Vivir en la verdad, denunciar el mal allí donde existe.

“El rey Herodes oyó hablar de Jesús, porque su fama se había extendido por todas partes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos: Otros afirmaban: «Es Elías». Y otros: «Es un profeta como los antiguos». Pero Herodes, (…)  (Marcos 6,14-29).

Vivir en la verdad, ser profeta, denunciar el mal, puede llevar consigo la persecución y la muerte: así también el Bautista, y Jesús mismo, los apóstoles después de la Pascua, y los profetas de todos los tiempos. Tal vez nosotros no llegaremos a estar amenazados de muerte. Pero sí somos invitados a seguir dando un testimonio coherente y profético, a anunciar la Buena Noticia de la salvación con nuestras palabras y con nuestra vida. Habrá ocasiones en que también tendremos que denunciar el mal allí donde existe. Lo haremos con palabras valientes, pero sobre todo con una vida coherente que, ella misma, sea como un signo profético en medio de un mundo que persigue valores que no lo son, o que levanta altares a dioses falsos (J. Aldazábal).

Humanamente, aparentemente, es un fracaso; la misión siempre lleva consigo: «Como trataron al maestro, así también seréis tratados.»

¡La pregunta sobre Cristo sigue siendo actual hoy también! Después de “Jesucrist superstar” vemos a muchos que admiran su figura, pero no abarcan su misterio como Dios. Señor, danos la Fe. Señor, aun en medio de nuestras dudas; conserva nuestras mentes disponibles y abiertas a nuevos y más profundos descubrimientos. ¡Revélate! Arrástranos en tu seguimiento hasta tu abismo, hasta la región inaccesib1e a nuestras exploraciones humanas, hasta el misterio de tu ser. Pero para ello se precisa una lenta, frecuente y perseverante relación. Una enamorada no descubre en un solo día todas las cualidades de la persona amada. ¿Cuánto tiempo paso cada día con Cristo? ¿Por qué me extraña pues que te conozca tan poco?

Llucia Pou Sabaté

 

Guardar

Recomendaciones para recorrer el camino de las lágrimas y sobrevivir (La pérdida del ser querido)

“El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo en cenizas” (W. Shakespeare).

21.1.-Permitiste estar de duelo. Date el permiso de sentirte mal, necesitado, vulnerable… Puedes pensar que es mejor no sentir el dolor, o evitarlo con distracciones y ocupaciones pero, de todas maneras, con el tiempo lo más probable es que el dolor salga a la superficie. Mejor es ahora. Acepta que posiblemente no estés demasiado interesado en tu trabajo ni en lo que pasa con tus amistades durante un tiempo, pero métete en el duelo con todas sus consecuencias.

21.2.- Abre tu corazón al dolor: Permítete el llanto. Te mereces el derecho de llorar cuanto sientas. Posiblemente sufriste un golpe brutal, la vida te sorprendió, los demás no supieron entender, el otro partió dejándote solo. Nada más pertinente que volver a nuestra vieja capacidad de llorar nuestra pena, de berrear nuestro dolor, de moquear nuestra impotencia. No escondas tu dolor. Comparte lo que te está pasando con tu familia y tus amigos de confianza… Llorar es tan exclusivamente humano como reír. El llanto actúa como una válvula liberadora de la enorme tensión interna que produce la pérdida. Podemos hacerlo solos si esa es nuestra elección, o con nuestros compañeros de ruta para compartir su dolor, que no es otro que nuestro mismo dolor. Cuando las penas se comparten su peso se divide. Cuando el alma te duele desde adentro no hay mejor estrategia que llorar. No te guardes todo por miedo a cansar o molestar. Busca a aquellas personas con las cuales podes expresarte tal como estás. Nada es más impertinente y perverso que interrumpir tu emoción con condicionamientos de tu supuesta fortaleza protectora del prójimo.

21.3.- Recorrer el camino requiere tiempo. Vive solamente un día cada día.

21.4.- Sé amable contigo. Aunque las emociones que estás viviendo sean muy intensas y displacenteras (y seguramente lo son) es importante no olvidar que son siempre pasajeras… Uno de los momentos más difíciles del duelo suele presentarse después de algunos meses de la pérdida, cuando los demás comienzan a decirte que ya tendrías que haberte recuperado. Sé paciente. No te apures. Jamás te persigas creyendo que ya deberías sentirte mejor. Tus tiempos son tuyos. Recuerda que el peor enemigo en el duelo es no quererse.

21.5.- No tengas miedo de volverte loco.

21.6.- Aplaza algunas decisiones importantes.

21.7.- No descuides tu salud. De todas maneras es bueno no deambular «buscando» el profesional que acepte recetar los psicofármacos para «no sentir», porque lejos de ayudar puede contribuir a cronificar el duelo.

21.8.- Agradece las pequeñas cosas. Es necesario valorar las cosas buenas que seguimos encontrando en nuestra vida en esta situación de catástrofe. Sobre todo, algunos vínculos que permanecen (familiares, amigos, pareja, sacerdote, terapeutas), aceptadores de mi confusión, de mi dolor, de mis dudas y seguramente de mis momentos más oscuros. Para cada persona lo que hay que agradecer es diferente: seguridad, contención, presencia y hasta silencio.

21.9.- Anímate a pedir ayuda.

21.10.-Procura ser paciente con los demás.

21.11.- Mucho descanso, algo de disfrute y una pizca de diversión. Recuerda que hasta el ser querido que no está querría lo mejor para vos. Los malos momentos vienen por sí solos, pero es voluntaria la construcción de buenos momentos. Empieza por saber con certeza que hay una vida después de una pérdida, préstale atención a las señales y oportunidades a tu alrededor. No las uses si no tienes ganas, pero no dejes de registrarlas.

21.12.- Confía en tus recursos para salir adelante. Acuérdate de cómo resolviste anteriores situaciones difíciles de tu vida. Si quieres sanar tu herida, si no quieres cargar tu mochila con el peso muerto de lo perdido, no basta pues con esperar a que todo se pase o con seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Necesitas dar algunos pasos difíciles para recuperarte. NO existen atajos en el camino de las lágrimas.Vas a vivir momentos duros y emociones displacenteras intensas en un momento en el que estás muy vulnerable. NO te exijas demasiado. Respeta tu propio ritmo de curación: estás en condiciones de afrontar lo que sigue, porque si estás en el camino, lo peor ya ha pasado. Confía en ti por encima de todas las dificultades, no te defraudarás. El pensamiento positivo te transforma siempre en tu propio entrenador.

21.13.- Acepta lo irreversible de la pérdida. Aunque sea la cosa más difícil que has hecho en toda tu vida, ahora tienes que aceptar esta dura realidad: estás en el camino de las lágrimas y no hay retorno. Pensar que desde el cielo el otro está y me cuida es un excelente aliado, pero esto no quita la desaparición física. Necesito hacer el duelo. Las dos cosas son necesarias: el cielo y la tierra.

21.14.- Elaborar un duelo no es olvidar. Es recordarlo con ternura y sentir que el tiempo que compartiste con él o con ella fue un gran regalo. Es entender con el corazón en la mano que el amor no se acaba con la muerte.

21.15.- Aprende a vivir de «nuevo»..

21.16.- Céntrate en la vida y en los vivos.

21.17.- Definí tu postura frente a la muerte.

21.18.- Vuelve a tu fe.

21.19.- Busca las puertas abiertas.

21.20.-Cuando tengas una buena parte del camino ya recorrida háblales a otros sobre tu experiencia. No minimices la pérdida, ni menosprecies tu camino. Contar lo que aprendiste en tu experiencia es la mejor ayuda para sanar a otros haciéndoles más fácil su propio recorrido, e increíblemente facilita tu propio rumbo. Es la historia del que tira piedras de una bolsa en la noche, en la orilla, y por la mañana ve que la última que queda es de oro: ojalá podamos ser sabios para no llorar por aquellas piedras que quizá desprevenidamente desperdiciamos, por aquellas cosas que el mar se llevó y tapó y podamos, de verdad, prepararnos para ver el brillo de las piedras que tenemos y disfrutar en el presente eterno de cada una de ellas.

Hemos de vivir sin miedo, sabiéndonos parte de la familia de Dios, que Cristo formó en su Iglesia, y que nos llamará en el momento más oportuno, como el jardinero corta las flores de su jardín cuando están más bellas. Dios, nuestro Padre, no actúa con sus hijos como un cazador furtivo que mata a sus presas cuando están desprevenidas, sino, que es un jardinero que recoge las flores y los frutos cuando están en su mejor momento, cuando están en sazón. Así ha actuado con quien encontramos a faltar, con quien sufrimos su ausencia…. Después de una vida, llena de frutos y de bien, la ha llamado a un descanso de gozo y alegría. Aunque cueste la separación, Dios sabe más. Ha sido para todos -difunto, familiares y amigos- lo mejor. Aceptemos y acatemos sus santos designios. A la vez pedimos y hacemos sufragios por su alma, para que goce de la visión beatífica y el Señor le colme de dichas. Es el mejor recuerdo que podemos tener y la mayor ayuda, ofrecer por su alma el sacrificio de Jesús. Acudimos a la Santísima Virgen que como Madre Dolorosa acompañó a Jesús en el momento de su muerte, para que tenga también piedad de este su hijo y hermano nuestro y le recoja en sus brazos. También acudimos a S. José, el patrono de la buena muerte. Ninguna criatura ha muerto tan bien acompañada como el Santo Patriarca. En aquel momento estaban con él Jesús y María. Le rogamos que interceda ante su Hijo por esta persona que llevamos en el corazón… y goce de la felicidad sin término.

Canto a la vida no nacida. Jornada a favor de la vida (La pérdida del ser querido)

Celine Dion contaba, al acabar de tener un hijo, que ella vivía gracias a un sacerdote católico, pues cuando su madre quería abortar al saber que iba a tener el hijo n. 14, le dijo que no podía acabar con una vida que no le pertenecía, «que no tenía derecho a ir contra la naturaleza», y por eso vivió la cantante del tema de «Titanic»: «a partir de ese momento de recuperarse del desánimo, ya no perdió ni un minuto en autocompadecerse y me quiso tan apasionadamente como amó a los anteriores”. Elizabeth Klein cuenta que con una infección de vagina y con 3 hijos que cuidar, por un error quedó embarazada a sus 40 años. Recibió una fuerte presión psicológica para abortar, ante el riesgo de síndrome de Down de la futura criatura, y ella había escrito sobre este “derecho” de la mujer, y deseó el aborto, “hasta que, tumbada en una litera donde tendría lugar la amniocentesis, vi por la pantalla del scanner la cabeza perfectamente formada del niño que lleva dentro… ¡sentí que yo amaba a aquel niño!” y esta visión transformó el embarazo de “accidente” a “positivamente querido”. “Y desde que ha nacido no puedo entender la vida sin ella… es un hijo de propina». Cuando una madre aborta, queda llena de tristeza: “siento no haberte amado, lo siento mucho”… suelen decir. Luego, la depresión, se van con la tristeza de no haber tenido los recursos para amar. Son decisiones diferentes. Una, la de tener un hijo a 40 años, cuando podía tener tranquilidad, y prefiere la propina de un hijo; la otra, que no se atreve a aceptar el regalo de la vida, y la apaga.

Gobiernos y leyes pro-aborto. Se ha ampliado el aborto en España. El problema para muchos políticos no es si se mataba o no a un ser humano, que eso parece que no les importa, sino “hacer carrera”. La batalla sobre este tema no ha acabado, pues está en la opinión pública. Habría que apelar a la verdad interior de las cosas y no a las modas o a las votaciones. La pregunta es: “¿se puede votar todo, o hay valores que están fuera de cuestión?” Pues Hitler también fue apoyado por una mayoría en Alemania y en Austria.

Una joven de diecisiete años fue a abortar fuera de España. Una semana más tarde escribía: “¿Sabes? Hay momentos en los que me siento tan ridícula, que me ahogo en una gota de agua. Me siento sola y estoy notando una falta de interés por todo lo que me rodea. Sé que no soy la única que ha pasado por esto y sé también que otras lo han tenido mucho más difícil, pero me siento tan indefensa e inútil, tan niña e inexperta que me falta la suficiente fuerza de voluntad para volver a empezar. Quisiera hacerte entender lo extraña que me siento. Las noches me están siendo largas y los días son inacabables. Basta cualquier cosa, cualquier gesto, para que sienta cómo las lágrimas se asoman a mis ojos. No puedo, no debo llorar porque tendría que dar una explicación al hacerlo. Te necesito, pues no he asimilado todavía lo que hecho. Cuando pienso que antes para mí la máxima realización era tener un hijo, me siento como una sucia hipócrita… El tiempo borra las heridas, pero yo sé que… hay cosas que jamás se olvidarán.

Sólo soy una adolescente… creía ser una mujer. La realidad me ha hecho ver que no soy más que una niña… Ahora mi destino no tiene más que un fin: recobrar la alegría de vivir, pues la vida es el más que todos los regalos del mundo y no se la puede rechazar” (María G., en “Misión Joven” 1985).

Son valores que tienen que acogerse en la opinión pública, por encima de utilitarismos: la famosa cuestión planteada estos días, bajo aspectos más o menos dramáticos: “si no quiero este nacimiento, ¿para qué sirve esta vida?” El argumento de la adolescente violada no es tan fuerte, pues basta dar una información, de que como ante cualquier veneno, también en este caso de agresión injusta basta un simple lavado interno. El que estos valores aniden en la mente de la opinión pública, y el primero el valor de la vida humana, significa que aniden en cada corazón, pues el corazón de los hombres es la única arma que puede ganar el egoísmo del mundo, y la batalla del amor es la única clave de la felicidad.

Recuerdo que cuando Celine Dion tuvo un hijo, se habló también que ella vive gracias a un sacerdote católico, pues cuando su madre quería abortar al enterarse que iba a tener el hijo número 14, le dijo que no podía acabar con una vida que no le pertenecía, «que no tenía derecho a ir contra la naturaleza», así decía la cantante de la canción de Titanic. Y “en cuanto mi madre se recuperó del desánimo, no perdió ni un minuto en auto-compadecerse y comenzó a amarme tan apasionadamente como había amado a todos los demás hijos».

Pienso que en este tiempo de tanta «cultura de la muerte» es muy bueno reflexionar sobre las imágenes que ha publicado por ejemplo National Geografic, y que están publicadas en la red, por ejemplo en y los videos siguientes que ahí se señalan, aquí pongo una foto de la secuencia. Se sigue en 3 y 4D, técnicas de ecografías, etc. cómo evoluciona la formación de la criatura desde la concepción hasta el nacimiento.

Elizabeth Klein decía en un artículo que, con una infección de vagina y con 3 hijos, se quedó por un error del control de natalidad-en estado, con sus 40 años. Recibió una presión psicológica muy fuerte, ya que ella había escrito sobre el derecho de la mujer a abortar, pero «al menos por esta vez, pensaba que eso no era para mí. En el mejor de los casos, el aborto es una decisión difícil y dolorosa, algo que no se hace sin una grave necesidad», dijo. Le presionaron con que podría ser que naciera el bebé con el síndrome de Down, y deseó el aborto. «Hasta que, tumbada sobre la camilla donde tendría lugar la operación, y vio en la pantalla del scanner la cabeza perfectamente formada del niño que llevaba dentro, y… ¡Yo quería ese niño!»; esa visión «transformó mi último embarazo de accidente en algo positivamente querido. Desde que nació la pequeña ya no podemos entender la vida sin que estuviera ella», porque les alegra la vida. El título del artículo es «un hijo de propina».

¿Todas actúan así? No. Vemos otro caso, el de Elinor Nelson, que al recibir la noticia de otro embarazo, cuando tenía también 3 hijos, precisamente trillizos (por fecundación artificial, ya que no podía tener hijos, pensaba, pero ocho meses después quedó en estado). Tenía miedo de matar a su hijo, «me repugnaba la idea de tumbarme en una mesa de operaciones y que me sacaran esa vida de mi interior con una aspiradora». El radiólogo le enseñó la localización del feto, y hasta el latir del corazón y las dimensiones. Cuando abortó, estaba «abrumada de tristeza. ‘Me sabe muy mal no haberte querido –le dije al feto-. Me sabe muy mal». Después, la depresión, que se fue por fin… pero quedó la profunda tristeza de no haberlo querido. Son dos decisiones diferentes. Una, la de tener un hijo a 40 años: ya no podrían ir al cine o salir, pero tenían la propina de un hijo, cuando los demás ya habían crecido; el otro, una joven que no se ve con corazón de tener otra criatura: no quiso el regalo («The Human Life Review», Nueva York 1993). En el mismo lugar Stan Sinberg publica que estaba en un banquete de boda, y dijo enfadado, ya que era partidario del aborto, que un amigo ya tenía un hijo sólo un año después de casarse. La madre, que estaba al lado, le explicó después de que ella lo había tenido con él «un poco pronto», y quería abortar «por no ir con traje de novia en estado», pero que su padre dijo que no encontró a nadie para hacer el aborto (en realidad, parece que no buscó demasiado…). «¡Qué ironía!: Yo, partidario del derecho a abortar, estoy vivo gracias a que mi madre no tuvo este derecho».

Mientras tanto, es necesario emprender acciones de apoyo para evitar que las mujeres se vean abocadas a recurrir al aborto, y defender el derecho a la vida de los no nacidos. Lo otro «es una salida traumática a una situación aún más traumática «(L. Origlia), y es allí donde debe ir la política, a solucionar estas situaciones traumáticas… pues tenemos que defender que nadie es árbitro de la vida humana ya existente. No debemos juzgar la culpabilidad que tienen las madres que matan los hijos antes de que nazcan: la madre tiene un instinto (todo lo sabemos, por los psicólogos) que el trauma del aborto se graba muy fuerte en el alma de la madre, porque ella sabe que tenía un ser humano en su vientre, que era su hijo, estar vivo, y que no está aquí… La sociedad debe procurar otras vías para solucionar los problemas reales que puede tener una madre, para no verter a ninguna persona hacia soluciones aparentes, que no arreglan nada, y lo estropean todo.

Viviana es una chica de buen corazón, le costaba abrirse, decía, porque “es un tema delicado… fue el año pasado, algo que nunca pensé que me pasaría a mi, pero la vida es así, sorpresas que nos tiene preparada, llevaba 2 meses con este chico, no sé cómo pasó y me quedé embarazada, no sabía qué hacer; la primera cosa que me pasó por la cabeza fue el aborto: no tenía ni idea de qué me pasaba, lloré y mucho, me sentí fatal, no lo sentía mío a ese bebe, en casa no sabe nadie, lo sabe una persona, que no me apoyó en la decisión que tome…

-Sigue, ya imagino lo que sufriste…

-El chico con el que salgo no tiene ni idea, habíamos hablado de que no estábamos preparados para eso…

-Sé que hice mal, y aun me duele lo que hice, pero creo que Dios que lee nuestros mas profundos pensamientos sabrá que estoy arrepentida por ello, no podía tenerlo no estaba preparada para ser mama…

-Es verdad que Dios lee nuestros pensamientos y nos perdona siempre… antes de que le pidamos perdón.

-Fue bastante doloroso, algo que nunca en mi vida me podré olvidar; antes de todo, era diferente, vivía con esa ilusión de ser madre, pero cuando tuve la oportunidad no fui capaz de serlo… mi primera decisión fue no tenerlo. Pero vi un power-point con un mensaje sobre la vida del no nacido y me sentí mal, porque era como que esas palabras esa personita me las decía…

-Ya, pero como tanta gente aborta quizá no lo hiciste pensando en matar, sino que te dejaste llevar por el ambiente, en el que uno no piensa que es tan grave.

-Tenía muchas ganas de contarlo a alguien para sentirme mas tranquila, en paz con Dios…

-Hoy (lunes de la 5º semana de cuaresma) en la Misa sale el encuentro de la miseria humana con la misericordia divina. Traen una adúltera para matarla, y vemos la actitud de Jesús: – “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? – Ninguno, Señor. – “Yo tampoco te condeno; vete y no peques más”. El sentirse perdonado va muy ligado a la correspondencia de amor. Quien se sabe amado y perdonado, devuelve amor por Amor: «Preguntaron al Amigo cuál era la fuente del amor. Respondió que aquella donde el Amado nos ha lavado nuestras culpas» (Ramon Llull). Ponernos cara a cara ante Dios, mirar a los ojos del Señor en la Cruz, es acudir a manifestarle personalmente nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia, donde Jesús sigue diciendo: “Yo te absuelvo de tus pecados…”

-Bueno, creo que me he alejado de Dios, y se que Él no nos castiga pero con esto, me he apoyado con todo mi corazón en él, al contártelo me he abierto a Dios. Desde hace tiempo lo había abandonado un poco, antes de esto me han sucedido cosas, por culpa mía, porque me lo he buscado… pero siempre he rezado y le pido que me ayude a confiar en mi misma, a saber siempre seguir por el buen camino de la vida… el año pasado fue bastante mal, tuve una decepción amorosa, luego me robaron del coche los documentos, un día que salí un viernes y bebí y me cogieron los polis con alcoholemia y me multaron, y me quitaran el carnet por tres meses…

Dejamos aquí a Viviana. Pasa el tiempo, y las secuelas salen. Recuerdo una chica que abortó, y me encontré un mensaje en el móvil: aún conservo la grabación (para ejemplo de otros, ella lo quiso), pues es sintomática de lo que no se dice que pasa a quien pasa por esto, aquí la transcribo: “era para hablar contigo… no paro de dar vueltas a todo lo que pasó, todo lo que hice… no puedo… pienso en ello noche y día… cuando me voy a dormir cojo mi peluche y me lo pongo en la barriga, pensando como si estuviera en estado… no sé… no sé (piensa en su hijo) se me hace muy duro, si pudiéramos hablar un rato, porque yo ya no sé qué hacer, estoy desesperada…”

Había sido ligera de cascos, hecho de Stripped, etc. Luego, con el tiempo, se rehizo y conoció el amor; hace poco me mandaba una foto de un hijo y vivía feliz… Pero volvamos a Viviana, la chica del carnet y la fiesta, que todavía anda un poco perdida, pues al cabo de un tiempo…

-Me da mucha pena decírselo y a la vez vergüenza; sé que no debía haberlo hecho y no tengo perdón de Dios, estuve embarazada por segunda vez. Realmente siento lo que hice; Dios sabe lo mal que me siento por lo que hice; no sabía qué hacer, esta vez el padre del bebé lo supo… fue mi novio, se lo conté, la primera vez no lo supo, me siento arrepentida por lo he hecho y es cada noche que pienso en ello, él me dijo que me apoyaba en la decisión que tomase, el no me dio a elegir, la decisión la tome yo sola.

-Dios perdona siempre…

-Él aún es inmaduro, no me apoyaba en la manera que yo quería, me sentía sola en el tiempo que estuve casi no llamaba una vez a la semana, ahora lo hace también pero yo necesitaba y quería mas por parte suya. Es muy doloroso a parte de saber que uno no sabrá nunca que podría haber sido un niño o niña.

-Ya, es algo que no conozco pero por lo que he visto en otras chicas luego es duro pensar en el niño, he visto que con el tiempo se les va la pena cuando son madres. La paz de Jesús es importante, y tienes que ir centrando esto que tienes dentro que es buscar el amor y no perderte, no puedes volver a hacerlo, ya te dejaré leer algo si quieres, pero ser madre es algo estupendo, y no puedes hacerlo más. Te lo tienes que plantear: valorar el amor, la maternidad, todo esto, que comenzamos a hablar…

-Esta vez es diferente a la primera me siento mas dolida, necesito realmente confesarme por el pecado tan grande que he cometido, pero sabe no pensaba en mí pensaba en el bebe, que padre le tocaría que a lo mejor mas adelante seriamos solo los dos y un niño creo se merece tener a sus padres juntos sea para bien o para mal.

-No es verdad, el hijo siempre es un don y una madre lo tiene que aceptar, te lo tienes que plantear: valorar el amor, la maternidad…

-Pero es difícil, una madre sola le cuesta mucho, yo al menos no tenia planeado tener un bebe ahora… pero gracias por escucharme.

-Ya… pero las dificultades no son imposibles, en cambio hay cosas que no hay que hacer nunca… pero hay mucha ignorancia… se dicen muchas mentiras, como tú hay mucha gente engañada… seguiremos… tranquila, y ya hablaremos cuando puedas, ¿vale?

Recuerdo que “pro-vida” difundió la carta de una mujer que pedía su publicación, y me parece interesante comentar algunos puntos breves de la misma: «Veréis, son las siete menos cuarto de la mañana del 25 de diciembre del 2000, otra noche más en blanco. Hace cuatro días, a pesar de todo, dormía. Ahora el sueño es una utopía. Tengo 31 años y he matado deliberadamente a mi hijo». Como se decía en la película “una historia verdadera”, también esta chica cuando supo que estaba embarazada decidió no contárselo a nadie, ni siquiera a su novio, con quien estaba pasando un tiempo en Estados Unidos. «Pasé un mes y medio de angustia controlada, fingiendo que todo iba bien, pero estaba embarazada y angustiada. Todas mis preguntas eran, ¿Qué voy a hacer? ¿Engordaré? ¿Se me notará? ¿Que voy a hacer yo con un niño?».

Sumisa en pensamientos negativos sobre su vida, que le parecía “absurda”, seguía diciendo: “volví a España tan pronto como pude, calculando el tiempo que tenía para llevar a cabo mis planes: librarme de aquello que me incordiaba». Es la huida hacia delante, quitar el problema de la manera más rápida, sin saber que muchas veces la recta no es el camino más certero para llegar a los sitios. Fue a abortar acompañada de una amiga, hablando de cosas intrascendentes, como el que va “al dentista”, pero por dentro estaba confusa. Me recuerda el espléndido guión de la película “Solas”, en la que mientras que por un lado no desea el niño, y pasan por su cabeza los intentos de fuga (de la vida, o de la situación de maternidad a través del aborto) por otro lado la ayuda de los que le rodean le hace desear la vida: es la amistad de un abuelete, el cariño de la madre que está siempre presente aun cuando no está físicamente con ella porque se fue de casa…

Cuando falta este apoyo, puede pasar de todo, y luego suele venir el remordimiento… y esto es lo que le pasa a la de la carta: “¡Dios santo! que imbécil soy. Ahora, cada minuto pienso en mi niño, pienso que soy egoísta, fría, criminal… no puedo dejar de pensar en ello». Es tremenda la soledad de quien no tiene presente que no hay que actuar en los momentos bajos sino esperar, porque es posible salir adelante «como tantas y tantas mujeres», que aunque se hagan tonterías siempre “se puede ir adelante”. Entonces vienen pensamientos negativos: “Y ahora, ¿quién me perdonará esto? Mi niño ya no está, yo estoy vacía, completamente vacía».

«Quiero que Dios me perdone, pero creo, que lo que he hecho es tan duro, tan cruel, tan bestial, que ni siquiera Dios puede perdonarme. Ni mi niño, que no ha tenido la oportunidad de ver el sol, ni el mar, ni de respirar… de nada». Aunque es comprensible este movimiento interior de amargura, y con la ayuda de una acogida de afecto por parte de quienes pueden ayudarles, ese dolor dará paso así a esperanza… Juan Pablo II, en un precioso texto de la Encíclica sobre la vida, apunta que nunca es tarde para transformar el remordimiento en arrepentimiento, y anima a esas madres a que dirijan la energía que sienten por reparar hacia obras de apertura a los demás, y pidan perdón a sus hijos que están en el Señor (hay una comunicación aún con los que ya no están entre nosotros, por la oración).

Sigue la carta: «He sido su juez y le he condenado a muerte sólo por el hecho de ser, de estar dentro de mi, ¡¡¡pobrecito mío!!!! Mi niño, por el que ahora estoy llorando, y del que no tenía conciencia antes… Ahora le pido perdón, con todo el dolor de mi alma y me sigo sintiendo mal, cada vez peor. No sé por que no salí adelante, con mi tripita, tan contenta.

”Ahora le pongo carita, lo veo en cualquier sitio, el pobre, mi niño, estaba ahí, sin hacer nada, tan solo estando, sin saber nada, sin pedir nada, estaba por que sí, pero estaba, ahora ya no está, no se donde está, no se lo que siente… sólo quiero que este bien, a salvo de mí». Quien piensa estas conmovedoras palabras ya no está dentro de la “cultura de la muerte” sino que se está abriendo a la vida, aunque la herida quede abierta, a modo de hacer así penitencia: «no creo que esté neurótica, sólo pienso que he liquidado textualmente a mi propio hijo y me siento sola, vacía e insensible. Incluso pienso que no sé si alguna vez sabré ser madre. Necesitaré ayuda por muchos años, y creo que no lo olvidaré jamás».

Se hace nuevas preguntas: «¿Por qué no me hice cargo? ¿Por qué no le dejé vivir? ¿Por qué he sido tan calculadora?… Sólo hay un ‘por qué’ con respuesta: ¿por qué me siento tan mal? Es sencillo, porque lo he matado, sin pensarlo apenas, sin el más mínimo remordimiento inicial, pero ahora me gustaría tenerlo dentro de mí, creciendo, esperando su momento para llegar al mundo, y esperar el momento de tenerlo entre mis brazos, de besar esa piel tan suave que tienen los bebés, de decirle que es mi hijo y que le quiero, que le cuidare ¡ya no puedo! mi niño o mi niña no está, lo maté, y yo sigo caminando, y el mundo se sigue moviendo sin el, sin ella, y yo ya no soy la misma, ahora no me quiero, me desprecio profundamente, ahora cuando ya no tiene solución me arrepiento… ya ves que estúpida, que inútil, ahora lo quiero sentir, como antes».

El final de la carta es de petición de perdón: «Pero ya, no puede ser… espero mi niño, que algún día me puedas perdonar… yo no me lo perdonaré mientras viva». Quizá el perdón más profundo, el que aún no ha conseguido la autora de este relato, sea el perdón de sí mismo. En el fondo, consiste seguramente en abrirse al perdón de Dios, acogerlo de verdad. Quizá sea el mal más fuerte del mundo de hoy, el no perdonarse a sí mismo y de ahí viene el resentimiento…

Liturgia para los difuntos…

La pérdida del ser querido

 

Caen las hojas secas, y las ilusiones de la vida en muchos, por la vejez. Hace casi 500 años, en Ávila muere Beatriz de Ahumada y mientras los sacerdotes terminan las ceremonias dice: “Teresa, que venga Teresa”. La niña de 12 años entra y le dice: “¡bendita, bendita!”, y expira. Teresa, llorando en su habitación, dice a la Virgen: “Señora, ya veis que no tengo Madre, sed vos en adelante Madre mía”. La Virgen nos acompaña siempre, y en el Avemaría rezamos por las dos palabras importantes: la vida que comienza con el nacimiento, el fruto del amor (“bendito el fruto de tu vientre”) y la muerte, el dolor (“ruega por nosotros pecadores… en la hora de nuestra muerte”). Y en otros momentos le pedimos de mil formas “no nos desampares ahora y en la hora de la muerte”.

Alrededor del altar la Iglesia recuerda a los hermanos que Dios llamó a su presencia. Desde el comienzo los cristianos han querido honrar a sus difuntos por medio de la Santa Misa. En efecto, en la Eucaristía renovamos incruentamente el sacrificio de la Cruz, es decir, se actualiza el momento en el que Cristo murió por nosotros. La muerte de Cristo es modelo, ejemplo y paradigma de la muerte de sus discípulos, un canto a la esperanza para sus seguidores, pues su muerte no es la conclusión de la vida, sino que se abre a la Resurrección. Hay algo más después de la muerte; la resurrección de Cristo nos abre las puertas a una vida sin ocaso al que todos estamos llamados. No un fin, sino un comienzo. Tampoco es la separación definitiva, sino una separación esperanzada, sabiendo que un día nos encontraremos con nuestros seres queridos. Quedó tan grabada esta realidad en la mente y vida de los primeros cristianos que incluso hubo un cambio de nombre en los enterramientos de sus difuntos. El mundo pagano denominaba necrópolis, los cristianos cementerio (dormitorios), porque ellos esperan, como en un sueño, el momento de su resurrección corporal. También ha quedado reflejado en la liturgia esa apertura a una vida futura:

– hay dolor, pero hay esperanza;

– hay muerte, pero hay una vida nueva (vita mutatur, non tollitur: la vida cambia, pero no acaba, dice el prefacio de difuntos);

– es el dies mortis, pero también es el dies natalis : el día de la muerte y el día del nacimiento (a la Vida);

– cuesta la separación, pero a la vez hay paz.

En Camino (de S. Josemaría Escrivá) se nos dice: “A los otros, la muerte les para y sobrecoge. A nosotros, la muerte -la Vida- nos anima y nos impulsa. Para ellos es el fin, para nosotros, el principio” (738). “¿Has visto, en una tarde triste de otoño, caer las hojas muertas? Así caen cada día las almas en la eternidad” (Camino, n. 736)… dan el salto a la vida eterna. Ello nos ha de hacer pensar y darnos cuenta de que un día, la hoja caída seré yo. Por eso hemos de vivir cada jornada que comienza como si fuera la última de nuestra vida.

Por ahí vemos que muchas personas andan por la vida sin temor a Dios y sin esperanza, sin pararse nunca a pensar en ese mundo, el definitivo, que se encuentra más allá de su visión exclusivamente humana. La meditación de los novísimos, nos ha de ayudar a rectificar la marcha de nuestro andar terreno, a aprovechar mejor el tiempo, a no dejarnos absorber por los cuidados y necesidades de la tierra, a no permitir que nuestro corazón se encharque con lo de aquí abajo, a fomentar el horror al pecado, y a sentir la urgencia de un apostolado constante más intenso, más descarado, más exigente. «Morir es una cosa buena ¿Cómo puede ser que haya quiénes tengan fe y, a la vez, miedo a la muerte?… Pero mientras el Señor te quiera mantener en la tierra, morir, para ti, es una cobardía. Vivir, vivir y padecer, y trabajar por Amor, eso es lo tuyo» (S. Josemaría, Forja 1037).

“El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto ayer. La duración de una vida es muy corta… Es corto el tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana; no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno” (id, Amigos de Dios 39). La muerte da una luz importante para vivir en el tiempo. De una parte vivir con intensidad el presente hoy, ahora,

 

Ante nosotros tenemos el bien y el mal, y (…)

Domingo 16 febrero 2014, VI Domingo del Tiempo Ordinario (año A).

Ante nosotros tenemos el bien y el mal, y Jesús nos enseña a escoger lo bueno, no por cumplir, sino por amor.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado.

Habéis oído el mandamiento «no cometerás adulterio». Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.

Sabéis que se mandó a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus votos al Señor». Pues yo os digo que no juréis en absoluto. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno” (Mateo 5,17-37).

Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua, echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja”. Ante nosotros está escoger libremente (aunque al mismo tiempo hacemos el mal por ignorancia, y corresponde a Dios juzgar el grado de malicia en todo esto). Lo que está claro es que escoger el bien nos hace buenos, y así nos realizamos. E. Fromm nos recuerda que el hombre es el único ser de la creación que puede decir «si» al bien, a la vida y, en consecuencia, llevar una auténtica existencia humana: pero es también el único ser que puede decir «no» al bien y degradarse como los animales salvajes. A través de su libertad el hombre puede realizarse o degradarse. A veces podrá escoger entre dos bienes, pero otras veces deberá elegir entre el bien, que es vida, y el mal que es muerte. Y esta libertad no está exenta de responsabilidad.

Quizá a veces no vemos la ley como algo interno, como amor, energia esencial, Ley esencial. Teilhard de Chardin afirma: «El Amor es la más universal, la más formidable y la más misteriosa de todas las energías cósmicas… Cuanto más escudriño la pregunta fundamental sobre el porvenir de la tierra, más me doy cuenta que el principio generador de su unificación no hay que buscarlo solamente en la contemplación de una sola verdad, ni en el solo deseo provocado por una cosa, sino en la atracción común ejercida por un Alguien… ¡Amaos los unos a los otros! Esta palabra, pronunciada hace ya dos mil años, se descubre como la Ley estructural y esencial de lo que llamamos «progreso» y «evolución». Esta Ley del Amor entra en el dominio científico de las energías cósmicas y de las leyes necesarias».

Llucia Pou Sabaté