Semana Santa, Domingo de Ramos

Semana Santa, Domingo de Ramos: en la pasión de Lucas Jesús manifiesta la misericordia divina, y él mismo es acompañado por el consuelo y consuela hasta el final, que se abandona en manos del Padre.

“El senado del pueblo o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: -Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey.

Pilato preguntó a Jesús: -¿Eres tú el rey de los judíos?

Él le contestó: -Tú lo dices.

Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: -No encuentro ninguna culpa en este hombre.

Ellos insistían con más fuerza diciendo: -Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí.

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Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verlo hacer algún milagro. Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra. Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal. Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: -Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré.

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Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: -¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás. (A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.) Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: -¡Crucifícalo, crucifícalo!

Él les dijo por tercera vez: -Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré.

Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio. Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, qué volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: -Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «desplomaos sobre nosotros», y a las colinas: «sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: -Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas diciendo: -A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.

Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: -Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: -¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

Pero el otro le increpaba:

-¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.

Y decía: -Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

Jesús le respondió: -Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: -Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

Y dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: -Realmente, este hombre era justo.

Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando” (Lucas 22,14-23,56).

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1. “Cristo, siendo inocente, / se entregó a la muerte por los pecadores, / y aceptó la injusticia / de ser contado entre los criminales. / De esta forma, al morir, / destruyó nuestra culpa, / y, al resucitar, / fuimos justificados” (Prefacio Domingo de Ramos). Hoy es la Palabra de Dios la que habla, pocas glosas hacen falta sino meditarla.

Lucas insiste mucho en el secreto del perdón y del amor, basado en la comunión de Jesús con su Padre. Se ve también la solicitud de Dios que consuela y da ánimos a Cristo en medio de su angustia. Es también el de Lucas el evangelio del seguimiento de Jesús: hasta la cruz, y hasta la gloria, en un «largo viaje» que es el hilo de su texto.

Jesús vive en plena esperanza; no comerá ya la Pascua, ni beberá más el vino de la fiesta; pero él sabe que la Pascua terrestre tendrá su cumplimiento en los cielos y que él será su comensal; sabe que el Reino de Dios vendrá ciertamente, y entonces volverá a encontrar a sus discípulos en la fiesta.

El gesto eucarístico será un «memorial» de Jesús; con él los discípulos, acordándose de él, guardarán igualmente el recuerdo de sus palabras, de sus actos, del misterio del que él habrá sido el signo. El episodio de Getsemaní es menos la tentación de Jesús que la de sus discípulos. Son ellos los que deben «orar para no entrar en tentación». Jesús ora, y su oración es el modelo de la oración cristiana (hay mucha semejanza con el Padrenuestro).

La comparecencia de Jesús ante el Sanedrín es referida brevemente. Hay una frase que reviste una particular significación. «Desde ahora, afirma Jesús, el Hijo del hombre está sentado…».

La subida al Calvario permite una oposición muy esclarecedora para los cristianos de todos los tiempos. Simón de Cirene va «detrás de Jesús» «llevando la cruz», las mujeres saben llorar por Jesús, es la compasión… dos formas de expresión de la amistad, la oración… Luego, el buen ladrón. ¿Y el otro? No sabemos qué pasó, aunque la proximidad con Jesús puede mucho… y la petición de perdón que dirige a su Padre, junto con el motivo que se da -«No saben lo que hacen: ¡sorprendente afirmación de la irresponsabilidad de los hombres sobrepasados por su propia historia!-, y la frase confiada con la que Jesús marca su muerte. Jesús, según Lucas, expira en medio de un sorprendente movimiento de abandono filial.

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«Desde ahora, afirmaba Jesús, el Hijo del hombre estará sentado…». De hecho, es a partir del ahora de su crucifixión, más aún, de su muerte, cuando «las hijas de Jerusalén», símbolos de la ciudad incrédula, se interesan por él, cuando uno de los ladrones crucificados con él le saluda con un acto de fe, cuando un centurión «glorifica a Dios» por la muerte de este justo, cuando la gente se arrepiente de esto, y sus amigos vuelven a aparecer. Entre ellos, José de Arimatea, hasta entonces desconocido, se enfrenta a Pilato y coloca a Jesús en una tumba digna de él, mientras las mujeres empiezan los preparativos cuya inutilidad se encargará de dejar claro el futuro ya próximo.

Del cuadro pintado por Lucas surge una silueta de Jesús absolutamente sublime. Sublime, por la dulzura de una amistad que Jesús manifiesta hasta el final a quien quiere acogerle… Sublime, por la confianza obstinada que pone en su Padre. Esa misma confianza aparece en el curso de la comida eucarística, y colorea su muerte con un matiz único. Esta sublimidad es el reflejo, infinitamente discreto pero accesible al creyente, de un reino celeste ya empezado. Esta actitud de Jesús, única, signo de un misterio divino, atrae a los discípulos, y les compromete a recorrer de la misma forma el camino de su propia vida. Porque, a lo largo del relato, los cristianos están detrás de la figura de tal o cual héroe: Pedro, las mujeres de Jerusalén, el ladrón, el centurión, José de Arimatea, etc. De suerte que, al meditar en la Pasión de Jesús, reflexionan en su propia existencia. Una reflexión que hay que renovar constantemente (Louis Monloubou).

La grandeza del espíritu de Jesús ha sido descrita pocas veces en el Nuevo Testamento con tanta claridad y solemnidad como en las palabras pronunciadas desde la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Es la cúspide del amor. No comprenderemos plenamente el profundo sentido de la plegaria de Jesús hasta después de haber visto que el texto comienza por la palabra «entonces». En el versículo precedente leemos: «Cuando llegaron al lugar denominado Calvario, le crucificaron allí, y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda». Entonces Jesús dice: «Padre, perdónalos». Entonces, cuando se precipitaba en los abismos de una agonía espantosa. Entonces, cuando el hombre se había rebajado hasta lo más ínfimo. Entonces, cuando las manos perversas de la criatura habían intentado crucificar al único Hijo del Creador. Entonces Jesús dice «Padre, perdónalos». Este entonces hubiera podido ser muy distinto. Hubiera podido decir «Padre, y destrúyelos». O incluso «Padre abre las esclusas de la justicia e inúndalos con la avalancha del merecido castigo». Pero su respuesta no fue ésta. Aún sometido a una agonía indecible, soportando un dolor atroz, menospreciado y rehusado, no obstante grita: «Padre perdónalos». Lo que predicó del perdón, lo vive en su vida. La ignorancia, ceguera intelectual y espiritual del hombre, se convierte en medio de salvación, de perdón, en materia de la oración de Jesús. «No saben lo que hacen» = Su mal era la ceguera; su necesidad de luz. Debemos reconocer que Jesús no fue clavado en la cruz solamente por el pecado, sino también por la ceguera. Los hombres que gritaron: «Crucifícale» eran menos malos que ciegos. La plebe escarnecedora que rodeaba el camino del Calvario estaba compuesta por hombres más ciegos que malvados. No sabían lo que hacían. ¡Qué tragedia! (Luther King).

En la Iglesia continúan los dolores de Cristo, porque la comunidad cristiana es el lugar de la lucha contra el mal. Ella debe recoger todos los sufrimientos de los hombres, causados en último término por el pecado, y, combatiendo encarnizadamente contra los egoísmos y las faltas de amor, debe convertirse en la gran compasiva. No hay ningún dolor humano que sea extraño a la Iglesia. La pasión de Cristo continúa hoy en todos los hombres que sufren cualquier clase de dolor físico o moral: hambre y desnudez, pobreza y abandono, tristeza, desesperación, falta de comprensión y amor. Continúa, de modo especial, en todos los hombres que son víctimas del odio de los demás hombres. Esto significa, en último término, que el único signo válido de la lucha de los cristianos contra el pecado es la «com-pasión» efectiva de todo el inmenso dolor de la humanidad.

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Debemos contemplar hoy la Cruz de Cristo con ojos de fe. Desde que Cristo padeció y murió en ella, la cruz ha dejado de ser oprobio e ignominia para convertirse en signo de victoria y salvación. La tradición genuina de la Iglesia no ha considerado nunca la Cruz bajo el aspecto doloroso, sino dentro de una perspectiva de triunfo y exaltación. Por ello, siempre los fieles han usado el signo de la cruz como un gesto específicamente cristiano, que los distingue y los honra. Pero también por esa misma razón constituiría una grave inconsciencia convertirla en un instrumento ornamental. La aceptación de la Cruz en nuestra vida es algo terriblemente serio y comprometido (J. Llopis). San Francisco de Asís escribía: «Me sé de memoria a Jesucristo crucificado». Hoy queremos aprender a contemplar la Pasión, unirnos a Jesús en ella.

Las palabras últimas: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» no tienen el comienzo del salmo 21: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», ni el grito final de Jesús en el momento de morir, que recogen los otros dos sinópticos. Jesús muere dulcemente en las manos de su Padre, a quien entrega confiadamente su espíritu. Recitaría ese salmo en diversos versos, viviendo en su vida lo que habla el texto: la salvación universal.

2. Jesús, Siervo que tiene palabras para consolar al cansado, que da su cuerpo a los que le hieren, que no retira su rostro ante nuestro dolor: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban… para saber decir al abatido una palabra de aliento«. Vemos la actitud que toma Jesús ante dificultades, persecución, golpes e insultos, y su confianza en Dios, que le permite ser fiel hasta el final, el cumplimiento pleno de la misión de Cristo Jesús. Es un canto de esperanza. No hay páginas más sugestivas del Antiguo Testamento, para meditar la Pasión de Jesús, que los poemas del Siervo de Yahveh y el salmo que hoy se lee un trozo.

«Dios mío, ¿por qué me has abandonado?«, expresión dramática de la soledad y del dolor de un moribundo que se siente olvidado incluso por Dios. Entonces es cuando él se abandona en Dios. Cristo se ha solidarizado con nuestra condición humana hasta la profundidad de la misma muerte. Los versos de hoy muestran el sentido de la cruz como cumplimiento de las Escrituras (horadan mis manos y pies, sobre mi túnica echan suertes) y la proclamación de la salvación (anunciaré tu nombre a mis hermanos…).

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3. San Pablo escribe aquí un «himno» litúrgico que se canta en dos partes, la primera en el que el Hijo de Dios se encarna y obedece y por eso sufre la humillación hasta la muerte (movimiento descendente), pero ha sido elevado por el Padre hasta la gloria (movimiento ascendente). Pascua significa eso: el «paso» por la muerte a la vida. Pablo nos lo dice para animarnos a que nuestro programa de vida sea el mismo que el de Jesús. Este himno ha de animarnos a que nuestros sentimientos sean los mismos que los de Cristo Jesús.

El Hijo de Dios desde siempre, igual al Padre, se da hasta el vaciamiento, por solidaridad con el hombre, compartiendo el destino de ésta aun en sus lados más oscuros y negativos. Indica una actitud contrastante con la de Adán, que quiso ser lo que no podía. El Hijo, en cambio, no vive como podía, sino como nosotros, haciendo una suerte de milagro por puro amor gratuito. Jesús es hombre, pero, además, tal hombre. Muere, pero muere tal muerte, la de cruz. Lleva a cabo su misión de predicar el Reino asumiendo las consecuencias de su vida, de su acción concreta de predicar la justicia y el amor en un mundo donde ello a menudo no se admite. Con ello corre el riesgo, al ser pobre, desamparado y pacífico, de morir injustamente. El proceso no termina en lo negativo, sino en la exaltación, como indica la segunda parte del himno. Se trata de Jesús en su destino final y definitivo gloriosos, de su proclamación como Señor de todo, o sea, de reconocimiento de cuanto era de hecho, pero disimulado a lo largo de su vida mortal. Comenzado todo ello en su Resurrección (Federico Pastor).

Llucià Pou Sabaté


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