Introducción a la historia de las religiones parte II: profundización en los textos y contextos de las religiones orientales y las tres religiones del libro

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Introducción a la historia de las religiones parte II: profundización en los textos y contextos de las religiones orientales y las tres religiones del libro

La matrícula puede hacerse en las modalidades online y presencial, en el enlace: https://cemed.ugr.es/curso/24gr11/

‘Nefarious’, estreno de una nueva película sobre el demonio

(Podemos decir que han estado endemoniados líderes que siendo mediocres en algunos años han hecho mucho daño, como fueron Hitler o Stalin)

Se estrena en España la película Nefaroius (2023), que provoca muchos comentarios, en mi opinión porque: por un lado es un tema “extraordinario” que mueve a la curiosidad, como es el de las posesiones; y por otro, porque es una interpretación “tradicional” que choca con la visión de una cultura de hoy, donde esa doctrina tiene rechazo; así, está servida la polémica entre esas dos visiones que chocan entre sí, en lo que respecta al demonio, lo tradicional y la cultura actual.

Si hubiera sido cine fantástico, sería más bien aburrido por falta de efectos especiales (y los que vayan a buscar el género de terror se aburrirán). Es cine realista en un ambiente fantástico, y esto hará que la encuentren una película estupenda, los que piensen que la sociedad tiene falta de fe y que debería volver a ser cristiana. E irán contra ella, los que piensen que hay que actualizar esos modelos trasnochados, pues si el demonio actúa, lo hará no solamente sobre personas sino sobre estructuras sociales, y como diría C.S. Lewis en su obra “Cartas del diablo a su sobrino”, la gran estrategia del demonio en nuestros días es hacer ver que no existe.

La película tiene por tanto unos diálogos muy amplios, siguiendo la novela, en los que se va tocando toda la doctrina tradicional sobre los endemoniados. Las posesiones demoníacas y exorcismosson temas que han sido explorados en diversas culturas y religiones a lo largo de la historia. Muchas creencias antiguas presentaban al Demiurgo o un principio del mal que iba contra Dios o el Bien.

Para los griegos como Platón, los daimono demonios en el sentido de “genios” inspiraban a los filósofos como Sócrates en ciertos arrobos místicos. Y es que los griegos no tenían unos principios del mal, sino que los mismos dioses eran buenos o caóticos según el momento. En la fe cristiana, se define claramente que el demonio es solamente una criatura que se opone a Dios con una fuerza muy relativa, y en cambio Dios es bueno y misericordioso y que no es suya ninguna fuerza maligna.

Esta creencia en la posesión demoníaca fue reforzada en el ambiente judío, y Jesús hace muchos milagros de expulsar demonios, algunos eran posesiones, y otros quizá fenómenos entonces no explicados (ahora con los avances médicos podemos interpretar que algunas de esas curaciones podían ser enfermedades mentales como epilepsias, que entonces no estaban catalogadas y podían parecer cosa del demonio).

Milagros y curaciones de Jesús son pruebas de credibilidad sobre su acción divina. En cambio, en otros casos son claramente posesiones por el contexto, como cuando el demonio huye de la fuerza de Jesús, o le responde a sus preguntas. El caso más clamoroso, es cuando responde el endemoniado: “me llamo Legión, porque somos muchos”, y Jesús los manda a una piara de cerdos, que se caen por un barranco.

Endemoniado es cuando un ser maligno o demonio ha tomado el control del cuerpo de una persona. Varias tradiciones religiosas, como el cristianismo, el islam y algunas culturas paganas, tienen una gran literatura sobre muchos casos.

En algún momento de la historia vemos la acción del maligno en el mundo, podemos decir que han estado endemoniados líderes que siendo mediocres en algunos años han hecho mucho daño como fueron Hitler o Stalin, mientras les fueron comunicados esos poderes demoníacos, y una vez retirados, se quedaron sin esos poderes, como fue la caída de Hitler, o en el caso del sistema URSS la caída del muro de Berlín después de un derrumbamiento del poder interno.

Pero sin duda, hay una larga tradición de personas sencillas que por razones que desconocemos, han sido poseídas por el demonio, y las vemos en el Evangelio. Otras, han sido por afán codicioso o de posesión de un amor, como han contado muchas historias en el medievo, y en España quedan muchos puentes con el nombre de “el puente del diablo” por esos tratos de vender el alma al demonio.

La Iglesia enseña que la doctrina sobre la acción de Satanás no es de temor a esas posesiones extraordinarias, pues si en el corazón hay amor no hay cabida para nada malo, incluso en el caso de una acción diabólica no hay culpa en ella si la persona tiene su corazón puesto en Dios. Por eso, la doctrina cristiana enseña que la oración y confianza en el amor de Dios nos lleva a la seguridad de una esperanza que nos hace vivir aquellas palabras de Jesús: “no tengáis miedo” pues con él “hemos vencido al maligno”, y rezar el padrenuestro (“no nos dejes caer en la tentación”, o según alguna traducción “que no caigamos en poder del Maligno”); y el Avemaría, pues la devoción a María es segura: ninguna persona que acuda a su protección, invocando su auxilio, queda desamparada de la salvación (como se dice en la oración “Acordaos…”); de ahí que se ha popularizado la devoción de las tres Avemarías por la noche y el escapulario, que recoge la tradición carmelita de que arropados en la protección maternal de María, ella nos conducirá de su mano al cielo en el momento de la muerte.

La importancia de la actitud

Por: Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net

Con frecuencia nos dicen hoy que el secreto de tener paz es no dejar que nuestra vida gire alrededor de lo que pasa fuera, las circunstancias, sino que la realidad depende de la forma en que nos tomamos las cosas, de nuestra actitud. Todo depende de cómo nos tomamos las cosas, de la actitud, pero está claro que esto no es algo automático, pues muchas personas que quieren tener paz no dejan de tener cierta angustia, incluso podemos sentirnos como el que no sabe nadar y se encuentra “sin hacer pie” con la sensación de ahogo, en el mar de la vida, desencantados e inseguros, con pensamientos negativos que se amontonan en la cabeza en desorden… por la pérdida de trabajo o miedo a perderlo, miedo a perder la salud… Por tanto, no depende la actitud de algo automático que podemos controlar, sino de un trabajo interior que se basa en una comprensión, que nos mueve a desarrollar una “gimnasia” de evitar pensamientos contaminantes, y desarrollar actitudes positivas de acuerdo con esa nueva realidad que vamos conociendo. Vamos ahora a ver lo que podría ser la base de esta comprensión.

Precisamente cuando llega algo malo en nuestra actividad exterior, ahí es importante que no nos quedemos en la estacada pues en aquella contrariedad intuimos que hay algo más, tenemos una experiencia de que puede llegar a ser un cierto conocimiento vago por lo menos, algo aunque sea confuso, de que la nuestra vida está siendo sostenida por unas manos amorosas…1 Los que optan por la trascendencia oyen el eco de esa voz que lleva a zambullirse en la interioridad más íntima, de Alguien que nos ama. Esto hace que por encima de la soledad esté la compañía, el descubrimiento de una chispa divina en lo interior, “más interior a mí que lo más íntimo mío”2, y ese encuentro es siempre fecundo y es un tipo de comunicación único que desvanece toda soledad como la niebla con el sol. Esta bendita soledad interior es camino de la soledad a la comunión, y se pasa por un descubrimiento de cierta voz interior, que precisamente no nos cierra a nosotros mismos, sino que intuimos que hemos de tener confianza en alguna persona para recuperar en esos momentos la brújula interior, y saber para dónde ir en medio de un tornado. Pues si conquistamos esa paz interior, en medio del tornado podemos sentarnos tranquilamente en una silla mientras todo vuela a nuestro  alrededor.

En nuestra vida hay contrariedades, cada uno puede recordar aquello que le ha quitado la paz alguna vez. Ganar en la paz interior no es ser  invulnerables a las circunstancias exteriores, pero en medio de ellas tener paz. Para ello, necesitamos una comprensión, pues “cuando hay un por qué es muy fácil el cómo3 (frase de Nietzsche que ha usado mucho el psiquiatra Viktor Frankl). Eso sí, aparte de tener esa luz interior, necesitamos la confianza en ciertas personas podemos tener un contacto con la realidad, y no estaremos nunca neuróticos, no acabaremos “mal de la azotea”. Lo que digan los demás poco nos importa, que nos llamen locos si quieren, porque nos importa la opinión de esas personas que nos dan confianza. A mí personalmente no me han faltado esos amigos que me han sostenido, y pienso que se nos ha puesto en el camino esas personas oportunas, en el momento oportuno. Una vez existen esas personas ni siquiera hace falta ya verlas. Cuando hay un amigo, todo es soportable, más aún: útil para el crecimiento.

Cuentan los expertos que el primer año de la vida de una persona probablemente es el más influyente de su vida: sentirse mirado con amor le da seguridad, confiabilidad en la vida, y un desarrollo armónico y equilibrado. Lo he comprobado al ver la alegría de niños que sienten esa seguridad de sentirse amados. Pienso que lo que nos da paz interior es sentirnos seguros, sentirnos mirados con amor por alguien que nos cuida y que no va a fallarnos. Esa mano amorosa, invisible, no es fácil de percibir en ciertas formas de cultura actual. No me refiero ahora a una religión concreta, aunque sin duda nadie como Jesús nos habla de la filiación divina, de poder tener la osadía (parresia, en griego) de un niño pequeño que llama a Dios con el apelativo confiado abba, papá. Sentirse en las manos de Dios da una paz imperturbable pues nada malo nos puede pasar, todo tendrá un sentido, todo será para bien.

Este sentido de filiación divina no siempre se ha vivido. Por desgracia, a veces la religión ha sido fuente de obsesiones y escrúpulos para muchos, con la culpa continua de haber pecado y el remordimiento consiguiente, y el miedo a la condenación eterna. Son creencias obsesivas que van unidas a un control de las conciencias con pretextos religiosos. Cuando Jesús dice “la paz esté con vosotros” está precisamente dando la clave de lo que viene de Dios: si algo nos da paz, es de Dios, si no da paz aquello viene de una creencia falsa. “Dios tiene pensamientos de paz y no de aflicción” (Jeremías 29,11).

Jesús ha insistido siempre en el “no tengáis miedo”. Lo que está claro es que si nos sabemos cuidados por esa providencia divina, si sentimos esa mirada, tendremos paz. La clave está en abrir las puertas del corazón a esa mirada amorosa, sin temor porque estamos en buenas manos, se trata entonces de dejarnos guiar, como el niño que se deja conducir en bicicleta porque él se cae si lleva solo el manillar.

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1. Hablé de ello en https://es.catholic.net/op/articulos/822/cat/141/alegria-y-cruz-en-el-adolescente.html

2. S. Agustín, Confesiones , III, 6, 11.

3 .“Cuando uno tiene su propio ¿por qué? de la vida se aviene a casi todo ¿cómo?”: Nietzsche, Götzen-Dämmerung (Crepúsculo de los Ídolos), en la sección “Sprüche und Pfeile” (Sentencias y Flechas), §12 (tomado de https://blogdenotasnietzsche.wordpress.com/2010/02/04/quien-tiene-un-porque-para-vivir-encontrara-casi-siempre-el-como/).

«Memento mori»: la muerte como experiencia y esperanza

Los monjes trapenses eligieron como lema de su Orden «recuerda que morirás»
Temas: muerte, esperanza
Publicado en diariosigloxxi.com
Llucià Pou SabatéMartes, 23 de enero de 2024, 09:52 h (CET)
Los monjes trapenses eligieron como lema de su Orden «Memento mori»: recuerda que morirás. Pero podemos reflexionar sobre la muerte desde el punto de vista de la experiencia vital, que nos sirve para vivir bien; o bien desde la esperanza de salvación, que nos sirve para vivir felices con esa perspectiva de que pasaremos a una situación mejor.
1. Expectativas ante la experiencia de la muerte«Enséñanos a contar nuestros días y llegaremos a la sabiduría del corazón» (Salmo 90,12), reza el salmista. También Jesús nos anima a trabajar, pues «mirad porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13), nos invita a buscar los bienes de arriba, no la riqueza que se pudre, es la conclusión de la parábola del hombre rico que planeaba construir graneros más grandes para su cosecha: «Insensato, esta misma noche se te pedirá la vida. Y lo que has preparado, ¿de quién será?» (Lc 12,20). Así pues, nos anima a mirar «¿de qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde la alma?» (cf. Mt 16,26).   El modo sapiencial de hablar de la muerte se encuentra en todas las tradiciones espirituales. La filosofía ha ahondado en ello también, desde los estoicos al existencialismo en Occidente, y en muchas corrientes orientales. Somos dueños de nuestro destino.
Martin Heidegger define al hombre como «un-ser-para-la-muerte»[1], y ante la falta de perspectiva sobrenatural piensa en la nada, el nihilismo: “Todo intento de proyectarse y de elevarse es un salto que parte de la nada y termina en la nada”[2].
San Agustín, en cambio, tuvo una intuición mucho más rica: no el nihilismo, sino fe en la vida eterna: «Cuando un hombre nace —escribía— se hacen muchas hipótesis: tal vez sea hermoso, tal vez sea feo; tal vez sea rico, tal vez se pobre; tal vez vivirá mucho tiempo, tal vez no… Pero de nadie se dice: tal vez muera o tal vez no muera. Esta es la única cosa absolutamente segura en la vida. Cuando sabemos que uno está enfermo de hidropesía [entonces era esta la enfermedad incurable, hoy son otras] decimos: «Pobre hombre, debe morir; está condenado, no hay remedio». ¿Pero no deberíamos decir lo mismo de uno que nace? «¡Pobre hombre, debe morir, no hay remedio, está condenado!». 
¿Qué importa si en un tiempo un poco más largo, o un poco más corto? La muerte es la enfermedad mortal que se contrae al nacer»[3].   La vida es como «un vivir que es un correr a la muerte» (Dante)[4]. Con frecuencia vemos que algunos criminales suben al culmen del éxito, y que personas de buen corazón sufren penalidades: “¿esto es justo?”, decimos. Y pensamos que el tiempo pondrá todo en su sitio, que llegará un momento en que todo se equilibre. Por eso se ha aconsejado ponerse en el momento de la muerte: ¿haría esto, o bien esto otro? Y escoger con esa libertad que se enriquece con la responsabilidad. Puesto que «no tenemos una morada estable aquí abajo» (Heb 13,14), ese pensamiento puede ayudarnos a decidir con la mirada puesta en la eternidad.
Y así la muerte será nuestra hermana, como decía Francisco de Asís: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la que ningún hombre vivo puede escapar… benditos aquellos a los que encuentre en su santísima voluntad, porque la muerte segunda no les hará ningún daño». Y en esta perspectiva “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir” (Jorge Manrique). «Cristo mismo —dice san Gregorio de Nisa— nació para morir»[5], y resucitar, pues la muerte es paso hacia la Vida.
2. Expectativas de la esperanza cristiana“Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo” (Catecismo, 1010): “En la muerte Dios llama al hombre hacia Sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo: «Deseo partir y estar con Cristo»” (id., 1011).   Algunas corrientes orientales ven que tiene que haber una continuidad, para quemar el karma, una purificación. Ya Platón incorporó ese pensamiento a Occidente siguiendo a los pitagóricos y corrientes órficas. Pero no tienen en cuenta que hemos ampliado nuestro contexto, intuimos que hay otras dimensiones más allá de la inmensidad de este universo de tres dimensiones. Y que esta continuidad de la Vida no necesita de otras experiencias corporales. De ahí que la iglesia diga que “ya no volveremos a otras vidas terrenas. Está establecido que los hombres mueran una sola vez. No hay reencarnación después de la muerte” (id., 1013). Es una visión de la muerte que se expresa en la liturgia de la Iglesia como paso a esas otras dimensiones: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo” (Misal Romano, Prefacio de difuntos)[6].
[1]M. Heidegger,  Essere e Tempo, § 51 (Longanesi, Milán 1976) 308s [trad. esp. Ser y tiempo (Fondo de Cultura Económica, México 2002)].
[2]Ib. II, c. 2, § 58, p. 346.[3]San Agustín, SermoGuelf. 12, 3: Miscelánea Agustina, I, 482s.[4]Purgatorio, XXXIII, 54.[5]San Gregorio de Nisa, Or. Cat.,  32: PG 45, 80.[6]“Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado reuniéndolo con nuestra alma. Así como Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos en el último día” (Catecismo, 1016). Esta visión cristiana incorpora un sentido de la muerte como consecuencia del pecado, con un tono un tanto misterioso: “Como consecuencia del pecado original, el hombre debe sufrir «la muerte corporal, de la que el hombre se habría liberado, si no hubiera pecado» (Gaudium et Spes 18)” (id., 1018). En cualquier caso, ese desequilibrio histórico se reconduce con la redención: “Jesús, el Hijo de Dios, sufrió libremente la muerte por nosotros en una sumisión total y libre a la voluntad de Dios, su Padre. Por su muerte venció a la muerte, abriendo así a todos los hombres la posibilidad de la salvación” (1019).

Cuarta etapa del duelo: depresión y desolación, explayar el dolor

El sufrimiento es el síntoma de que hay un mal, como la fiebre es síntoma de una enfermedad
Llucià Pou SabatéLunes, 15 de enero de 2024, 08:56 h (CET)
La tercera etapa del duelo, la negociación, da a la psique el tiempo oportuno para adaptarse. Después de esos tratos, de pactos con el difunto o con Dios, por ejemplo desear haber muerto en lugar del otro, o cambiar la historia y volver atrás. Todo ello da lugar a otro paso, permite acercarse tanto a los sentimientos profundos de dolor, y el alma está ya preparada para hundirse en la tristeza, pues nos enfrentamos al presente. Es una etapa, la que se vive como la más horrible de todas, la etapa de la desolación. Me conecta con la impotencia ante lo que ha pasado: la pérdida de un ser querido. Y lo mismo con cualquier tipo de duelo (una relación amorosa u otra pérdida). No puedo hacer nada humanamente. Parece que esa fase de tristeza no pasará nunca. Pero es necesaria para la curación… Es un tiempo en el que no hay ganas de levantarse por la mañana, uno se encuentra como sin hacer pie en el mar de la vida, se está sin sentido de la existencia, sin ver que el día es soledado… así se pasan los días. Uno se ocupa de las cosas cotidianas sin ganas, sin poner atención, sin concentración…
Puede continuar en esta etapa el complejo de culpa, de no haber estado con la persona en el momento que tuvo aquel accidente, de no haber cambiado el plan cuando tenía que tomar aquel medio de transporte, o haberle acompañado cuando le asaltaron… la idea de cambiar el orden de las cosas, ante una tragedia, es una fantasía común, dice Elisabeth K-R, sobre todo en los casos en que ha habido una muerte por crimen.
La soledad y aislamiento marcan esta etapa, como vivía una mujer esos momentos: “El mundo se ha convertido en un desierto. Todo me parece insípido. Es sencillamente demasiado horrible no oír más su amada voz. ¿Cómo voy a vivir sin ni siquiera poder volver a cogerle de la mano otra vez? Todo se ha vuelto tedioso y sin sabor” (A. von Hildebrand, Cartas para el recuerdo).
En la espiritualidad cristiana, la Liturgia de los Siete Dolores de la Santa Virgen muestra una manera de asumir el sufrimiento y unirlo a ella, por la muerte de su hijo. En la Escritura hay expresiones de ese estado: “Dejadme, lloraré amargamente; no intentéis consolarme” (Is 22,4); y más aún, “porque tu sufrimiento es tan grande como el mar” (Lm 2,13). Y A. von Hildebrand se refiere a ellas: “Son palabras que todos estamos destinados a pronunciar cuando probamos el amargo cáliz del verdadero sufrimiento. ¡Qué bien puedo entenderte cuando dices que te odias a ti misma por todas las quejas que has pronunciado a lo largo de tu vida de casada cuando las cosas eran cansinas, difíciles o, simplemente, probatorias! Cuánta razón tienes al escribir: si al menos él estuviese aquí, entonces yo podría sobrellevar los pequeños problemas con el corazón alegre. ¿Cómo llevaré el pesado fardo de mi soledad? Tu reacción es normal. Todos tenemos tendencia a ofuscarnos por las dificultades pequeñas, sin darnos cuenta de lo triviales que son hasta que descubrimos las verdaderas cruces. Y, exceptuando la perspectiva sobrenatural de la vida, que nos hace ver que la mayor fuerte de dolor es que “el amor es tan poco amado” (San Francisco), la pérdida de un ser querido es uno de los mayores dolores humanos”.
El fantasma de la soledad aparece entonces con fuerza, el estar sin la otra persona, con los espacios que ahora quedaron vacíos. Se da una conexión con los propios vacíos interiores; conexión con la certeza de que se ha perdido algo definitivamente. No hay muchas cosas definitivas en el mundo, salvo la muerte. Es un darse cuenta de que las cosas no van a volver a ser como eran y no se sabe con certeza pronosticar de qué manera van a ser. Y hay una conciencia o visión oscura de todo, la sensación de ruina como una ciudad devastada después de una guerra, nada en pie, sólo escombros.Es el momento más duro del duelo, del camino de las lágrimas. Una etapa de tristeza, de falta de energía, de agobio doloroso y aplastante. Una depresión que lleva también a la inacción. Puede ser que haya desgana, el instinto de supervivencia está más adormecido pues algo se ha muerto en la persona.
Poder acompañar a una persona en esta etapa es tener con ella empatía con lo que le pasa, com-padecerse, que quiere decir «padecer-con» esa persona. Es lógico que así sea porque quien se ha muerto en realidad es este pedacito de la persona que de alguna manera llevaba adentro. Quienes pasan por esta etapa son carne de cañón para todo tipo de gurús que se aprovecha para sacarles dinero, pues quien está de duelo está sumamente vulnerable: se vuelve crédulo para cualquiera que les promete soluciones fáciles.
Cuando pasas por eso, te sientes solo. Hay un muro entre tú y los demás, aunque estés rodeado físicamente por gente. La única persona que podía ayudarte no está. Con quien te sentías acompañado. Pero sentirte solo después de una pérdida, es normal y saludable. ¿Cómo no entienden tus amistades que la pérdida te ha cerrado, que tu aislamiento esté acompañado de un silencio profundo? Eres una isla de tristeza en un mundo ya distinto, que no conoces. Una mujer que perdió marido e hijos en un accidente de coche se encerró en su casa, y al cabo de unos días fueron a verla sus amistades animándola a salir, pero les dijo: “dejadme en mi soledad. No pretendo que me entendáis. Volveré a vivir, pero aún no es el momento, ahora necesito estar sola”. Era un duelo con aislamiento, necesario para ella, distinto a otra persona. Pero es importante que ese aislamiento sea un escalón en el duelo, no se eternice porque sería entonces paralizante.
El aislamiento lleva consigo una ausencia de emociones, y es algo duro. Cuando sientes ira puedes chillar. Cuando sientes tristeza puedes llorar. Aquí no sientes nada. Es difícil poder compartir nada, pues es como una habitación sin puertas ni ventanas. Sin esperanza. Sin ver luz alguna. Más que los muros que aprisionan.
Así como el dolor muy grande puede provocar un coma, y las constantes vitales se concentran en lo esencial, porque no se puede afrontar un traumatismo grande, la tristeza puede ser tan grande que la persona se deprima, para centrarse en lo vital y no pensar en lo que no se es capaz de afrontar en ese momento.
La psicología y la respuesta humana al dolor emocional intenso es compleja y dan una relación entre el estrés emocional, la salud mental y la respuesta del cuerpo , y la depresión puede ser una de las formas en que el organismo responde a un trauma o una carga emocional abrumadora. Cuando una persona experimenta una tristeza o un dolor emocional profundo, su sistema nervioso y su cuerpo pueden activar respuestas de estrés que afectan a nivel biológico y psicológico. En algunos casos, esto puede llevar a cambios en la química cerebral y a la regulación de las emociones, lo que contribuye al desarrollo de la depresión. La depresión puede considerarse así, en parte, como una estrategia de afrontamiento adaptativa del cuerpo y la mente para manejar situaciones emocionales extremadamente difíciles. Al centrarse en lo esencial, como una especie de supervivencia emocional, la depresión puede actuar como una forma de protección psicológica.
Así, la depresión y la tristeza tienen un sentido. Es interesante salir cuando se pueda, pero respetando esos plazos. Puede ayudar una comida con amigos, un grupo de soporte, al ver a otros que están como uno, esto alivia.
Si voy donde vivió una persona que he perdido, es lógico que los olores me recuerden esa persona. Pero si esto me pasa en otros lugares o circunstancias, es una seudo imaginación, que no es una alucinación: al igual que en el ordenador hay librerías de programas y datos, así nosotros tenemos librerías de olores y sabores, y en algún caso podemos oler o escuchar o saborear algo no presente, que solo está en nuestra memoria: yo sé que lo que estoy percibiendo no es, pero lo estoy percibiendo. Uno tiene la sensación, aunque sabe que es su cabeza la que está haciendo la trampa. Es muy fuerte pasar por estos momentos y muchos llegan a asustarse. Lo malo de esta etapa de desolación es que es desesperante, dolorosa, inmanejable.
Esto puede ayudar a comprender cómo funcionan algunas funciones sensoriales y cognitivas en los humanos. En nuestro cerebro, almacenamos recuerdos de experiencias pasadas, incluidas aquellas asociadas con olores, sabores y otros estímulos sensoriales. Estos recuerdos están almacenados en diferentes áreas del cerebro, como el hipocampo y la amígdala. Cuando experimentamos un olor o sabor, nuestro cerebro busca en estas «librerías» de recuerdos para intentar reconocer la sensación actual en función de experiencias pasadas. Esta capacidad nos permite recordar y asociar diferentes olores y sabores con eventos, lugares o emociones específicas. Además, es posible que, en ciertas circunstancias, recordemos olores, sabores u otros estímulos sensoriales sin estar físicamente presentes. Este fenómeno se conoce como «memoria sensorial» y destaca la capacidad del cerebro para recrear o evocar experiencias sensoriales almacenadas en la memoria. La conexión entre la memoria y los sentidos es compleja, y a menudo se da por asociaciones emocionales o experiencias significativas. Por ejemplo, el olor de una comida específica puede evocar recuerdos de eventos familiares felices, o el aroma de una flor puede recordarnos a un ser querido. En resumen, nuestras experiencias sensoriales y sus recuerdos asociados están interconectados en el cerebro de una manera que nos permite recordar y disfrutar de olores, sabores y otros estímulos incluso cuando no están físicamente presentes. Esta capacidad es una parte fascinante de la complejidad de la memoria humana y la forma en que percibimos el mundo que nos rodea.
Estos recuerdos pueden ser también dolorosos… Pueden durar meses… nos fijamos en aquel lugar vacío, en la iglesia y en la mesa, lo recordamos ante el amigo íntimo y en aquel lugar común, y el dolor nos vuelve a atacar. Hemos de admitir y aceptar esos recuerdos. Necesitamos encontrar alguien que comparta, que escuche nuestras penas de manera compasiva y comprensiva. Es bueno hablar libremente de nuestro dolor de vez en cuando, exteriorizar nuestros sentimientos.Corremos también el riesgo de conservar exclusivamente los buenos recuerdos del difunto hasta convertirlo en un ídolo. Es bueno recordarlo como era, con virtudes y defectos, y quererlo así, como era, tal como lo hemos vivido como experiencia. Para vivir esta nueva situación, sin él, sin ella visiblemente a nuestro lado, es necesario dar este paso, aclarar nuestros recuerdos, y compartirlos con las personas con quienes tenemos confianza.
La ayuda de los amigos en el duelo
Muchos quieren ayudar, sacar a una persona así de su depresión. Pero si bien en los primeros momentos era bueno ayudarla a hacer otras cosas, pasear y hacer viajes, estar entretenida, esa persona necesita ahora tener ese duelo, esa tristeza… es una respuesta normal. Y si el duelo es un camino de curación, esa depresión es necesaria para el camino. La psicología positiva tiene razón en muchas cosas, pero hay que dejar que la tristeza anide –el tiempo suficiente- en el alma, como todas las cosas naturales tiene su misión, para la reconstrucción afectiva. Porque salir de una depresión así no es posible, no hay una puerta de salida en medio de un huracán… mejor es invitar a la depresión –sigue diciendo Elisabeth K-R- a ser nuestra invitada, dejar que haga su papel, mirar esa situación nuestra desde fuera, y no podemos olvidar esta furia del huracán hasta que haga su camino… la mejor manera de superar la tempestad es atravesarla. Hay mucha controversia sobre el uso de fármacos, pero su uso temporal –pues como un resfriado, es una enfermedad pasajera- no quita el dolor del duelo, que sigue su curso. Un especialista puede aconsejar esos medicamentos, pero hay más aspectos útiles para que no se alargue demasiado la tristeza, como otros tipos de soporte humano, de afecto. Estar al lado de quien sufre, ofreciéndole la amistad, sin querer que se fije en aspectos negativos sino simplemente acompañándola en esos momentos de dolor. Tiene que tener la posibilidad de vivir esa pena, de no levantarse de la cama, de estar sin ocuparse de nada.
Sin duda, son muy importantes los amigos, los que permanecen a nuestro lado en esos momentos. “Un amigo es alguien en quien puedes confiar incondicionalmente. Un amigo es alguien con quien puedes contar en los tiempos de necesidad. Un amigo es un rayo de sol en tu vida. Un amigo es alguien que ama a quien tú amas. Un amigo es alguien que está de luto cuando tú estás de luto. Un amigo es alguien que comparte tus alegrías y tus penas”, dice A. von Hildebrand, quien sigue diciendo: “¿qué puedo decirte, salvo que estoy contigo, que rezo contigo, que lloro contigo? Ahora estás en el Calvario. Abraza amorosamente los pies de nuestro Salvador, que murió por nosotros, y contempla a la más santa de todas las criaturas, María, quien permaneció al pie de la Cruz, crucificada con su Hijo, sufriendo hasta la muerte con Él y, sin embargo, entera (…) Sé que tu inmensa pena te aísla, porque hay cosas que uno debe llevar en soledad. Sin embargo, de alguna misteriosa manera sabrás que este inmenso y vacío dolor te acerca a aquellos que conocen el valor del sufrimiento amorosamente aceptado”. Puede haber consejos y comentarios que serán oportunos por lo general, aunque lo que vale siempre es lo dicho de “estar ahí, como amigo”, a disposición. Y añade poco después: “Mi mayor preocupación ahora es llegar a tu corazón doliente haciéndote saber cuánto te quiero y cómo te entiendo”.
Pero hay que estar al lado sin interferir en esos momentos, que son de tristeza… Billy era un niño que sufría porque su madre estaba muriéndose. Pasaba el día sentado en la escalera de acceso a su casa. Pasó una mujer con su marido en unidad de cuidados intensivos, y comenzaron a estar juntos, en silencio, pero juntos, en la escalera. Vivieron un aislamiento, con un punto de conexión. Ese punto en común de soledad y tragedia los unió en una amistad. En muchos casos, no se quiere participar a otros de esa vulnerabilidad que acompaña un aislamiento, pensando que los demás no pueden entendernos.
Elisabeth K-R propone estos puntos, si uno quiere salir de un aislamiento: llamar a un amigo y pedirle sugerencias y compañía; introducir alguna actividad que nos guste como pintar, jardinería o caminar. La naturaleza cura las almas, a su modo. Los grupos de apoyo ayudan, como también, especialmente a los que no están dispuestos a ellos, acudir a un terapeuta adecuado. Si ya estás dispuesto a acudir al mundo exterior, siéntate al final de un grupo o de una clase, y mira qué tal te va. Te parecerá algo forzado al inicio.
La desolación y desconcierto ante el sufrimiento
La depresión, al reducir la velocidad de la vida, permite hacer inventario de lo ocurrido y de la pérdida. Permite una reconstrucción personal desde los cimientos. Desbroza el terreno para poder plantar de nuevo.
Vayamos al fondo de la cuestión: ¿Se debe necesariamente sufrir?, ¿el dolor es inevitable?: es algo que «no somos capaces de entender», dice C. S. Lewis que en cualquier caso «Dios nos hace daño solamente por nuestro bien», pero en realidad la voluntad divina es un tema complejo pues dentro del tiempo no entendemos casi nada de lo referente al sufrimiento, solamente que detrás de todo hay una razón de bien. Se ha atribuido a Dios todo lo que pasa, tanto si son buenas como si son  enfermedades o desgracias, incluso se ha visto como una forma de castigar, pero cuando lo plantean a Jesús él dice que no es así, simplemente añade que “es para que se manifieste la gloria de Dios”, es decir que de aquello saldrá un bien, pero no dice como… Theilard de Chardin decía que Dios hace las leyes del universo y las deja actuad, y en este sentido deja que pasen las circunstancias diversas o las consecuencias de la libertad, pero no lo dejaría si no sacara de aquello –sea lo que sea- un bien. A nosotros se nos pide estar abiertos al amor, y a veces atisbamos las cosas como Él las ve, pero pocas veces. Aguantar es la única actitud ante el dolor, pero se lleva mejor cuando intuimos un sentido en la esperanza de que se nos revelará el “por qué” más tarde.
C. S. Lewis, en Una pena observada, añade: «Más de una vez tendremos aquella impresión que no logro describir más que como una risa sofocada en la oscuridad. La sensación de que una simplicidad apabullante y desintegradora es la verdadera respuesta»: cuando la vida parece absurda, en medio de la profunda soledad sufriente, hay «una forma especial de decir: no hay respuesta. No es la puerta cerrada. Es más bien como una mirada silenciosa y en realidad no exenta de compasión.Como si Dios moviese la cabeza, no a manera de rechazo sino esquivando la cuestión. Como diciendo: ‘Cállate, hijo, que no entiendes’»… Tenemos un conocimiento experiencia, en el momento de pasar por esos trances, vemos que no estamos solos, experimentamos una relación con lo alto.
Recuerdo que en la película Matrix aparecen unos códigos difíciles de descifrar, como una lengua no se entiende hasta que vemos el sentido de las palabras; así pasa con el sufrimiento, no encontramos sentido aunque la esperanza nos anima a fiarnos de que aquello no es un absurdo. La fe es como un diccionario, que nos abre el sentido del sufrimiento, el lenguaje del dolor nos permite no verlo ya como un mal. El sufrimiento es el síntoma de que hay un mal, como la fiebre es síntoma de una enfermedad. El mal no es la palabra definitiva sino que nos permite para sacar de ahí un bien mayor, por caminos que muchas veces nos resultan incomprensibles.
En cualquier caso, poco a poco, se puede pasar a la siguiente fase: de un no ver nada claro a ir dejando que la confianza vaya entrando en el alma; y poder decir con Lewis que “mi pensamiento, cuando se vuelve hacia Dios, ya no se encuentra con aquella puerta de cerrojo echado…” Cuanto más negra es la noche, amanece Dios…

La tradición de los Magos y los regalos

Son momentos de soñar, de ilusión por el regalo que desde niños esperamos…

2024-01-06

- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de...

Llucià Pou Sabaté

La escena de los magos ha sido objeto de fantasía desde nuestra infancia, y quisiera mostrarlo ahora con un relato. La niña pregunta a su padre: “¿existen los Reyes Magos?” El padre piensa que no hay engaño en decir la verdad, y le responde: “los Reyes Magos sí que existen… Cuando el Niño Jesus nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
   
– ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
   
– ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.

Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:

– Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.

Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:

– Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?

– ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos.

– No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.

– ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.

– Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.

– Sí, claro, eso es fundamental – asistieron los tres Reyes.

– Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?

– Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres.

– Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?

Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:

– Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.

Cuando el padre terminó de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:

– Ahora sí que lo entiendo todo papá.. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado. Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

Judaísmo (5): La elaboración de la Biblia (su génesis y formación)

La elaboración de los libros de la Biblia ha tenido una larga historia, cuya reconstrucción está llena de dificultades. No conocemos las fechas precisas de varios autores, destinatarios, composición, etc.

5 enero, 2024

Llucia Pou Sabate

Colaboraciones

la Biblia

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La elaboración de los libros de la Biblia ha tenido una larga historia, cuya reconstrucción está llena de dificultades. No conocemos las fechas precisas de varios autores, destinatarios, composición, etc. La tradición oral, pues, precede a la escritura y afecta a los mismos textos durante el período de su redacción. Podemos decir que la Torah es la “memoria de Israel puesta por escrito”.

Es el itinerario que va de la memoria al libro, el trasvase espontáneo de la palabra hablada a la escritura, asumiendo esta última la misma autoridad vinculante que la predicación oral. El texto escrito se convierte en el “tesoro” de una comunidad. La mayoría de los textos bíblicos, continuaron siendo leídos, profundizados y reconocidos como “del pueblo de Dios” surgido de la comunidad y dirigido a ella y conservado en la comunidad, especialmente en los ámbitos de la familia, los santuarios y más tarde, el Templo.

Cuenta Eliade Mircea que la tradición oral de la Torah es antiquísima, y que fue poniéndose por escrito poco a poco, con el paso del tiempo. Si históricamente podemos hablar de Abraham como comienzo del relato, luego se van transmitiendo los relatos anteriores, recogiendo los mitos de la creación, el diluvio, la torre de Babel… pero aunque estos relatos sean puestos por escrito en una época posterior, y sean escritos tardíos, el material es arcaico.

Se pueden apreciar varios materiales en la construcción de esas Escrituras: la tradición yahvista (sobre los siglos X-IX a.C.), la eloísta algo más reciente. Junto a esas dos fuentes denominadas según el modo de nombrar a Dios, están la sacerdotal que pone el acento en la regulación de la religión y papel de los sacerdotes, y más en concreto la deuteronómica, que en ese libro resume esa tradición sacerdotal. La composición final de estos libros debe situarse en torno al tiempo del exilio (587-538 a.C.). Esta composición ha recibido la influencia de la reforma religiosa del rey Josías basada en el libro del Deuteronomio (622 a. C.). Las ideas y el estilo deuteronomista han configurado notablemente los seis libros (de Js a 2Re), hasta el punto de que a menudo se habla de estos textos como de la «historia deuteronomista».

La tradición dice que el núcleo fundamental de estos libros se remonta hasta Moisés; de hecho, el propio Moisés habría redactado el texto de la ley que debía conservarse en el arca de la alianza (cfr. Deuteronomio 31, 9) como códice normativo del pueblo hebreo. No se conoce cuándo se inició la recopilación de estos escritos inspirados para formar esta colección de la que quedaban excluidos los demás libros de oráculos, no inspirados. Como fecha en la que ya estaba definitivamente completa se puede citar el año 180 a.C.; cerca de ese año el autor del Eclesiástico (Ecc 46,1-49,15) enumera una serie de personajes para hacer un elogio de los antepasados, y en su enumeración sigue exactamente el orden de esta colección.

Este conjunto de libros fue considerada como dotada de la misma dignidad y autoridad que la Ley; de hecho la fórmula «ley y profetas» se hizo muy habitual para designar las Escrituras.

K´tubim. Esta colección se inicia con la recogida de los Salmos, realizada posiblemente con fines litúrgicos.  Se sabe que el rey Ezequías, de Judá, hacia el año 700 a.C. dio orden de recopilar algunos proverbios de Salomón (cfr. Prov 25, 1), y también reglamentó el canto de salmos de David y Asaf en la liturgia (cfr. 2 Chr 29, 30).

A estas primeras colecciones se fueron añadiendo todas las demás obras sapienciales y didácticas.

Hacia el año 130 a.C. se nombra esta tercera categoría de escritos en el Prólogo del Eclesiástico – escrito por el nieto del autor, poniéndolos a la misma altura que la Ley y los Profetas.

No hay duda de que la colección estaba completa en el siglo II, porque entonces fue terminada la traducción de los LXX en Alejandría,  en la que figuran todos.

Las etapas de formación del corpus de la Torah es:

1) La etapa patriarcal, Génesis, ss. XX-XIX a.C., con los primeros primeros personajes históricos de la Biblia (aunque esté salpicado de mitos). Es una vida nómada, llena de dificultades, con la inconmovible esperanza en las promesas divinas de una tierra y una descendencia numerosa.

2) La etapa mosaica: En torno a los años 1250-1200 a.C. (Exodo, Levítico y Números). Los descendientes de Jacob-Israel, desde José hasta Moisés, con el que pasan de la esclavitud de Egipto a convertirse en el pueblo de Dios. En el Deuteronomio se narra el mensaje de que la historia del pueblo escogido -por la mediación de Moisés- es una liberación que apunta a una alianza. En el decálogo – código moral de este pacto – Yahwéh se presenta como quien libera y salva.

3) La etapa de la Monarquía: Después de 200 años de lucha por la ocupación e la tierra prometida (Josué y Jueces) sigue la larga experiencia de la Monarquía (1000 a 587 a.C.) Se fusionan las tribus en un único pueblo por la intervención del profeta Samuel en tiempos de David (Samuel 2, Reyes 2), la separación de las tribus del Norte (tradición “elohista”) y del Sur (tradición “yahwista”)  a la muerte de Salomón, la caída del reino de Samaria (722 a.C.) y del reino de Jerusalén (587 a.C.). Se destaca el mensaje de su fidelidad al monoteísmo, en el que se incluye el anuncio de las promesas mesiánicas de salvación. Acontecimientos y profecía se convertirán en libros, escritos, espiritualidad y culto. El libro del Deuteronomio se sitúa en la confluencia de tres grandes corrientes que inspiraron y construyeron el alma de Israel: la Tradición mosaica, el Profetismo y la Sabiduría.

4) Etapa del Exilio o cautividad babilónica: en el 587 a.C. cae Jerusalén en poder de los babilonios. Los cincuenta años del exilio van a ser la “época dorada” del libro escrito: seguramente se reescriben los distintos libros, y se redactan los libros de Ezequiel y el segundo Isaías. El pueblo en el exilio siente más vivamente que nunca la santidad de Dios. La fijación de la Toráh desempeña un papel protector y  sirve de vínculo comunitario entre los desterrados. Aparece la importante tradición sacerdotal con la sigla P. que contiene el “Levítico”, la mitad del “Éxodo” etc).

Durante el Período persa (538-333 a C.), va debilitándose el profetismo. Junto a la redacción definitiva del Pentateuco (Génesis, Éxodo, Números, Levítico y Deuteronomio), se redactan las obras  de la literatura sapiencial: el libro de Jonás (nombre de un profeta de la época de Jeroboam II que ahora se “reacondiciona” con la historia mítica del cetáceo), la historia de Rut (en tiempos de los Jueces), el Cantar de los Cantares, Los Proverbios, El Eclesiastés, Job, y el relato de Tobías que se relaciona con los acontecimientos de finales del S. VIII a C.

5) Etapa del judaísmo: Se llama así porque sólo vuelven a Jerusalén y a la “tierra prometida” un resto de los descendientes de Judá (los que formaban el Reino del Sur) gracias al decreto liberador del rey persa Ciro. Viven sometidos a poderes extranjeros: primero a los “seléucidas” (dinastía griega de uno de los generales de Alejandro), y después a Roma, desde el año 63 a C. con la intervención de Pompeyo. A pesar de ello, el pueblo conserva su autonomía religiosa que se vertebra en torno a tres ejes:

a) la lectura en la sinagoga de la Toráh de Moisés y de los escritos proféticos,

b) los nuevos mensajes proféticos de Ageo, Zacarías, Joel, etc, y

c) las reflexiones de los maestros de “sabiduría” que buscan el sentido de la vida humana y el plan divino de la historia. En esta etapa distinguiremos tres períodos: persa, helenístico y macabeo.

Durante este tiempo destacamos:

– Período Helenístico (333-63). Se redactan los libros de las Crónicas, los de Esdrás y Nehemías, y se dan los últimos toques al libro de los Salmos.

– Período macabeo (hacia el 175 a.C.): Se escriben los dos libros de los Macabeos, nace la literatura apocalíptica: libro de Daniel. El libro de época más reciente es Sabiduría (S. I a C., no reconocido por los judíos).

La elección de los libros tuvo su comienzo con Moisés, a quien se considera el autor sustancial del Pentateuco (Toráh), y su redacción definitiva tiene lugar en tiempos de Esdras. Hay unos libros no reconocidos por los judíos, que sí están en el canon cristiano, que los llama deuterocanónicos y son: Tobías, Judit, Sabiduría, Baruc, Eclesiástico, 1 y 2 Macabeos, Daniel  y fragmentos de Ester (están en la traducción griega de los Setenta, que los inserta entre los protocanónicos).

A partir del S. I d C. los judíos de Jerusalén eliminaron algunos libros del canon. ¿Por qué?

Algunos los atribuyen a que después de Esdras no volvió a surgir un “profeta” que ratificase el carácter inspirado de los escritos más recientes, o quizás porque  después de la destrucción de Jerusalén y del Templo (70 d C.) y del fin del sacerdocio levítico, los fariseos tuvieron una hegemonía absoluta y excluyeron algunos libros del canon al no estar escritos en hebreo y sobre el suelo de Palestina, aunque los verdaderos motivos podrían bien ser la hostilidad de los fariseos a la dinastía de los Macabeos, considerada como usurpadora de los derechos de la dinastía davídica, y las controversias con los cristianos, rechazando la versión alejandrina que la Iglesia usaba. La decisión oficial vino en el Sínodo de Yamnia hacia el 95-100 d C. que sacó del canon judío siete libros sagrados. (Los Protestantes en el S. XVI, excluyeron también estos libros de su canon, a los que denominaron “apócrifos”).

Los escritos del Mar Muerto

Los descubrimientos arqueológicos muestran la existencia de escritos bíblicos anteriores al S. X y hasta quizá el S. XII. a. C. Esa literatura está constituida por el Pentateuco (Genesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio); los Históricos (Josué, Jueces, Rut, 1 & 2 Samuel, 1 & 2 Reyes), y por muchos documentos y libros anteriores, contemporáneos y posteriores a estos. Es de destacar que no se conservan textos muy antiguos; pero sí se conservan de un modo muy superior a otras fuentes literarias, por ejemplo las primeras copias de los textos de Platón, el pensador antiguo más venerado y del que tenemos más textos, son más de 1200 años posteriores a él (con las manipulaciones que pudieran haber hecho).

Así, es importante para ver la no manipulación (identidad) de los escritos bíblicos actuales con los antiguos, el descubrimiento de los manuscritos de Qumram en 1947 en el Wadi Qumrán, junto al Mar Muerto: aparecieron en diversas cuevas, once en total, unas jarras de barro que contenían un buen número de documentos escritos en hebreo, arameo y griego.

Los Manuscritos del Mar Muerto son una colección de textos judíos antiguos que datan de alrededor del siglo III a.C. hasta el siglo I d.C. Incluyen copias de muchos libros del Antiguo Testamento (Tanaj o Biblia hebrea) y otros escritos judíos. Estos manuscritos son importantes porque proporcionan información valiosa sobre la vida y las creencias de una comunidad judía en la antigüedad. Se supone que dejaron de escribirse el año 70 d.C., en que tuvo lugar la destrucción de Jerusalén y que fue cuando se escondieron hasta que un pastor los encontró por casualidad en unas cuevas.

Se han recompuesto unos 800 escritos de entre varios miles de fragmentos, puesto que son muy pocos los documentos que han llegado completos. Hay fragmentos de todos los libros del Antiguo Testamento, excepto de Ester, de muchos libros judíos no canónicos ya conocidos e incluso de otros hasta entonces desconocidos, y han aparecido un buen número de escritos propios del grupo sectario de esenios que se habían retirado al desierto.

Los documentos más importantes sin duda son los textos de la Biblia.

Hasta el descubrimiento de los textos de Qumrán, los manuscritos en hebreo más antiguos que poseíamos eran de los siglos IX-X d.C. por lo que cabía sospechar que en ellos se habrían mutilado, añadido o modificado palabras o frases incómodas de los originales. (El texto griego se compuso en Alejandría, y de ese sí hay testimonios antiguos: es más célebre de las versiones griegas, llamada de los “Setenta” porque se habla de 70 sabios que la hicieron en Egipto en los S. III-II a C., cuando los judíos de Alejandría, conociendo mal el hebreo, necesitaban una traducción). Con los nuevos descubrimientos se ha comprobado que los textos encontrados coinciden con los medievales, aunque son casi mil años anteriores, y que las pocas variantes que presentan coinciden en gran parte con algunas ya atestiguadas por la versión griega llamada de los Setenta o por el Pentateuco samaritano. Otros muchos documentos han contribuido a demostrar que había un modo de interpretar la Escritura (y las normas legales) diferente al habitual entre saduceos o fariseos7. En resumen, no ha habido manipulación en los textos bíblicos.

Redacción de las Escrituras

Los libros de fueron escritos en tres lenguas: la mayor parte en hebreo, algo en arameo y dos de ellos en griego (Sabiduría y el 2º de los Macabeos. El 1º de los Macabeos originalmente en hebreo, nos ha llegado en versión griega). Los libros más antiguos se escribieron en hebreo con caracteres fenicios. Después del exilio de Babilonia (S. VI a C.) se empezó a utilizar la escritura llamada “cuadrada” propia de los arameos que deriva de los fenicios. En esos caracteres se encuentra escrita la Torah hebrea.

En cuanto al método para escribir, los primeros vestigios de la Biblia vienen del sur de Babilonia, por obra de los sumerios que son considerados los inventores de la escritura (hacia el 3500 a C.).

El material para escribir era muy variado. Los asiro-babilonios empleaban tabletas de arcilla fresca en las que imprimían signos con un punzón de madera o metal, dejando una impronta en forma de cuña (de ahí el nombre de “cuneiforme”) y que ponían luego a secar al sol o al fuego para que se endureciera. Los egipcios, en torno al 3000 a C. disponían de un material más barato y práctico, constituido por las fibras del “papiro” -planta muy abundante- aplastadas y trabadas con una especie de engrudo (éste es el origen de nuestro “papel”). El papiro fue importado de Egipto a Palestina, convirtiéndose en material ordinario de escritura para el antiguo Israel.

Tiempo después (S.II a C.) los hebreos conocerán -a través de los persas- el “pergamino”, material más consistente y más caro de piel curtida o pulida (en el 100 a.C. se perfeccionó este material en la ciudad de Pérgamo). Primitivamente, las hojas de papiro o de pergamino se unían a otras en rollos (la liturgia judía ha permanecido fiel a este uso). La costumbre era de coser las hojas por grupos de cuatro hojas (“quaternion” de la que procede “cuaderno”) y después se agrupaban en un volumen (se hace así a partir del s. II a.C). Para escribir sobre el papiro se usaba el tallo de la misma planta; en los pergaminos se empleaba el cálamo, tallo de junco afilado.

Si los libros de la Biblia nos han llegado en estos soportes materiales tan deleznables, no es de extrañar que se hayan perdido los originales.

Hasta el S.XV con la invención de la imprenta, la transmisión de un texto antiguo se hacía por sucesivas copias, con los lógicos peligros. Las posibilidades de transmitir un texto antiguo con exactitud, disminuyen proporcionalmente al tiempo transcurrido (la distancia entre la redacción y el primer manuscrito conocido de cualquier texto antiguo, es enorme: 1400 años para las tragedias de Sófocles, Esquilo, Aristófanes y Tucídides; 1600 para Eurípides, 1300 para Platón como hemos dicho, y 1200 para Demóstenes.

Los textos bíblicos no son una excepción, no poseemos ningún autógrafo bíblico, los conocemos por sus transcripciones, de las que conservamos miles de manuscritos. Hasta los descubrimientos del siglo XX, los manuscritos hebreos más antiguos eran del S. X d. C. En 1896 se descubren en el Cairo 200.000 fragmentos de los S. VI-VII d. C., en los que destaca un texto manuscrito en hebreo del Eclesiástico. Entre 1947-56 con el descubrimiento de los manuscritos bíblicos en las cuevas de Qumrán, se abre un nuevo capítulo en la historia del texto hebreo, como hemos dicho.

Géneros literarios

Los libros se agrupan para los judíos en tres secciones: Torah o Pentateuco, Profetas y Escritos. Pero en todos ellos los géneros literarios son muy variados: además del histórico, tenemos el de los relatos «didácticos» o «doctrinales» con apariencias históricas, entre los que se destacan los libros de Tobías, Judit y Ester, que pueden considerarse una especie de «novelas históricas», cuya finalidad era levantar el ánimo de Israel en los momentos de desaliento y cuando el pueblo estaba más expuesto a dejarse arrastrar por el paganismo circundante.

Otro caso de relato «doctrinal» es el 2º libro de los Macabeos con la diferencia de que su autor no lo compuso sobre la base de alusiones bíblicas como las anteriores, sino de extractos de una obra histórica que se perdió (son deuterocanónicos, no admitidos por la versión oficial judía).

A estos géneros, hay que agregar el de los «oráculos proféticos» -iniciados casi siempre con la expresión: «Así habla el Señor»- que no sólo se encuentran en las «colecciones proféticas sino también en otros Libros, incluidos los Salmos.

Otros géneros literarios de la Biblia son el «proverbial» (Proverbios), el de los «poemas didácticos» (Sabiduría), el de los «diálogos sapienciales» (Job), el de las «súplicas individuales o colectivas» (Salmos), el de los «Himnos» Salmos.

También encontramos el género «apocalíptico», muy extendido entre los judíos desde el siglo II a.C. hasta el II d.C. Se caracteriza por sus «revelaciones», sobre todo acerca del porvenir, y en él abundan las visiones simbólicas, las alegorías enigmáticas, las imágenes sorprendentes y las especulaciones numéricas. Su aparición se explica por las duras condiciones de vida del Judaísmo tardío, que despertaron un gran anhelo de tiempos mejores y de liberación nacional. El prototipo de este género literario en el Antiguo Testamento es el libro de Daniel (en el Nuevo Testamento lo es el célebre Apocalipsis).

En un mismo Libro se mezclan a veces diversos géneros literarios, y tengamos en cuenta que un mismo hecho puede ser narrado con diversos géneros literarios. Un ejemplo de esto es lo que sucede con el «Oráculo profético» de 2 Samuel 7,4-17, que está en el origen de la esperanza mesiánica de Israel y tiene un hermoso paralelo poético en Salmo 89,20-38.

Judaísmo (4): Lo esencial de la religión judía

Pero los judíos aún esperan al Mesías, no admiten a Jesús. En todo caso, Jesús fue un judío y de esa religión judía se ha injertado su doctrina, por eso es esencial para los cristianos, como también para los musulmanes

27 diciembre, 2023

Llucia Pou Sabate

Colaboraciones

Yahweh

Los dogmas judíos son peculiares, no provienen de su dependencia con la religión de pueblos colindantes, y son: la trascendencia de Dios, la actividad divina en la creación, la providencia divina por su pueblo y las personas hijos suyos, el juicio al final de la vida por las obras de cada uno, la libertad humana, la elección de Israel como pueblo suyo, la venida escatológica del Mesías, la resurrección de los muertos y el mundo futuro.

Yahweh es el nombre del Dios judío: es etimológicamente luz, cielo, divinidad celeste, luminosa. El viento y la brisa y la luz son reflejo de su gloria, su vestido. Las teofanías van acompañadas de fuego o relámpagos en otras ocasiones. Es una divinidad masculina, pues en hebreo no existe la palabra “diosa” a diferencia de los pueblos colindantes que sí tienen diosas. Además, parece un dios en soledad, pues a diferencia de los demás dioses de pueblos circundantes, que tienen esposas y familia, Yahweh es único; que además no tiene otros dioses con que relacionarse, y no tiene forma humana, es un dios espíritu, que al no ser corporal tampoco tiene sexo.

Y la tradición sacerdotal, de mediadores, corresponde a hombres: aunque haya profetisas como Débora, Judith y varias reinas, ninguna tiene papel de sacerdocio (por ejemplo, no lo será la hermana de Moisés y Aarón).

En la tradición judía, Dios es Padre, y trascendente a la vez (lejano). Su justicia prevalece normalmente sobre su misericordia (aunque hay escritos como salmos y algunos profetas en los que prevalece la misericordia).

No tiene el judaísmo la visión rígida que encontramos en otras religiones celestes.

La paternidad divina es formulada con expresiones de amor y ternura. Es una paternidad hacia el pueblo en conjunto, pero también hacia las personas, que “se glorían de tener a Dios por Padre” (Sabiduría 2,16-18, aunque este libro escrito en Alejandría sobre el 50 a.C. no es aceptado por la línea oficial desde que los fariseos a finales del s. I d.C. establecen un canon eliminando ciertas Escrituras griegas, pensando que no tienen original hebreo).

Dios es trascendente. El episodio de la zarza ardiente en la presencia de Dios es claro, es un dios lleno de poder, y mirar a Dios cara a cara es morir. Es lo “tremendo” del yahvismo, el resonar de los truenos del Sinaí, los rayos y los cuernos de Moisés como signo de la potencia divina y del intermediario ante Dios. Así por ejemplo leemos del pueblo, ante la teofanía: “Y atemorizados, llenos de pavor, se estaban lejos” (Ex 20,18).  Las manifestaciones divinas, epifanías de Yahweh, provocan una reacción del vidente: taparse los ojos para evitar la muerte, y por parte divina unas palabras de aliento de Yahweh con la promesa de la asistencia (alianza). El temor ante la majestad divina perdura, aunque se mitigue el aspecto de “tremendo”. Por eso no pronuncian el nombre de YHWH (con las vocales, de época posterior: Yahweh) y se sustituye por Adonay, Kyrios en la versión griega (Señor).

El antropomorfismo de Yahweh es una nota clara, pues, aunque no tiene esposa ni hijos, se le atribuyen acciones humanas: oler, tener boca o pies, labios o brazos, lengua y ojos, rostro y espalda; al igual que sentimientos como la ira o compasión, arrepentimiento… pero al no tener forma humana, se prohíbe construir imágenes suyas, al ser espíritu no quieren que se confundan con ídolos de pueblos de alrededor.

El yahwismo, religión étnico-política

Se trata de una religión que no sólo es espiritual, sino que también reglamenta la vida civil, el modo de vivir la cultura, hasta el punto de que su literatura es fundamentalmente religiosa y en torno a sus Escrituras. Si esta mezcla pasó al cristianismo durante un tiempo en cuanto a unión entre las realidades eclesiásticas y civiles, poco a poco se fue dilucidando una secularidad y distinción de los dos órdenes (el religioso y el civil), pero en eso los musulmanes en general lo siguen siguiendo, la forma cultural y social que determina la religiosidad.

Es una religión profética, donde Dios que usa mediadores, a partir de Abrahan (XIX-XVIII a.C.), y señalará la circuncisión como señal de pertenencia al pueblo. Jacob sería padre de las 12 tribus de Israel (su nuevo nombre: Ex 32,29), y señala en sucesivas alianzas “Yo soy el Dios de vuestros padres”, “el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob”.  Alianza promulgada de modo solemne en el Sinaí con las dos tablas de la ley, y aunque el pueblo sea infiel en muchas ocasiones, se renueva siempre la alianza por medio de los distintos profetas, con el mensaje claro de que su don no se revoca: “yo seré vuestro Dios y vosotros mi pueblo”.

En esos tiempos, como hemos dicho lo civil y religioso van unidos, primero bajo la autoridad de los Jueces, luego con los Reyes, pero siempre con un profeta al lado o cerca del pueblo. Se va formando también la idea de un Mesías salvador, profetizado como hijo de mujer, nacido en Belén, varón de dolores, justo paciente por todos… pero se ve enseguida no como algo meramente espiritual sino con un carácter político, como liberador y caudillo, que en la época de las dominaciones griega y luego romana será el que libra de toda dominación extranjera.

Es también una religión de salvación, no para unos pocos sino para todo el pueblo, salvación comunitaria, y no individual (como erróneamente se interpretó en algunos casos, pienso por ejemplo entre muchos cristianos en una espiritualidad más individualista donde se juzga solamente al alma cuando se pesan las obras buenas y malas). Como hasta los tiempos próximos a la llegada de Jesús (siglos III-II a.C.) no tienen aún una fe en la resurrección personal, no miran una subsistencia sombría en el sheol tras la muerte (aunque ya en tiempos de Jesús tienen idea de un purgatorio, véase la parábola de Lázaro y Epulón).

Pragmatismo religioso. Es pensar en lo que funciona, los efectos prácticos. Por eso la diáspora supuso un golpe fuerte para su religiosidad, como también los fracasos bélicos o la deportación a Babilonia. La providencia divina está asociada a una cierta moral del éxito: “Tuvimos abundancia de pan, estuvimos alegres y no vimos mal alguno” (Jeremías 44:17), pero Jeremías quería llevarlos a una visión más alta, que no dependa de esos éxitos terrenales (Jeremías 44:18).

De la alianza surgen unos derechos y unas obligaciones: Dios pedía obediencia a su ley, y ofrecía su bendición fructífera en el pueblo. El Arca de la Alianza contenía sobre todo las dos piedras de la ley, que señala la presencia del Altísimo a través de esos recuerdos, y para albergarla se construyó el Templo de Jerusalén en tiempos de Salomón: ese templo es garantía de prosperidad material y espiritual (a partir de la revelación de la resurrección, será sobre todo escatológica), y el pueblo tiene que responder con fidelidad ante un Señor celoso, que no admite otras divinidades.

Hubo catástrofes, deportaciones, invasiones, y un continuo resurgir con consciencia de lucha pues si se conserva la fidelidad habrá éxito. Es la moral del éxito que pasó luego a protestantes que señalan como signo de predestinación el éxito; y también pasó a Norteamérica con la idea del “hombre que se hace a sí mismo”. Hay detrás de los relatos una teología de la historia. A mi entender, que aún no se había revelado la resurrección de las personas en su alma individual, tenían una vaga noción de permanecer en el seno de Abaham, pero sin esa certeza en que más allá de esta vida habrá otra mejor para siemprey por eso se acogen al éxito de la vida terrenay del pueblo de Israel. Cuando Jesús lleva a la plenitud esa fe en la resurrección (que ya tenían los fariseos, pero no así los saduceos) el pragmatismo se difumina en un reino que no es de este mundo, y el mesianismo toma otro cariz.

Notas del yahwismo

 Monoteísmo. Al igual que en sitios de África y Australia, venera un dios único, pero lo raro es que está rodeado de pueblos politeístas: moabitas, amonitas, cananeos, mesopotámicos, egipcios, hititas… aunque esto que dicen los libros no sería totalmente cierto si hubiera coincidencia con Zaratustra, también conocido como Zoroastro, profeta y filósofo persa que vivió en algún momento entre el siglo XVII y el siglo VI a.C. (Si es cercano a Abrahan, podría establecerse una relación entre los dos. Si es posterior, puede tener influencia del judaísmo en él…).

Zoroastrismo

Se le atribuye a Zaratustra la fundación del zoroastrismo, una antigua religión que tiene características distintivas, incluido un fuerte énfasis en el monoteísmo. En el zoroastrismo, el dios supremo es Ahura Mazda, considerado el creador del universo, el ser supremo y la fuente de todo bien. Zaratustra predicó la adoración exclusiva a Ahura Mazda (dios supremo, considerado como el ser benevolente y sabio que gobierna sobre el universo) y rechazó la adoración de múltiples dioses, marcando así una ruptura con las prácticas religiosas politeístas que eran comunes en la región en esa época.

Los conceptos clave en el zoroastrismo incluyen también Angra Mainyu (Ahrimán), fuerza del mal en el zoroastrismo, que, aunque no es un dios opuesto a Ahura Mazda en el mismo sentido que en algunas religiones dualistas, representa la fuerza destructiva y el caos (en el libro de Job vemos cierta similitud). Hay un dualismo ético, pues, aunque Ahura Mazda es supremo, el zoroastrismo presenta un dualismo ético entre el bien y el mal. La humanidad se ve atrapada en la lucha entre estas dos fuerzas, y se insta a las personas a elegir el bien sobre el mal.

El Juicio final y la resurrección están también presentes, como entre los judíos: creencia en un juicio final donde las almas son juzgadas por sus acciones en la vida y son recompensadas o castigadas en consecuencia. El zoroastrismo tuvo una influencia significativa en las religiones posteriores, y algunas de sus ideas se reflejan en el judaísmo, el cristianismo e, indirectamente, en el islam. A lo largo del tiempo, el zoroastrismo ha disminuido en número de seguidores y actualmente es practicado por comunidades relativamente pequeñas, principalmente en Irán e India.

En esa tierra de Caldea fue donde nace Abrahan, que emigró desde Ur, ciudad donde eran idólatras, y él por revelación divina fue monoteísta, en un ambiente politeísta son las dos religiones monoteístas.

En Moisés, esta fe se concreta con la manifestación de Dios “el que es” (en forma verbal que significa también “el que será”): “Yahweh es el Dios verdadero y no hay otro Dios fuera de él” (Deuteronomio 4,35). “La creencia israelita en un solo Dios, personal, trascendente, ético, providente, justo y misericordioso es uno de los grandes interrogantes de la historiografía religiosa de la humanidad”1, de ahí que se defiende su revelación divina.

Naturaleza ética y moral de Yahweh 

En muchas religiones de alrededor de los judíos, no hay una divinidad que sirva de referente ética a la humanidad; así, en el panteón griego, el politeísmo tiene mucha inmoralidad, sus divinidades parece que no tienen más prerrogativas sobrehumanas que la inmortalidad y su poder. Platón criticó esa visión de las divinidades, nefastas para una educación de la juventud, y por eso prohibía en este sentido a Homero y los poetas que mostraban esos dioses tan maleducados.

Cierto que la profecía en Israel puede relacionarse como las mediaciones que aparecen en otras religiones, y así el dios Apolo es administrador de la ley de Zeus entre la humanidad, pero no hay mucha similitud entre las dos (basta ver la Odisea o cualquier otra literatura de la época). Pues en esas religiones, al igual que las divinidades telúricas, las orgías sexuales iban de la mano de actos de culto: fiestas dionisiacas, báquicas, de los Baales cananeos… aquí en cambio vemos a un Dios santo: Yahweh es puro, moralmente bueno, sin pecado, y esa santidad pasa a su pueblo: “sed santos, porque yo, Yahweh, soy santo” (Lev 19,2).

En Oriente se atribuye a la divinidad la legislación, y esto es parecido a la tradición de Israel. Hammurabi dice que recibe de Dios su código, como hiciera Moisés; esto pasó a Grecia también, donde Zeus el legislador y Apolo el mediador que condiciona esas leyes, de ahí que el emperador romano, siguiendo esa idea del mediador, quisiera tener títulos divinos haciéndose mediador entre el cielo y la tierra y tomando rango de dios.

La Revelación

Abrahan (XIX-XVIII a.C.) recibe una revelación, la palabra de Dios, y también otros patriarcas como Jacob, y Moisés (XIII a.C.) y otros profetas. Aquí no se trata de una emanación de tipo hinduista panteísta, ni resultado de una experiencia chamanística como Mahoma y sus viajes en espíritu a Jerusalén y más allá (con la visión del libro sagrado colocado en el cielo junto al trono de Alah), ni es fruto de una experiencia interior o concentración religiosa (como Buda, Jina, o Mani), sino una vivencia de relación con Alguien, Moisés se encuentra con “El que es”.

Se trata de una experiencia religiosa personal, con una fuerza que no la vemos ni en Egipto o Mesopotamia; sí lo encontramos más tarde, en Buda, Jina o Zarathrusta (aunque dudemos de la fecha de este último que podría ser anterior), todos ellos en torno al s. VI a.C., curiosamente en un mismo tiempo se reúnen o aparecen, cada uno en su ambiente, varios de los principales fundadores de experiencias religiosas.

Es curioso que los escritores bíblicos (hagiógrafos) no entendían el sentido completo de los libros bíblicos, sólo con el tiempo se ven otros aspectos a ellos ocultos.

Contexto histórico y cultural

En historia, como en la comida, podemos decir que cada plato hay que comerlo “con su salsa”, en el sentido de que el ambiente de la época determina el modo de concebir no sólo la religiosidad sino los modos culturales de expresarla. Con frecuencia se habla en aquel entonces del dios terrible de la Torah, pero es que como tantas otras cosas hemos de verlas dentro del contexto histórico-teológico en el cual nació, y tener en cuenta ese ambiente histórico sociocultural, sin el cual no se entienden muchas cosas.

Por ejemplo, si leemos Génesis 1 veremos que se habla de dominar la tierra, y todo está muy ordenado hacia ese dominio del hombre sobre lo creado. Es un texto de la época de zigurats, de los arquitectos, de organización de la sociedad, hay un esquema en que Dios construye la creación como si fuera un pastel, y se da al hombre –la guinda del pastel-, ese “dominio” sobre la tierra: eso marca el progreso. Pero si vemos solo eso parece un permiso a que seamos depredadores de la tierra. En el capítulo 2, más antiguo, en el contexto de una sociedad de alfareros, vemos que Dios hace del barro al hombre, va improvisando sin un plan preestablecido, arreglando las cosas cuando estas suceden: forma al hombre del fango, y cuando el hombre se siente solo le da de su costilla (androgenismo curioso e interesante) a la mujer.

Ya sabemos que toda visión antropomórfica de Dios es incompleta, pero en su condescendencia Yahweh se va revelando al paso de los hombres, según su modo de hablar y de entender las cosas… Así, en Génesis 2 (más antiguo) la visión de Dios más ecológica, que va al paso del hombre y le anima a cuidar la creación. En una interpretación, podemos ver el complemento del progreso, el sentido de la providencia, de cuidar la tierra como Dios nos cuida a nosotros.

Detrás de los relatos, están unas verdades religiosas, como la creación divina en el tiempo, o que las cosas y sobre todo los animales cobran un sentido cuando se les da un nombre, y que la persona humana está hecha a imagen de Dios.

El yahvismo israelita, prehistoria del cristianismo2

Todo ello no pertenece solamente al legado judaico sino también cristiano, como vemos en estas palabras de Jesús: “No penséis que he venido a derogar la ley y los profetas; no he venido a derogarlos, sino a llevarlos a su plenitud” (Mateo 5,17). Es como si el cuadro del Antiguo Testamento requiriera el pincel de un maestro para completarlo. Pero los judíos aún esperan al Mesías, no admiten a Jesús. En todo caso, Jesús fue un judío y de esa religión judía se ha injertado su doctrina, por eso es esencial para los cristianos, como también para los musulmanes.