San Óscar Romero y la dignidad humana

La distinción entre autoridad legítima y abuso —Romero y la desobediencia justa: cuando no obedecer es un deber.

Se ha repetido muchas veces una lectura simplista de Óscar Arnulfo Romero: que fue un obispo enfrentado al ejército, una figura incómoda para cualquier forma de autoridad. Es una caricatura. Y las caricaturas sirven para no entender nada.Romero no estaba en contra del ejército como institución. No predicaba el desorden ni la ruptura de toda autoridad. Lo que denunció —con una claridad que aún incomoda— fue algo mucho más concreto: el uso de estructuras armadas para sostener una violencia injusta contra la población.No es lo mismo.

El día antes de su asesinato, pronunció unas palabras que siguen siendo citadas, pero pocas veces comprendidas en profundidad:> “Ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: no matar.”Y fue más allá:> “Les ordeno en nombre de Dios: cese la represión.”Aquí está el núcleo. No estaba promoviendo la insubordinación general. Estaba estableciendo un límite moral: cuando la autoridad ordena el mal, obedecer deja de ser virtud y pasa a ser complicidad.Esto no es ideología. Es ética básica.

El Salvador de finales de los años 70 no era un escenario neutral. Existía una dinámica de represión sistemática, con estructuras paramilitares y acciones que iban mucho más allá de una defensa legítima del orden.Romero no habló desde la teoría. Habló desde los cuerpos asesinados, desde las familias rotas, desde una violencia que ya no podía justificarse como “cumplimiento del deber”.Aquí es donde su mensaje se vuelve incómodo: obligó a distinguir entre autoridad legítima y abuso de poder.Y esa distinción exige pensar. Algo que muchos prefieren evitar.

La trampa de la obediencia fácilLa obediencia es cómoda cuando descarga la responsabilidad en otro. “Yo solo cumplo órdenes” ha sido, históricamente, el refugio de demasiadas injusticias.Romero rompe esa coartada.Dice, en esencia: hay un punto en el que ya no puedes esconderte detrás de la jerarquía. Hay un momento en que decides tú.Y ese momento define quién eres.Desobedecer puede ser lo correcto (y lo difícil)Aquí está la idea que incomoda: no toda desobediencia es justa, pero hay desobediencias que son moralmente obligatorias.Cuando una orden atenta contra la vida, la dignidad o la justicia, no ejecutarla no es rebeldía: es integridad.Romero no estaba llamando al caos. Estaba recordando que la autoridad humana tiene límites. Y que cruzarlos no la legitima, la deslegitima.

El espejo incómodoAhora viene la parte que probablemente prefieres esquivar.Tú no estás en una guerra. No recibes órdenes de matar. Pero sí te enfrentas —a otra escala— a situaciones donde callas, justificas o miras hacia otro lado.decisiones injustas que toleras en tu entornoabusos “menores” que no señalasdinámicas que sabes que están mal, pero no cuestionasNo es lo mismo que El Salvador de 1980. Pero el mecanismo interno es idéntico: ceder por comodidad.Qué hacer con esto (sin autoengaños)Si quieres tomarte en serio lo que Romero planteó, deja de quedarte en la admiración abstracta y baja al terreno:1. Define tus límites reales¿Qué no estás dispuesto a hacer aunque te lo pidan?2. Identifica tus zonas de silencioDónde callas no por prudencia, sino por miedo o conveniencia.3. Asume tu responsabilidad personalNo hay jerarquía que te quite la carga moral de tus actos.4. Entrena la coherencia en lo pequeñoSi fallas en lo cotidiano, en lo grande no resistirás.—Romero no fue un enemigo del orden. Fue un enemigo de su corrupción.Y esa diferencia lo cambió todo.La cuestión no es si estás de acuerdo con él en abstracto.La cuestión es si, cuando te toque, sabrás distinguir entre obedecer… o ser cómplice.

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