La resurrección de Jesús ilumina nuestra vida

 
La resurrección de Jesús ilumina nuestra vida
Esta es la fuente de la alegría pascual
Llucià Pou SabatéLunes, 1 de abril de 2024, 12:46 h (CET)
Pascua significa “pasar”: así como el pueblo hebreo pasó por el mar rojo a la tierra prometida, también nosotros salimos de la esclavitud de la muerte a una vida en libertad que continúa después de esta, en la casa del Padre. Pascua es el paso de la muerte a la vida, la experiencia de que la resurrección de Jesús es también la nuestra: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba…; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra» (nos dice san Pablo).
   Desde el imperio romano hasta el siglo XVIII ha habido una sociedad cristiana donde el Estado era confesional muchas veces, iban unidos los poderes civiles y eclesiásticos. Cuando esto se rompe, se piensa en el siglo XIX que el progreso puede ser infinito, que podemos tener un paraíso en la tierra, que no es necesaria la salvación… pero después de todo eso vino la decepción, el nihilismo, la posverdad.   
Como le dijo Pedro a Jesús: “¿a dónde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Pueden escandalizarnos las formas de vivir el mensaje de Jesús a lo largo de la historia, incluso aquellas formas de la Escritura que dependen de la mentalidad de quienes la pusieron por escrito, y quizá nos cuesta separar el trigo y la cizaña, el Evangelio del envoltorio con que nos ha llegado. Pero el amor y el perdón de Jesús de Nazaret, su unión al Padre y su misión de salvador, de ser para nosotros “camino, verdad y vida” siguen resonando en mi  interior como algo esencial, la única palabra que me sacia por entero esa sed de eternidades que alberga mi corazón.   
En medio de los anhelos y promesas de Israel, intuyo una palabra divina y una alianza que se cumple en Jesús de Nazaret, el Maestro: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). La experiencia pascual transforma los corazones de los discípulos que pasan de ser torpes para lo espiritual, a enviados por el Espíritu Santo. Y ese mismo Espíritu de Jesús es albergado en cada uno de nuestros corazones, pues de algún modo Jesús se une a cada uno, en sus circunstancias, aunque muchos no lo sepan.   
De este modo, Jesús sigue vivo en tantas personas que transmiten ese amor divino. Y “este es el día que hizo el Señor”, como canta el salmo.San Pablo nos anima a “buscar las cosas del cielo”… ¿Qué quiere decir? Para mí, es vivir en comunión: con Dios, los demás y con la creación, sabiendo que estamos en una escuela de aprendizaje, para ir viviendo ese amor que nos trajo el carpintero de Nazaret, ese pescador de personas, en cierto modo es traer el cielo a la tierra para hacer de la tierra un cielo.   
Sin duda, las apariencias de violencias y guerras pueden impedir ver esa luz que no es exterior, sino una iluminación interior de que detrás de toda oscuridad hay una razón de bien, de luz que se abrirá en el momento oportuno, quizá no en esta dimensión en que ahora vivimos, pero sí en esos “cielos nuevos y tierra nueva” a la que estamos destinados.   
Ese misterioso “reino de Dios” está ya en nuestro corazón, pero no podemos afirmar que se instalará por completo en nuestro mundo, porque más que algo exterior se vive en la interioridad, y se hará realidad exterior quizá en el más allá de esta historia que vivimos ahora; este fue el error de esos paraísos idealistas que construyeron en el siglo XIX y que vimos fracasar, pues como una radiografía en negativo del mensaje de Jesús pensaron en un reino material ya aquí, cuando en esta vida lo vivimos en una esperanza que no es ilusa sino que está llena de una cierta carga experiencial que nos hace intuir su verdad.   
San Pablo nos recuerda que todo ello parte de la pascua: «si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es inútil» (1 Cor 15,14). Jesús pasa por la puerta estrecha de la muerte y la transforma en puerta para la Vida verdadera, nuestra graduación, como gritaba Miguel de Unamuno, con su agnosticismo esperanzado: «No quiero morirme, no, no, no quiero ni puedo quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que soy y me siento ser ahora y aquí». Añoramos un paraíso perdido, y deseamos volver a ese seno de paz, amor y felicidad donde estemos a gusto. Ese camino al paraíso perdido debemos iniciarlo en nuestro propio corazón, «campo de batalla en el que dos tendencias se disputan la primacía: el amor a la vida y el amor a la muerte» (E. Fromm). Ahí hemos de morir al egoísmo como el grano de trigo, y vivir la paradoja de la resurrección de que cuando se entrega la vida es cuando la tenemos de verdad. “Quizás sea ésta la pregunta que debamos hacernos esta mañana de Pascua: ¿Sabemos defender la vida con firmeza en todos los frentes? ¿Cuál es nuestra postura personal ante las muertes violentas, el aborto, la destrucción lenta de los marginados, el genocidio de tantos pueblos, la instalación de armas mortíferas sobre las naciones, el deterioro creciente de la naturaleza?” (José Antonio Pagola).   
Porque esta es la fuente de la alegría pascual, Macario el Grande dice que, a veces, a los creyentes “se les inunda el espíritu de una alegría y de un amor tal que, si fuera posible, acogerían a todos los hombres en su corazón, sin distinguir entre buenos y malos”. Y “de esta experiencia pascual nace una actitud nueva de esperanza frente a todas las adversidades y sufrimientos de la vida, una serenidad diferente ante los conflictos y problemas diarios, una paciencia grande con cualquier persona… ser cristiano es, precisamente, hacer esta experiencia y desgranarla luego en vivencias, actitudes y comportamiento a lo largo de la vida” (José Antonio Pagola).

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