Vigilantes

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Vigilantes

Vigilantes y en guardia ante el enemigo, que no descansa, y ante la llegada del Señor, que no sabemos cuándo tendrá lugar; ese momento decisivo en el que debemos presentarnos ante Dios con las manos llenas de frutos… 

El Señor nos previene de muchas maneras, con parábolas distintas, contra la negligencia, la dejadez y la falta de amor.

Un corazón que ama es un corazón vigilante, sobre sí mismo y sobre los demás.

Dios nos encomienda estar también en vigilia, en guardia, sobre aquellos que especialmente están unidos a nosotros por lazos de fe, de sangre, de amistad…

Al referirse al ladrón en la noche, que leemos en el Evangelio de la Misa, el Señor quiere enseñarnos a no distraer la atención del gran negocio de la salvación, y quiere que no consideremos la vigilancia como algo meramente negativo: vigilar no significa solo abstenernos del sueño por miedo a que pueda ocurrir algo desagradable mientras estamos durmiendo. Vigilar «quiere decir estar siempre en espera.

Vigilar es estar pendientes, con inmensa alegría, de la venida del Señor; es procurar con todas las fuerzas que quienes tenemos encomendados y más queremos encuentren también a Jesús, porque mediante la Comunión de los Santos podemos ser como el centinela que avista al enemigo y protege a los suyos.

Cor meum vigilalt, mi corazón está vigilante Cant 5, 2. Todos nos necesitamos, todos nos podemos ayudar; de hecho, estamos participando continuamente de los bienes espirituales de la Iglesia, de la oración, de la mortificación, del trabajo bien hecho y ofrecido a Dios, del dolor de un enfermo…

En este momento, ahora, alguien está rezando por nosotros, y nuestra alma se vitaliza por la generosidad de personas que quizá desconocemos, o de alguna que está muy cercana. Un día, en la presencia de Dios, en el momento del juicio particular, veremos esas inmensas ayudas que nos mantuvieron a flote en muchas ocasiones, y en otras nos ayudaron a situarnos un poco más cerca del Señor.

Todo cuanto hacemos tiene repercusiones y efectos de mucho peso en la vida de los demás. Esto nos debe ayudar a cumplir con fidelidad nuestros deberes, ofreciendo a Dios nuestras obras, y a orar con devoción, sabiendo que el trabajo, enfermedades y oraciones –bien unidos a la oración y al Sacrificio de Cristo, que se renueva en el altar– constituyen un formidable apoyo para todos.

María, «puerto de los que naufragan, consuelo del mundo, rescate de los cautivos, alegría de los enfermos» (San Alfonso Mª de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento, 2).

  Notas tomadas:  Meditación Diaria de Hablar con Dios (Francisco Fernandez Carvajal).

 Miguel Pons Morito


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