vez no lo supo, me siento arrepentida por lo he hecho y es cada noche que pienso en ello, él me dijo que me apoyaba en la decisión que tomase, el no me dio a elegir, la decisión la tome yo sola.

-Dios perdona siempre…

-Él aún es inmaduro, no me apoyaba en la manera que yo quería, me sentía sola en el tiempo que estuve casi no llamaba una vez a la semana, ahora lo hace también pero yo necesitaba y quería mas por parte suya. Es muy doloroso a parte de saber que uno no sabrá nunca que podría haber sido un niño o niña.

-Ya, es algo que no conozco pero por lo que he visto en otras chicas luego es duro pensar en el niño, he visto que con el tiempo se les va la pena cuando son madres. La paz de Jesús es importante, y tienes que ir centrando esto que tienes dentro que es buscar el amor y no perderte, no puedes volver a hacerlo, ya te dejaré leer algo si quieres, pero ser madre es algo estupendo, y no puedes hacerlo más. Te lo tienes que plantear: valorar el amor, la maternidad, todo esto, que comenzamos a hablar…

-Esta vez es diferente a la primera me siento mas dolida, necesito realmente confesarme por el pecado tan grande que he cometido, pero sabe no pensaba en mí pensaba en el bebe, que padre le tocaría que a lo mejor mas adelante seriamos solo los dos y un niño creo se merece tener a sus padres juntos sea para bien o para mal.

-No es verdad, el hijo siempre es un don y una madre lo tiene que aceptar, te lo tienes que plantear: valorar el amor, la maternidad…

-Pero es difícil, una madre sola le cuesta mucho, yo al menos no tenia planeado tener un bebe ahora… pero gracias por escucharme.

-Ya… pero las dificultades no son imposibles, en cambio hay cosas que no hay que hacer nunca… pero hay mucha ignorancia… se dicen muchas mentiras, como tú hay mucha gente engañada… seguiremos… tranquila, y ya hablaremos cuando puedas, ¿vale?

Recuerdo que “pro-vida” difundió la carta de una mujer que pedía su publicación, y me parece interesante comentar algunos puntos breves de la misma: «Veréis, son las siete menos cuarto de la mañana del 25 de diciembre del 2000, otra noche más en blanco. Hace cuatro días, a pesar de todo, dormía. Ahora el sueño es una utopía. Tengo 31 años y he matado deliberadamente a mi hijo». Como se decía en la película “una historia verdadera”, también esta chica cuando supo que estaba embarazada decidió no contárselo a nadie, ni siquiera a su novio, con quien estaba pasando un tiempo en Estados Unidos. «Pasé un mes y medio de angustia controlada, fingiendo que todo iba bien, pero estaba embarazada y angustiada. Todas mis preguntas eran, ¿Qué voy a hacer? ¿Engordaré? ¿Se me notará? ¿Que voy a hacer yo con un niño?».

Sumisa en pensamientos negativos sobre su vida, que le parecía “absurda”, seguía diciendo: “volví a España tan pronto como pude, calculando el tiempo que tenía para llevar a cabo mis planes: librarme de aquello que me incordiaba». Es la huida hacia delante, quitar el problema de la manera más rápida, sin saber que muchas veces la recta no es el camino más certero para llegar a los sitios. Fue a abortar acompañada de una amiga, hablando de cosas intrascendentes, como el que va “al dentista”, pero por dentro estaba confusa. Me recuerda el espléndido guión de la película “Solas”, en la que mientras que por un lado no desea el niño, y pasan por su cabeza los intentos de fuga (de la vida, o de la situación de maternidad a través del aborto) por otro lado la ayuda de los que le rodean le hace desear la vida: es la amistad de un abuelete, el cariño de la madre que está siempre presente aun cuando no está físicamente con ella porque se fue de casa…

Cuando falta este apoyo, puede pasar de todo, y luego suele venir el remordimiento… y esto es lo que le pasa a la de la carta: “¡Dios santo! que imbécil soy. Ahora, cada minuto pienso en mi niño, pienso que soy egoísta, fría, criminal… no puedo dejar de pensar en ello». Es tremenda la soledad de quien no tiene presente que no hay que actuar en los momentos bajos sino esperar, porque es posible salir adelante «como tantas y tantas mujeres», que aunque se hagan tonterías siempre “se puede ir adelante”. Entonces vienen pensamientos negativos: “Y ahora, ¿quién me perdonará esto? Mi niño ya no está, yo estoy vacía, completamente vacía».

«Quiero que Dios me perdone, pero creo, que lo que he hecho es tan duro, tan cruel, tan bestial, que ni siquiera Dios puede perdonarme. Ni mi niño, que no ha tenido la oportunidad de ver el sol, ni el mar, ni de respirar… de nada». Aunque es comprensible este movimiento interior de amargura, y con la ayuda de una acogida de afecto por parte de quienes pueden ayudarles, ese dolor dará paso así a esperanza… Juan Pablo II, en un precioso texto de la Encíclica sobre la vida, apunta que nunca es tarde para transformar el remordimiento en arrepentimiento, y anima a esas madres a que dirijan la energía que sienten por reparar hacia obras de apertura a los demás, y pidan perdón a sus hijos que están en el Señor (hay una comunicación aún con los que ya no están entre nosotros, por la oración).

Sigue la carta: «He sido su juez y le he condenado a muerte sólo por el hecho de ser, de estar dentro de mi, ¡¡¡pobrecito mío!!!! Mi niño, por el que ahora estoy llorando, y del que no tenía conciencia antes… Ahora le pido perdón, con todo el dolor de mi alma y me sigo sintiendo mal, cada vez peor. No sé por que no salí adelante, con mi tripita, tan contenta.

”Ahora le pongo carita, lo veo en cualquier sitio, el pobre, mi niño, estaba ahí, sin hacer nada, tan solo estando, sin saber nada, sin pedir nada, estaba por que sí, pero estaba, ahora ya no está, no se donde está, no se lo que siente… sólo quiero que este bien, a salvo de mí». Quien piensa estas conmovedoras palabras ya no está dentro de la “cultura de la muerte” sino que se está abriendo a la vida, aunque la herida quede abierta, a modo de hacer así penitencia: «no creo que esté neurótica, sólo pienso que he liquidado textualmente a mi propio hijo y me siento sola, vacía e insensible. Incluso pienso que no sé si alguna vez sabré ser madre. Necesitaré ayuda por muchos años, y creo que no lo olvidaré jamás».

Se hace nuevas preguntas: «¿Por qué no me hice cargo? ¿Por qué no le dejé vivir? ¿Por qué he sido tan calculadora?… Sólo hay un ‘por qué’ con respuesta: ¿por qué me siento tan mal? Es sencillo, porque lo he matado, sin pensarlo apenas, sin el más mínimo remordimiento inicial, pero ahora me gustaría tenerlo dentro de mí, creciendo, esperando su momento para llegar al mundo, y esperar el momento de tenerlo entre mis brazos, de besar esa piel tan suave que tienen los bebés, de decirle que es mi hijo y que le quiero, que le cuidare ¡ya no puedo! mi niño o mi niña no está, lo maté, y yo sigo caminando, y el mundo se sigue moviendo sin el, sin ella, y yo ya no soy la misma, ahora no me quiero, me desprecio profundamente, ahora cuando ya no tiene solución me arrepiento… ya ves que estúpida, que inútil, ahora lo quiero sentir, como antes».

El final de la carta es de petición de perdón: «Pero ya, no puede ser… espero mi niño, que algún día me puedas perdonar… yo no me lo perdonaré mientras viva». Quizá el perdón más profundo, el que aún no ha conseguido la autora de este relato, sea el perdón de sí mismo. En el fondo, consiste seguramente en abrirse al perdón de Dios, acogerlo de verdad. Quizá sea el mal más fuerte del mundo de hoy, el no perdonarse a sí mismo y de ahí viene el resentimiento…

Domingo 23 febrero 2014, VII Domingo del Tiempo Ordinario (año A).

El amor, núcleo del cristianismo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo»

El amor, núcleo del cristianismo:
¿Quién es «el otro», que puede ser mi «enemigo»? (…) Sólo marcando exactamente el campo enemigo, señalo al mismo tiempo el campo de mi amor.

¿Quién es «el otro», que puede ser mi «enemigo»? -El diferente. Diferente totalmente de mí. El que no tiene mis gustos, mis ideas, no comparte mis puntos de vista, mis esquemas. Aquel con quien me resulta imposible un entendimiento pasable. No nos podemos «aguantar» (sin que haya mala voluntad). Entre nosotros se da incompatibilidad de carácter, de mentalidad, de temperamento. Nuestra cercanía es fuente de continuas incomprensiones y sufrimientos. -El adversario. El que esta siempre en contra mía, en postura hostil de desafío. En cualquier discusión, siempre se me pone en contra. Todo lo que hago, lo que propongo, encuentra infaliblemente su crítica inexorable y terca. Su tarea específica es la de contradecir todas mis iniciativas, mis ideas. No me perdona nada. No me deja pasar una. Es un muro compacto de hostilidad preconcebida. -El pelmazo. Es la persona que tiene el poder de irritarme hasta la exasperación. El que se divierte haciéndome perder el tiempo. El que se mete en medio en el momento menos oportuno y por los motivos más fútiles. Pedante, pesado, entrometido, curioso, petulante, indiscreto. Me obliga a escuchar peroratas interminables y confusas. Me embiste con un torrente de palabrería para contarme una bobada que me sé de memoria. Me cuenta sus minúsculas penas que dramatiza hasta convertirlas en tragedias de proporciones cósmicas. No tiene el más mínimo respeto a mi tiempo, a mis obligaciones, a mi cansancio. Es más, encuentra una especie de gusto sádico en tenerme prisionero en la viscosa tela de araña de sus tonterías. -El astuto. Es el individuo desleal, especialista en bromas pesadas, de doble juego por vocación. Me arranca una confidencia para ir inmediatamente a «venderla» a quien tiene un interés por ella. El individuo que se me muestra afable, benévolo, cordial, sonriente, y después me da una puñalada por la espalda. Me dice una cosa, piensa otra y hace una tercera. Me alaba de una manera exagerada. Pero después, en mi ausencia, me destruye con la crítica más feroz. En suma, el clásico tipo de quien uno no se puede fiar. Astuto, solapado, falaz, calculador, acostumbrado a tener el pie en veinte espuelas a la vez… -El perseguidor. El que, intencionadamente, me hace mal. Con la calumnia, la maledicencia, la insinuación molesta, la celotipia más desenfrenada. El que goza humillándome. El que no me deja en paz con su malignidad. Ahora bien, ¿cómo debo comportarme con estos enemigos (o algunos otros?).

Lo primero, hace falta localizarlos, reconocerlos. Lúcidamente. Honestamente. Sólo marcando exactamente el campo enemigo, señalo al mismo tiempo el campo de mi amor. En efecto, el amor cristiano debe internarse también hasta territorio enemigo. No puede quedar parado en el «próximo». Además no aceptar esta situación de enemistad como definitiva. No cristalizarla. Es más, comprometerse a hacerla evolucionar, a removerla, encaminándola en otra dirección.

Rechazo considerar esta situación como inmutable. Por eso estoy dispuesto a pagar personalmente para darle la vuelta y transformarla en una situación de amor y amistad. Y si, en ciertos casos, me siento atrapado por un sentimiento de desánimo, porque la empresa me parece desesperada, entonces miro a la cruz. Y caigo en la cuenta de que, a través de la cruz de Cristo, entró en el mundo una posibilidad infinita de reconciliación. También mi enemigo es uno de aquellos por los que murió Cristo. En un film apareció este aviso en la última secuencia. «A trescientos metros de distancia el enemigo es un blanco. A tres metros es un hombre». Nosotros podemos completarlo de esta manera: cerca de la cruz, el enemigo es un hermano de sangre (la sangre de Cristo) (Alessandro Pronzato).Llucia Pou Sabaté

 

 

 

Crecimiento Personal

Crecimiento Personal

https://docs.google.com/presentation/d/13BjejNLVOcMj_s83SwWXSmuhJb8e8JSDKNiYujT2aDY/edit#slide=id.p38

¿Por qué no educar a nuestros hijos para «COMPARTIR» en lugar de para «COMPETIR»?

Vivimos en un sistema social diseñado para que compitamos entre nosotros (en el trabajo, entre ciudades, entre países…), fomentando así la desunión entre las personas y los pueblos, sembrando todo de infelicidad, no permitiendo que avancemos hacia la maravilla que nos espera. 

«Competir» fomenta el ego, mientras que «compartir» fomenta el AMOR. 
«Compartiendo» es como unimos nuestras fuerzas, y «LA UNIÓN HACE LA FUERZA», una fuerza común para mejorar el mundo, unidos como un solo Corazón.
YO PREFIERO COMPARTIR, PREFIERO SER MÁS FELIZ.

Daniel de Wishlet.