Tristeza y dolor, dos compañeros saludables (La pérdida del ser querido) (Moodle)

 Hemos hablado de que el duelo puede ser algo fructífero. Se vuelve la persona comprensiva, madura en el amor, libre y sin ataduras, asume riesgos y se lanza con coraje a llegar adonde quiere de verdad ir y nunca llegó antes por miedo y afán de seguridades. Y en el acto de dejar atrás hay algo de salir al encuentro. Y cada adiós oculta silencioso una bienvenida. La existencia es una mezcla extraña de finales y principios. Y las despedidas mucho más un tema de la vida que de la muerte… otros que sufrieron primero crecieron después desde el dolor. Es por eso que sé que no estoy sola, que avanzo día y noche acompañada. Que hay otros que dejando su marca en el camino encontraron más tarde… caminando, el sentido verdadero de haberlo recorrido (Marta Bujó, No todo es dolor).

En el lenguaje de todos los días solemos equiparar el dolor con el sufrimiento, y la tristeza con la depresión. Si buceamos en las etimologías del duelo encontraremos que más allá de la hablada relación con el dolor existen además otras derivaciones interesantes. Una es la que relaciona el origen con duelo, que quiere decir batalla, pelea entre dos; y que sugiere que en el proceso interno de la elaboración de una pérdida, se establece una lucha, un duelo de hegemonías entre la parte de mí que atada a la realidad acepta la pérdida, y la que quiere retener, la que no está dispuesta a soltar lo que ya no está. La otra derivación lingüística se vincula a dolos que quiere decir engaño, estafa, falsedad y que nos lleva a pensar en el engaño de todos los que nos han ayudado a creer que podríamos conservar para siempre lo que amábamos, y que todo lo deseado podría ser eterno (dolor = pena ; duelo = guerra como enfrentamiento entre dos partes ; dolor = engaño de la eternidad). Vamos a recorrer este camino poniendo el acento en la vinculación del duelo con el dolor por lo perdido, pero no olvidemos que una guerra sucede en nuestro interior y que el bando de «los buenos» es el que quiere aceptar que lo ausente ya no está.

Este Camino de las lágrimas está muy bien descrito en el libro de este título de Jorge Bucay, que ahora seguiré aquí tomando algunas ideas. Componentes de este camino son la interacción entre negación, dolor, tristeza, sufrimiento, superación. Hay 3 maneras de recorrer el camino frente a la pérdida, pero no existe más que un camino saludable, el del proceso de elaboración del duelo normal. La negación de la pérdida es un intento de autoprotección contra el dolor y contra la fantasía de sufrir. Si bien es cierto que una etapa normal del recorrido puede incluir un momento de bloqueo de la realidad desagradable, lo consideramos un desvío cuando la persona se estanca en esa etapa y sigue negando la pérdida más allá de los primeros días. El desvío hacia el sufrimiento en cambio, es la decisión de no seguir avanzando. Es una especie de pacto con la realidad que conjuga un mayor dolor ante la posibilidad de tener que soltar lo perdido y mi deseo de no soltarlo nunca. Y entonces nos detenemos y nos apegamos a lo que se fue, instalándonos en el lugar del sufrimiento. Sufrir es cronificar el dolor. Es transformar un momento en un estado, es apegarse al recuerdo de lo que lloro, para no dejar de llorarlo, para no olvidarlo, para no renunciar a eso, para no soltarlo aunque el precio sea mi sufrimiento, una misteriosa lealtad con los ausentes. En este sentido el sufrimiento siempre es enfermo. Es como volverse adicto al malestar, es como evitar lo peor eligiendo lo peor. El sufrimiento es racional aunque no sea inteligente, induce a la parálisis, es estruendoso, exhibicionista, quiere permanecer y necesita testigos. El dolor en cambio es silencioso, solitario, implica aceptación, estar en contacto con lo que sentimos, con la carencia y con el vacío que dejó lo ausente. El sufrimiento pregunta por qué aunque sabe que ninguna respuesta lo conformará, para el dolor en cambio se acabaron las preguntas. El proceso de duelo siempre nos deja solos, impotentes, descentrados y responsables, pero sobre todo tristes. El dolor conecta con un sentimiento: la tristeza. Una emoción normal y saludable, aunque displacentera, porque significa extrañar lo perdido. Aunque la tristeza puede generar una crisis, permite luego que uno vuelva a estar completo, que suceda el cambio, que la vida continúe en todo su esplendor. La más importante diferencia entre uno y otro es que el dolor siempre tiene un final, en cambio el sufrimiento podría no terminar nunca. La manera en que podría perpetuarse es desembocando en una enfermedad llamada comúnmente depresión. Por si no queda suficientemente claro, depresión no es tristeza y el uso popular indistinto es un gran error y una fuente de dañinos malentendidos. La depresión es una enfermedad de naturaleza psicológica, que si bien incluye un trastorno del estado de ánimo, excede con mucho ese síntoma.. Partiendo del significado de «depresión» como «pozo, hundimiento, agujero, presión hacia abajo o aplastamiento» entenderemos la enfermedad como una disminución energética global que se manifiesta como falta de voluntad, ausencia de iniciativa o falta de ganas de hacer cosas, trabajos, actividades, etc. En la afectividad se expresa como tristeza, vacío existencial, culpa, sensación de soledad. En la mente se crea pesimismo, acrecentamiento de pensamientos cada vez más dominantes de inseguridad y temor.

Puede haber unas causas externas de la depresión: las desilusiones afectivas, los conflictos interpersonales, la marginación o aislamiento por parte de otras personas, la jubilación, los problemas económicos, la muerte de un ser querido, un fracaso matrimonial, etc. Remedios: Si el individuo deprimido pudiera mejorar lo que opina de sí mismo, del mundo, de sus propios pensamientos; si no olvidara practicar alguna actividad física y centrara la atención en comunicarse con personas más optimistas y escucharlos atentamente; si escuchara Mozart, asistiera a cursos, desarrollara su creatividad e intentara ser más útil a la sociedad a la que pertenece, podríamos decir sin duda que ha mejorado su pronóstico y por ende su futuro… reintegrar al que queda al ambiente en donde la persona ya no está y construir nuevas relaciones para conseguir reajustarse a la vida normal. Esta actividad requiere mucha energía física y emocional, y es común ver a personas que experimentan una fatiga abrumadora. Este agotamiento no debe llamarse depresión porque muchas veces es una vivencia transitoria en un duelo absolutamente normal…

Qué es el duelo. El duelo es el doloroso proceso normal de elaboración de una pérdida, tendiente a la adaptación y armonización de nuestra situación interna y externa frente a una nueva realidad. Elaborar el duelo significa ponerse en contacto con el vacío que ha dejado la pérdida de lo que no está, valorar su importancia y soportar el sufrimiento y la frustración que comporta su ausencia. Convencionalmente podríamos decir que un duelo se ha completado cuando somos capaces de recordar lo perdido sintiendo poco o ningún dolor. En su libro, Bucay cuenta síntomas de esos momentos, que pueden ser incluso fisiológicos, como – Dolor de espalda. – Temblores. – Hipersensibilidad al ruido. – Dificultad para tragar. – Oleadas de calor. – Visión borrosa. Y estas son algunas de las conductas más habituales después de una pérdida importante: – Llorar. – Suspirar. – Buscar y llamar al ser querido que no está. – Querer estar solo, evitar a la gente. – Dormir poco o en exceso. – Distracciones, olvidos, falta de concentración. – Soñar o tener pesadillas. – Falta de interés por el sexo. – No parar de hacer cosas o apatías.

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