La paz y la aceptación correcta

2023-11-07

La paz es abrirnos a la aceptación. En todas las religiones de algún modo se recoge...

Llucià Pou Sabaté

“Para alcanzar la paz, hay que aceptar la voluntad de Dios»

La paz estable y duradera es manantial de gozo espiritual, ese desbordamiento del alma que produce la unión con todo lo amado y que impregna al ser humano en todas sus dimensiones, pues la paz va unida a la unidad que supera toda disgregación, y al gozo que es la felicidad.

La paz es abrirnos a la aceptación. En todas las religiones de algún modo se recoge la bienaventuranza: “felices los pacíficos, los constructores de paz”. Shalom…  La paz es nuestra situación original, cuando hay un ambiente acogedor que da seguridad, basta ver la paz de un niño que duerme. Con los años, los miedos y las preocupaciones la ocultan, y aparece el estrés, la ansiedad, y otras formas de falta de paz, es decir que aparecen situaciones externas o internas que nos complican la vida, producen inquietud. Podemos decir que esas circunstancias provocan en nosotros unas creencias limitantes, porque no somos capaces de encontrar la razón de bien en ellas.

Hay opciones como la oriental (el nirvana budista) o el estoico en que con la apatheia o el epicúreo con la ataraxia, para conseguir esos estados de tranquilidad emocional y serenidad, ausencia de perturbaciones emocionales y paz interior.

La Apatheia estoica es el estado de imperturbabilidad emocional sin pasiones ni emociones perturbadoras como el miedo, la ira, la tristeza y el deseo, que se ven como en el budismo como causas de sufrimiento; para ello trabajan la autodisciplina, autorreflexión y la virtud, y ha influido en la vida cristiana como ascética, siguiendo también la tradición griega de purificación (platónica, por ejemplo).

La Ataraxia epicúrea es el estado de tranquilidad y paz interior cuando hay ausencia de perturbaciones emocionales y deseos innecesarios; pues el sufrimiento y la ansiedad vienen de deseos no satisfechos y al eliminar los deseos se obtenía un placer tranquilo: con la moderación, amistad, simplicidad y satisfacción de necesidades básicas.

Aunque han pasado a la historia como los estoicas ascetas y los epicúreos placenteros, en realidad no es exacto, pero sí que la apatía estoica se centra en la autodisciplina y la virtud, y la ataraxia epicúrea en la satisfacción de deseos moderados.

Todos ellos son autoreferenciales, no piensan en que el dolor ajeno es parte de nuestra vida, y que de algún modo adormecen las pasiones y sentimientos, cuando la virtud cristiana es mucho más rica pudiendo beber de ellos (no absolutizar los deseos, ni el placer, pero no castigarlos tampoco pues todo lo humano es bueno). Lo que hace el cristiano es encontrarle un sentido: no quitar los afectos, sino saber que están todos finalizados a un bien mayor. Que todo es para bien. Por eso podemos aceptar todo lo que viene, como de la mano de Dios, y por tanto algo que nos conviene.

Para que haya una aceptación de lo que pasa, hemos de tener comprensión, y sobre todo saber que estamos en buenas manos, que podemos estar seguros. Así, la paz se construye a partir de las dificultades, es algo interior que se va conquistando, es hacerse confiable para sí y los demás, no focalizarse en los problemas sino en las  soluciones, es abrirnos a la aceptación.

La espiritualidad cristiana subraya que “para alcanzar la paz, hay que aceptar la voluntad de Dios; para aceptar la voluntad de Dios, hay que espiritualizarse; y para espiritualizarse, primero hay que perfeccionar y luego trascender el ego”[1]. Para esa la paz interior, hay que tener aceptación de la realidad, aceptación que es un acto libre. Y la aceptación depende de la comprensión adecuada; comprensión de que pase lo que pase todo será para nuestro bien, incluso del mal sale algo bueno: “no hay mal que por bien no venga”, de esta forma no hay resignación sino una aceptación plena sabiendo que todo es para un fin adecuado si nos alineamos con una idea básica: que no hay un azar o casualidades, sino que todo viene de arriba, de una “causación descendiente” por la que todo lo que ocurre es adecuado a nuestro desarrollo personal. Por eso, la paz interior depende principalmente de ese trabajo interior en nosotros mismos, no de circunstancias externas. Depende de esta comprensión que nos permite “deconstruir las creencias limitantes” para poder incorporar una información más  correcta.

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[1] Gonzalo Rodríguez-Fraile y Rafael Domingo, Espiritualizarse, Amazon 2022: donde entre otros temas se aborda la paz en una perspectiva espiritual, y algunas de esas ideas las recogeremos aquí.

Autoconocimiento y paz

Una mayor comprensión de amor nos da un nivel de consciencia más alto, ser dueños de nuestro destino, y las cosas exteriores no nos causan conflictos
Llucià Pou SabatéMartes, 7 de noviembre de 2023, 09:41 h (CET)
El conocimiento propio, sin ser la única fuente de paz, puede desempeñar un papel esencial: somos imagen de Dios, llevamos una chispa divina en nuestro interior, y la autoconciencia es una comprensión de amor que abarca emociones, pensamientos, valores, creencias y comportamientos. Cuando sabemos vivir desde nuestra interioridad, ni siquiera las desgracias nos pueden quitar la paz interior. Una mayor comprensión de amor nos da un nivel de consciencia más alto, ser dueños de nuestro destino, y las cosas exteriores no nos causan conflictos.   Las relaciones con los demás estarán llenas de empatía y por eso podemos ser capaces de no juzgar a nadie porque comprendemos a cada uno y sus sentimientos. También el autoconocimiento nos da autocontrol para reconocer en nosotros pensamientos y emociones impulsivos o destructivos y evitar reacciones impropias.    Naturalmente, esta capacidad favorece que podamos mediar en la resolución de conflictos al identificar las necesidades y deseos propios y ajenos. Y esa paz luminosa ofrece para los demás un liderazgo hacia ellos que proviene de esa confiabilidad que se transparenta.   La comprensión favorece la cooperación, el diálogo y las buenas relaciones, la justicia y el respeto, y si bien hay circunstancias que requieren unas habilidades o aptitudes, conocimiento de las situaciones, esta actitud de paz favorece todas las situaciones.   Al ver la grandeza de quienes somos podemos desaprender nuestro ego y así ya no hay un obstáculo en esas relaciones con los demás. La transparencia del corazón deja de lado el deseo de tener siempre la razón; aprendemos a escuchar y tener compasión por las debilidades propias y ajenas.   Y entre todas las cosas, hay una que demuestra que tenemos paz: el espíritu de servicio, pensar en los demás siempre. Es la prueba de que hay paz con nosotros y nuestros semejantes. 
La paz se ha visto como lo más agradable para desear, lo mejor de la vida: “Nada se suele oír con más agrado, ni es más de apetecer, ni al final se puede hallar nada mejor” (Agustín de Hipona [1]). La necesitamos para ser felices, y para todo: para un trabajo de creatividad, para el estudio y contemplación de la verdad, para el crecimiento personal y espiritual… y para la vida en sociedad: relaciones interpersonales, concordia social. Incluso en algunas tradiciones espirituales como el budismo, la paz es la meta de un desasimiento mediante la anulación de tendencias y deseos. En occidente, la corriente estoica ha propuesto como meta de la perfección la ataraxia como control racional de todas las pasiones y afectos que lleva a una imperturbable y rígida paz por encima de las adversidades y sufrimientos aún los más dolorosos. Pero la paz cristiana es mucho más rica: no quita los afectos que son parte esencial de la vida, sino que los integra en un alma que sabe ver todas las cosas como venidas de la mano de Dios.
Y esto es muy necesario en nuestro tiempo, pues vemos la paz como el gran bien deseable en nuestra época, para vencer la angustia que reina como el gran mal, fruto del estrés interno, y las tensiones sociales, pobreza de contacto humano, soledad de muchas personas, despersonalización en las grandes ciudades, crisis en muchas familias, en las creencias tradicionales… ha aumentado el uso de ansiolíticos y hay una búsqueda de esa paz que aquiete el alma.
   Podemos valorar la paz como un determinado estado del espíritu humano en el que la vida tiene un propósito y estamos alineados con él. En la Biblia vemos la paz no solo como una conquista sino sobre todo como un don de lo alto: “Yo soy Yavwéh, el que da la paz” (Isaías 45,7; Jeremías 6,4). Es un descanso en Dios (Deuteronomio 25,19) al que acceden quienes cumplen la divina voluntad (Salmo 94,10-11), que concede el Mesías, “Príncipe de la Paz” (Isaías 9,6). Todo esto era imagen de Jesús que trae “paz a las personas de buena voluntad” (Lucas 2,14). La tradición cristiana pone la paz también como una superación del ego (1 Pedro 2,11; Romanos 13,14; Gálatas 5,16), del egoísmo que no es más que la forma suprema de ignorancia. Y esa paz no va con las modas de la sociedad del tener éxito, dinero y fama pues “no os la doy, como la que da el mundo” (Juan 14,27) sino que es algo más profundo, del ser y no del tener, un don que ya nadie nos puede quitar (Juan 16,22; Romanos 8,35-39). Es fruto de la sabiduría de las cosas del espíritu (Romanos 8,6; Gálatas 6,22).

[1] De Civitate Dei, 19, 11.

El atractivo de la paz interior

Humanismo Cristiano

La paz da el arte de entender y explicar cosas complejas de modo sencillo.

Por: Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net

La paz es un don y una conquista, porque en la tierra siempre podemos tener más, es incompleta, como una prenda de algo precioso que habrá luego (Apocalipsis 7,9-17; 21,3-7). Y esta paz será la que permita llevarla a los demás: ser sembradores de paz (Mateo 10,12; Romanos 10,15) en todo el mundo. La paz social no vendrá por unas leyes solamente, sino de un respeto a la dignidad de la persona, no podrá ser realidad dejando de lado aspectos esenciales de la persona (como la libertad de expresión, libertad de elección, libertad religiosa, etc.) y por eso los regímenes autoritarios no pueden conseguir una verdadera paz aunque digan que la buscan. Y eso depende del nivel espiritual, de consciencia, de los que forman la comunidad, de ese orden interior dirigido al bien al que llamamos paz, y que hemos de promover en la educación. Por eso, la paz personal está unida a la paz social.  

Ese nivel de comprensión de la consciencia, es el amor. Si Dios es amor, es también paz, porque la paz, junto al gozo, son los dos principales frutos del amor. Así lo señala Dionisio Areopagita, quien afirmó que Paz es uno de los nombres propios de Dios, como lo es Luz y Amor1. Y si Dios es paz, todo el orden de la creación es fuente de ella y nos invita a vivir con la armonía propia de la paz. La paz es orden del amor, claridad de luz y don de Dios por excelencia. Es don y tarea, necesitamos un aprendizaje que es el camino, y así vamos teniendo resultados, fruto de ese esfuerzo humano. Por eso, Jesucristo llama bienaventurados a los que construyen la paz en el mundo, es decir, a quienes se empeñan en alcanzarla e irradiarla generosamente (Mateo 5,9).

Cuando un ser humano vive en amor y ve la realidad desde los ojos de la contemplación, ha comenzado ya a recorrer la senda que conduce a la verdadera paz. La paz nada no es algo meramente interior de “ande yo caliente y ríase la gente”, una imperturbabilidad que viene de una armonía de introspección, nada tiene que ver con la mera tranquilidad egoica de quien se aísla de los problemas o consigue que todo fluya a su gusto; sino que va unida a una dedicación a los demás: la familia, las relaciones sociales, el trabajo, etc. Por otra parte, al tratarse de una ausencia, la paz es, por definición, neutra y, por tanto, puede y debe llegar a ser imperturbable. 

La persona que vive en paz tiene un gran atractivo porque su amor es puro y comunicativo, fruto de su personal anonadamiento, y esto provoca esa fuerza de atracción. La paz brota de lo más profundo del ser, de aquella zona del alma donde lo divino se une con lo humano, como el océano con la tierra. Cuando se alcanza la paz interior, se eleva la vibración de la energía vital lo que permite el acceso a las profundidades más insondables de la consciencia y del alma. El ego desaparece, como la sal en el agua, y ya solo perdura la intención espiritual, el propósito donacional de servicio desinteresado. Lo demás parece sobrar, como explica el Tao Te Ching: “Los colores ciegan la vista; los sonidos ensordecen el oído; los sabores embotan el gusto; los pensamientos debilitan la mente y los deseos marchitan el corazón”2. Y es que el deseo egoico perturba la mente y ésta perturba el espíritu. 

Dios regala como fruto de su Espíritu la paz, armonía interna que nos permite estar libre de conflictos interiores y exteriores, estar serenos, tranquilos, sin agobiarnos. Y es un fruto del Espíritu que va unido a otros como son: amor, alegría, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí. Esto nos permite dejarnos guiar por el Espíritu Santo con espontaneidad. La paz nos hace menos temerosos, nos libera de ansiedades malas y nos libera de apegos. Nos permite disfrutar con intensidad cada momento y ver todo cuanto sucede como una oportunidad de crecimiento. 

La paz produce grandes frutos en la vida de las personas. Algunos de ellos son: la pérdida de interés en criticar y juzgar a los demás y a uno mismo, la falta de preocupaciones (no de ocupaciones, por supuesto), el aquietamiento del cuerpo emocional, una mayor conexión con la naturaleza, una mayor facilidad para que las cosas fluyan sin interferencias innecesarias ni cortocircuitos. La paz incrementa la confiabilidad con los demás, despierta el sentimiento de servicio, aumenta la claridad contextual de las facultades superiores del alma, desarrolla la intuición, dispara el interés por mejorar interiormente, así como la creatividad. 

La paz da el arte de entender y explicar cosas complejas de modo sencillo; valora el silencio, que se hace cada vez más lleno de contenido. La paz nos hace más amables en los modos de decir y corteses en las formas de comportamiento con el fin de evitar daños emocionales a los demás. La paz, en definitiva, nos ayuda a respetar la vida en su totalidad y a ver a todos los seres vivientes como criaturas de Dios.

1. Pseudo Dionisio Areopagita, De los nombres divinos XI, 1.
2. Lao Tzu, Tao Te Ching, 1

El conflicto palestino solo puede arreglarse negociando la paz, sin alevosia ni ventaja

2023-11-04

La demencia sólo puede curarse con la sabiduría, expresado en la oración de...

Llucià Pou Sabaté

Los judíos europeos han sufrido, han sido discriminados, encerrados en guetos y una persecución cuyo objetivo era el intento de su destrucción completa. Siguen ahora queriendo eliminarlos de su Estado, los gobiernos islamistas de su alrededor excepto Egipto. Pero la dominación israelí sobre Gaza y los palestinos durante más de medio siglo ha provocado resentimiento  y odio.

El apartheid israelí contra la población palestina Cruel sistema de dominación y crimen de lesa humanidad

Además, los conflictos armados por desgracia ya no son entre militares sino que las guerras son totales, con muchas víctimas entre la población civil. Desde la Primera Guerra Mundial en la que “sólo” murió el 5% de los civiles cada vez más los civiles van siendo mayoría de los muertos por los ataques: en Ucrania el 98% de las víctimas son civiles. Las guerras son cosa de locos endemoniados, dirigentes que sentados en sus sillones mandan a morir a su pueblo que no les importa nada. Se dice que en el siglo XX murieron 200 millones de personas en las guerras.

En el ámbito internacional, parece que ninguno de los países productores de petróleo está dispuesto a ir a la guerra del lado palestino, y que no tiene relevancia el conflicto en la economía mundial. El pueblo palestino parece que es usado como un títere por parte de Irán y grupos islamistas; Qatar, Turquía simpatizan con Hamás, Egipto no se sabe aunque oficialmente es el único que ha reconocido el Estado de Israel… Y dicen que Putin no ha perdonado al dirigente israelí que se pusiera del lado de Ucrania en el conflicto de la invasión.

Las guerras son cosa de locos endemoniados, dirigentes que sentados en sus sillones mandan a morir a su pueblo, sin ningún remordimiento de conciencia ante las masacres que producen.

Las reacciones en América son variadas: dejando aparte el apoyo de los Estados Unidos, principal protagonista en Israel, México ha protestado enérgicamente del atentado de Hamas y ha destacado que la actual ofensiva pueden ser crímenes de guerra. Bolivia ha roto relaciones diplomáticas con Israel; Chile y Colombia han llamado a consultas a sus embajadores en Israel.

La demencia sólo puede curarse con la sabiduría, expresado en la oración de Francisco de Asís con estas palabras: «Donde haya odio, que yo lleve amor; donde haya discordia, que yo lleve unidad; donde haya desesperación, que yo lleve esperanza; donde haya oscuridad, que yo lleve luz». Para que impere esa paz tiene que haber justicia, por parte de Israel. Ahora muestran el deseo de que en Gaza haya una tutela internacional. No sé cuál es la mejor actuación, pero cualquier cosa antes que continúen los palestinos sin la posibilidad de vivir en dignidad, acosados tanto por Hamas como por Israel. Los pobres están entre el enemigo de dentro y el de fuera.

¿Podra la Asamblea General de la ONU intervenir cuando el Consejo de Seguridad es incapaz de tomar una decisión para detener la guerra?

El ataque a la población civil de Gaza es un genocidio, pero la ONU no actúa y deja hacer a Israel; tiene intereses ocultos como dejarse influenciar por Estados Unidos, pero no es una novedad pues tampoco hizo nada en el genocidio contra los tutsis, los musulmanes bosnios, los yazidíes y los rohinyás, denuncia Craig Mokhiber, un directivo de la ONU en Nueva York en su carta de dimisión: “estamos fracasando una vez más”. Y añade: “la actual matanza masiva del pueblo palestino, arraigada en una ideología etnonacionalista de asentamiento colonial, como continuación de décadas de persecución y purga sistemáticas”. Y añade algo que mucha gente no conoce: “En Cisjordania, incluida la Jerusalén ocupada, las viviendas son confiscadas y reasignadas basándose exclusivamente en la raza, y los violentos pogromos de los colonos van acompañados de unidades militares israelíes. En todo el país, el apartheid gobierna”.

«La sensación ahora es que Biden es un aliado  incondicional y complice de Netanyahu en estos crímenes cometidos contra los palestinos»

El deber fundamental de la ONU, de defender el derecho internacional, no se cumple. Estados Unidos, con el lobby israelí, apoyan una barbarie, que no servirá para la paz hasta que termine la tiranía israelí. La solución mejor es la de hacer dos Estados, pero sin apartheid en un proceso como el Sudáfrica hasta los años 90. Por lo pronto, conviene un acuerdo internacional entre las partes, para poner fin al asedio sobre Gaza, poner fin a  la limpieza étnica de Gaza, Jerusalén y Cisjordania, llevar ayuda humanitaria y la reconstrucción.

Lógicamente, en este diálogo difícil, tendrán que ceder las dos partes para llegar a un pacto: por parte palestina, el fin de Hamas y otras fuerzas terroristas; y por parte de Israel, el fin de esa injusta opresión contra Palestina. La parte más difícil será la negociación de las tierras de cada Estado, y para eso los organismos internacionales pueden jugar un papel clave, incluso de tutela pues el odio acumulado durante tanto tiempo puede hacer difícil la convivencia de judíos y palestinos en los dos Estados, sin esa tutela temporal.

La búsqueda de una paz en Tierra Santa

Es un escándalo satánico el que se produce donde precisamente nació el Príncipe de la paz
Llucià Pou SabatéSábado, 4 de noviembre de 2023, 11:23 h (CET)
Es fundamental que se trabaje para que haya dos Estados bien marcados en Tierra santa: Israel y Palestina, y un «estatus especial» para la ciudad de Jerusalén (de control internacional), pues toda guerra es una derrota. Esto es lo que dicen muchos países como España, México, y la diplomacia vaticana que está muy bien informada, pues hay ahí muchos cristianos allí sobre todo árabes, y nadie puede decirle que es aliada de Israel como muchas potencias occidentales: desde el comienzo del Estado de Israel los cristianos de Tierra santa, que en muchos sitios eran mayoría, han pasado a ser cada vez una minoría cada vez más exigua.
   En las guerras, pierden, como decía Gandhi siguiendo la imagen del Evangelio: “ojo por ojo y todos acabaremos tuertos”. Hay mucho trabajo por hacer, porque Israel reconoce el derecho a existir de un estado palestino pero los países islamistas de la zona no reconocen el derecho a existir del estado de Israel (quieren eliminar al pueblo judío de ese territorio). Y en ese impase, Israel ha ido avanzando y toma más territorio incumpliendo en eso los tratados internacionales que ofrecían como solución lo apuntado más arriba: dos Estados y un estatuto internacional para Jerusalén.   La brutalidad del acto terrorista de Hamas sigue el modelo del grupo terrorista Isis en sus manuales y que quieren extender por Occidente, y además Hamas ha tomado el gobierno de toda Gaza que ya no es una democracia sino que se convierte en un estado de terror. Hamas no quiere el bien de los palestinos, sino que busca el caos para sus intereses, y le importa muy poco la muerte de la población, y eso lo hace con sus apoyos de Irán, Isis etc. Sólo trata de extender el terror con una multitud de cadáveres esparcidos, su arma es crear el miedo.   Por eso, se ha dicho que “Hamas ha abierto las puertas del infierno para Gaza”. Pero la acción de Israel ha sido bombardear indiscriminadamente, cuando podía haber hecho una acción más inteligente, pues es curioso que sus servicios de inteligencia no hayan actuado cuando debían. Todo parece que quieren aprovechar haber sido víctimas de un acto horrible de los terroristas, para erradicar el grupo Hamas de un modo rápido sin contar con los efectos inhumanos que eso tiene. En esto, tanto Israel como Estados Unidos son impacientes en sus guerras, y no tienen la ética del respeto a la dignidad de todas las personas, y la sabiduría de saber esperar el momento oportuno para cada cosa. En cierto modo, en lugar de establecer un estilo de política ética, se hacen cómplices al usar las armas de los terroristas. Y en eso pierden la razón. Claro que pueden usar como defensa propia actos de guerra, pero con proporcionalidad.   Estos días he leído en una viñeta que un niño le pregunta a su padre: “¿por qué no se puede matar a los malos? Quedaríamos los buenos” y su padre le responde: “no, hijo: quedaríamos solo los asesinos”. Todos tenemos ego, que si nos domina en lugar de la racionalidad y el amor, nos convierte en enemigos de otros por motivos de todo tipo: político, religioso, deportivo… En el Nuevo Testamento, Pablo dice que todos necesitamos una liberación interior, y sin ella hay guerra. La confianza y la seguridad que da el saberse amado por Dios hace que no absoluticemos nacionalismos y modos de ver propios, necesitamos la liberación de nuestro ego para ver más a fondo las cosas, el punto de vista de los demás. En su parte animal, el hombre necesita “marcar su territorio” y defenderse de los que entran en él, como vemos por ejemplo en los leones. Así también nosotros defendemos no sólo una tierra, sino que queremos “marcar territorio” con nuestras ideas, atacando las de otros que piensan distinto. A eso hemos de llamarlo intolerancia, por faltar el respeto a las personas y su dignidad.   Por decirlo de algún modo concreto, desde que los romanos destruyeron Jerusalén y el Templo hacia el año 70 (lo mismo podríamos decir antes de las invasiones griegas, o de Babilonia) han quedado en la diáspora los judíos, sin tierra, y al surgir su sentimiento de nación sobre todo después del holocausto, han querido un territorio para defenderse. Esto es normal, tienen derecho a ello. Pero hay un modo más profundo de actuar que el de la guerra, y es con ese amor que conquistó al imperio romano de otro modo, no por las armas. Que conquistó la independencia de la India sin violencia.   Por eso José I. González Faus (teólogo) dice: “pido por favor a todos los judíos: lean a E. Lévinas. Sentirán vergüenza de lo que están haciendo hoy, o tendrán que llamar ‘antisemita’ a uno de los judíos más grandes de nuestros días. A los musulmanes les pido igualmente: lean a Rumi o a Ibn Arabí y sentirán lo mismo”. Sólo si elevamos nuestro nivel de consciencia podremos arreglar ese “pastel” que una vez se ha causado, no hay forma de “comérselo”. Es un escándalo satánico el que se produce en Tierra Santa, donde precisamente nació el Príncipe de la paz.

Reflexiones sobre la vida y la muerte

2023-11-02

Las lecturas litúrgicas de hoy se escogen libremente, de entre las varias que ofrece el...

Llucià Pou Sabaté

Conmemoración de todos los fieles difuntos: la comunión con los difuntos está basada en la esperanza en Jesús que nos lleva más allá de la muerte, hasta la vida de amor del Cielo

«La fe embellece la muerte y la hace dulce, alegre, preciosa y deseable»

Dicen que un análisis de sangre basado en pruebas del ADN indica la longevidad de las personas: no una fecha precisa de defunción, sino una probabilidad estadística de llegar a los 90 años. Y se quiere alargar la vida por todos los medios, incluso por una “copia” de la mente en bits, que pueda implantarse en otra persona o incluso mantenerse en un ordenador. Pero no estamos solamente en el cuerpo, ni siquiera en el cerebro y ADN: tenemos alma. Y no tenemos en la tierra morada permanente, sino que estamos de paso, de camino hacia la vida eterna. «La fe embellece la muerte y la hace dulce, alegre, preciosa y deseable si se despoja de toda idea de destrucción, que tan espantosa la hace a la mayoría de los hombres, y representándola como un rescate de esta cárcel terrena, en la que se suele agonizar más que vivir» (Gioberti).

Lo que verdaderamente cuenta es el amor

Son días para rezar más por las almas del Purgatorio, siguiendo el ejemplo de los santos, que nos muestran que no tienen importancia el éxito o el fracaso, la salud o la enfermedad, la carencia o la abundancia de medios… Lo que verdaderamente cuenta es el amor. «Cuanto más recordemos a las personas queridas y nos aflijamos por ellas, tanto más aprenderemos a imitar su buena conducta y a estimarlas, aunque las hayamos perdido» (U. Foscolo).

¿Qué pasa con los que mueren?

Se ha rezado siempre por ellos en la Iglesia, y se ha formulado la explicación del purgatorio, que no es una cárcel en el más allá, sino el Señor Jesús, en el momento de la muerte, cuando hay el juicio, sale al encuentro del hombre. Con ese abrazo de amor, se le quema al hombre toda la «paja y heno» de su vida y que sólo permanece lo que únicamente puede tener consistencia. Se transforma en aquello que está llamado a ser. Al decir “sí” se hace capaz de acoger la misericordia de Dios. Como el egoísmo le podría impedir decir un “sí” total, debe ser transformado con ese fuego que le transforma con su llama en aquella figura sin mancha que puede convertirse en el recipiente de la eterna alegría. Como todos estamos unidos, podemos rezar por los que han muerto, por ejemplo si uno que muere ha hecho daño a otro, cuando este le perdona ya queda libre de esa pena y puede volar al cielo, y así pasa con todo: estamos en comunicación, y podemos ayudarnos unos a otros, los vivos y los difuntos (Joseph Ratzinger).

Orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados

Creemos que “en Cristo Señor nuestro, brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección: y así aunque la certeza del morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”, reza la liturgia. También el Catecismo de la Iglesia Católica nos habla de la comunión con los difuntos: “»La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados’ (2 M 12, 45)» (Lumen Gentium 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor” (n. 958).

Todos hemos de morir

Las lecturas litúrgicas de hoy se escogen libremente, de entre las varias que ofrece el formulario de difuntos. Por ellos ofrecemos hoy la misa. La esperanza nos permite vivir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte: La muerte, “salario” del pecado original, es algo tan olvidado y de otra parte algo tan normal: todos hemos de morir. La muerte, para los hijos de Dios, es vida: “no tenemos aquí ciudad permanente, vamos en busca de la que está por venir” (Hebreos 13,14): la que el Señor nos tiene preparada desde siempre: el cristiano que se une a Él en su propia muerte, ésta ya se convierte en entrada a la vida eterna.

La vida plena responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano (¡cuántas cosas hacemos para alargar la vida, para luchar contra la enfermedad y la muerte!). Pero la experiencia constante es que, más pronto o más tarde, todos morimos, porque somos hijos de esta tierra, perecederos («por Adán murieron todos»).  Jesús, también. «Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» El camino del Hijo es el camino de los hijos; avanzamos hacia el triunfo de Jesús; cuando celebramos su victoria anunciamos la nuestra. Nuestra vida no se agota en lo que vemos y tocamos, en lo que podemos darnos unos a otros: como Jesús, hemos nacido de Dios y a Dios retornamos, nuestro  aliento está en manos del Padre. Tal es la promesa hecha a «los cristianos», a los que viven como él vivió. La muerte no es para el cristiano la nada y la destrucción: si rompe unos lazos, quedan otros, y tanto si vivimos como si morimos estamos siempre en las mismas manos: las del Padre. “Aquellos que nos han dejado no están ausentes, sino invisibles. Tienen sus ojos llenos de gloria, fijos en los nuestros, llenos de lágrimas” (San Agustín).

Visión de la vida y de la muerte

Dedicar un día del año litúrgico a la oración de todos los difuntos apareció como costumbre de algunas ordenes monásticas bien pronto, aunque es en el siglo IX cuando aparece en algunas parroquias. Con el tiempo se fue extendiendo a la Iglesia universal.

La muerte es “la pascua”, se trata de un «paso» que comienza en «morir» a todo lo que nos separa del Padre, tanto el pecado como nuestra propia vida terrena, pues, al final, tienen que ser destruidos para llegar a un «resucitar» que nos haga posible el encuentro definitivo y plenificante con Dios Padre y participar de su gloria. Esta visión de la vida y de la muerte es la que engendra la actitud de serenidad y esperanza ante la muerte que presiden las lecturas y las oraciones de la liturgia de hoy (Antonio Luis Martínez).

Dice la Sabiduría que para los santos las pruebas se vuelven justicia, pues de este modo «Dios los probó como oro en crisol, y los recibió como sacrificio de holocausto». Lo que los hombres juzgaron la verdad, no lo fue. El descalabro pasó a ser camino de gloria, de enaltecimiento de los justos sobre razas y pueblos, para juzgarlos y dominarlos, sin otro rey que el Señor.

Termina su vida, pero perdura nuestro amor

Hay una comunicación entre los de aquí y los que han cruzado el río de la vida, y podemos ayudarles con nuestros esfuerzos y sacrificios (el sentido profundo de los sufragios por los difuntos) y ellos nos animan como espectadores que están viendo nuestro partido, pues estamos corriendo en el campo y ellos desde la grada: “¡venga, ánimo… mete este gol!” En estos días que se preparan dulces tan buenos siguiendo las tradiciones populares, pienso que con aquella sonrisa o detalle de servicio vamos amasando, con buenos ingredientes, esos dulces que se amasan con amor.

Después de la muerte, encuentro con la justicia divina

El Evangelio del juicio es poco de cumplir preceptos, y mucho de amar a los demás: “cuanto hacíais con ellos… conmigo lo hacíais”. Teresita de Jesús hablaba de que el amor de Dios se volcará por completo en llenar nuestra capacidad de amor cuando muramos, dependiendo de nuestra capacidad tendremos más o menos, todo el máximo que podamos albergar en nuestro corazón. Por eso, «todo cuanto pudieres hacer de bueno, hazlo sin perder tiempo (…) porque ni obra, ni inteligencia, ni sabiduría, ni ciencia ha lugar en el sepulcro, hacia el cual vas corriendo» (Eclesiástico, 9,10).

Todo es para bien

Por: Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net

Es importante comprender que en la vida nada de lo que nos pasa es por error (lo que llamamos error es parte del aprendizaje), todo tiene al final su sitio, todo acabará bien: «No existen errores, ni coincidencias. Todos los acontecimientos son bendiciones que se nos dan para que podamos aprender» (Elisabeth Kübler-Ross). Todo es por tanto para bien, parte del aprendizaje que es la vida, parte de ese crecimiento interior. Si nos oponemos a este crecimiento, a esas lecciones, podemos sufrir más, y no aprovechar la lección, pues el divino escultor precisa que el bloque de mármol se deje hacer, que nos dejemos dar esos golpes, si queremos resistirnos él lo tiene más difícil, tardará más. En cambio, si observamos lo que nos pasa con perspectiva de maduración personal, sabremos ya intuir algo de su sentido. Algún beneficio ya lo notamos a veces: «Los árboles que crecen en lugares sombreados y libres de vientos, mientras que externamente se desarrollan con aspecto próspero se hacen blandos y fangosos; sin embargo, los árboles que viven en las cumbres, agitados por muchos vientos y constantemente expuestos a la intemperie, golpeados por fortísimas tempestades y cubiertos de frecuentes nieves, se hacen más robustos que el hierro» (San Juan Crisóstomo). Volviendo al ejemplo de la escultura, si está tallada en algo blando es poco resistente, en cambio si es de mármol ha sido más trabajoso el proceso, pero es mucho más perdurable. Es  una imagen que refleja que las dificultades nos llegan para aprendizaje y crecimiento personal: aumentan nuestra resiliencia emocional y mental para lidiar con el estrés y ser capaces de enfrentar futuros desafíos, adquirimos nuevas habilidades de superación en los diversos ámbitos de nuestra vida (sea laboral, académico, personal…) aprendiendo de esa experiencia, nos capacidad de interioridad y autoconocimiento para descubrir mejor quiénes somos y lo que realmente tiene valor en la vida, nos da motivación para luchar mejor por nuestros objetivos, experimentamos un mayor crecimiento personal a través de la capacidad de adaptación y una mayor empatía hacia los demás, nos sentimos más capaces de encontrar soluciones creativas y efectivas, nos ayuda a descubrir mejor las relaciones con los demás y tener un sentido de comunidad…

Esta consciencia de la realidad que no se ve, esa esencia de la vida que no ven los ojos sino el corazón, nos permite adelantar mucho en riqueza de espíritu, somos conscientes de ese plan divino: «En la infancia de la vida espiritual, cuando comenzamos a dejarnos guiar por la mano de Dios, se percibe con fuerza e intensidad la mano que dirige: se ve con claridad qué es lo que hay que hacer u omitir, pero esto no dura siempre. Quien pertenece a Cristo tiene que vivir toda la vida de Cristo. Tiene que alcanzar la madurez de Cristo y recorrer el camino de la Cruz, hasta Getsemaní y el Gólgota» (Edith Stein).

Por eso, decía Juan María Bautista Vianney: «No hay que mirar de donde vienen las cruces. Siempre vienen de Dios. Ya sea un padre, una madre, un esposo, un hermano, el rector o el vicario, es Dios quien nos brinda el medio de probarle nuestro amor”. Aunque no entendamos, podemos sentir con el corazón que no estamos solos cuando pasamos por eso tan malo, pues de ahí Dios sacará algo bueno: aquello es un regalo divino.  (Intenciones del Papa junio 2022)

Así, ante cualquier dificultad, hay un proceso de interiorización, junto con la presencia de una mirada amorosa de lo alto y la ayuda de los demás nos puede llevar a un desarrollo personal, en un espacio espiritual de paz y felicidad. Todo es cuestión de encontrar esa comprensión, no sentirse esclavos de las circunstancias externas, sino tener esa libertad interior que es la que podemos ganar con un equilibrio, dirigiendo nuestros pensamientos de modo voluntario y sostenido, sabiendo que lo mejor siempre está por llegar. 

Además, sabemos que todo esto contribuye a tener la “energía vital” alta, buenas defensas que impiden la enfermedad que aparece cuando bajamos esas defensas.1

Así, las dificultades nos ayudan a crecer. “Lo que aceptas, te transforma; lo que niegas, te somete” (Carl Jung).2

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1. Aileen Marty, M.D., profesora de Enfermedades Infecciosas de la Facultad de Medicina Herbert Wertheim de Florida International University, habla de cómo se activan así ciertas células a las que llaman centinelas y que favorecen la producción de anticuerpos cuando detectan peligro: “producen químicos y sustancias que contribuyen a la eliminación de los invasores. Eso es cierto, inclusive de las células que revisten nuestros vasos sanguíneos. Así que es una batalla de cuerpo entero cuando algo entra en nuestros cuerpos y la respuesta de nuestros cuerpos para combatirlo”. Tomado de https://baptisthealth.net/baptist-health-news/es/el-coronavirus-y-su-sistema-inmunologico-como-el-cuerpo-lucha-contra-este-invasor/

2. Atribuida a Jung, esta frase encuentra paralelismos en textos de Nietzsche y de los estoicos.